De frente

Operación Amaia

Por Félix Monreal - Jueves, 11 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:15h

Es un fenómeno mediático. Amaia Romero, la jovencita de Mendillorri que concursa en Operación Triunfo, no solo ha disparado la audiencia y repercusión del programa, también lo que hace y lo que dice (y hasta lo que no dice) alcanza una notable relevancia en los medios de comunicación y en las redes sociales. Su calidad y conocimientos musicales, muy por encima del resto de competidores, la señalan desde hace semanas como virtual ganadora. Sus miles de seguidores la ven ya en Eurovisión. No sería aventurado el afirmar que ha nacido una estrella si no hubiera otros precedentes en los que la edad, el estilo y la carga de la fama (también la aparición de otro producto de consumo musical) han hecho trizas o aparcado en la vía de servicio el sueño de una prometedora carrera. Y hay varios casos relacionados con este mismo programa. No olvidemos que estamos ante un producto televisivo -revitalizado ahora por la cantante navarra después de otras frustradas ediciones- que persigue una rentabilidad asentada en la competencia por arrebatar espectadores (e ingresos económicos) al resto de cadenas.

Sobre la joven pamplonesa hay una fuerte presión de la que ella, por el momento, parece felizmente ajena. Desde quienes la han bautizado (vaya a saber con qué intenciones...) como Amaia de España, hasta otros que convierten en alegatos feministas el que opte por no depilarse las piernas, pasando por las exageradas réplicas a tuits de la Policía Foral o por portadas de la revista El Jueves que presentan el concurso como un anestésico ante los escándalos del PP. Demasiado para una chica de 19 años que de momento se encuentra a salvo entre las paredes de una academia haciendo lo que le gusta.

La profesora de la película Fama acuñó la manoseada frase: “Tenéis un sueño, buscáis la fama, pero la fama cuesta”. Parece, sin embargo, que el entorno de Amaia no es el desorbitado de una joven estrella del fútbol, que a la chica la mantienen con los pies en el suelo, sosteniendo valores y prioridades vitales por encima del ruido de elogios que provoca cada canción que interpreta. Ese es el concurso que deberá ganar cuando termine OT.