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Desde la Cartuja de Montejurra la ventana por bea

Crecida en los ríos con las últimas lluvias y nieves. Milagro

por Jesús Azanza Imaz - Sábado, 13 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:10h

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Los años de la posguerra española fueron de auténtica miseria y hambruna para la población. La fraticida guerra había arrasado no solamente la vida de varios centenares de miles de seres humanos sobre todo de jóvenes, sino también había arruinado a la sociedad y sus familias sumiéndolas en la pobreza más extrema por la carestía de los alimentos más indispensables para poder subsistir. Ante esta triste situación se podían defender los agricultores arrancando de la tierra sus productos con gran esfuerzo, trabajándola de sol a sol con azadas y layas, a fuerza bruta sin tractores, ni medios de locomoción que les permitiera acceder a sus fincas, sitas a veces a varios kilómetros desde su casa y soportando grandes nevadas, lluvias, fríos y calores. Recuerdo que en los crudos inviernos de aquella triste época, mi padre y dos de sus hermanos trabajaban sus olivares, como esclavos, para poder sostener sus familias con el oro verde del aceite de oliva, recogiéndola a mano, después de cavar los olivos con el cuerpo encorvado bajo sus ramas durante muchas horas diarias hasta transportarla en carro al trujal existente en la orilla izquierda del Ega, sito cerca de la actual subida a la casa de los camineros. Llegaban al anochecer a casa helados con sus manos amoratas y entumecidas pero contentos por haber conseguido para todo el año el necesario aceite para su familia. Pero su alegría se esfumó cuando un señor, bien trajeado, con corbata y un trazado de bigote sobre su labio superior, que dijo ser inspector de Hacienda, descubrió, por chivatazo, los dos grandes tinos, que contenían toda la cosecha de aceite, recién obtenido en una bajera de la Calleja del Rey en Estella. El inspector confiscó ambos tinos, se apropió de ellos y los precintó, ordenando que nadie los tocara hasta que volviera con un camión para transportarlos al Tribunal contra el extraperlo, sito en Vitoria, donde se celebraría el correspondiente juicio por fraude a la Hacienda. Los tres hermanos se revelaron internamente y se lamentaban diciendo que ¡ un señor, que no ha trabajado ni un segundo se lleve sin mover un dedo todo lo conseguido con nuestro arduo trabajo y sufrimiento para nuestras familias durante todo el año! Era conocido que los inspectores percibían un tanto por ciento de los productos confiscados y que Hacienda en realidad eran ellos y las autoridades civiles y militares. Así, en Diciembre del año 1.942, se publicó un bando que decía textualmente: “ Se anuncia oficialmente el suministro a los pueblos de Navarra de aceite, jabón y azúcar, si bien solo a los alcaldes jefes de zona y a los pueblos de la zona de Pamplona se les facilitarán por escrito las instrucciones para llevar a la práctica estos suministros...” Con relación al aceite, detallaba seguidamente sus precios de compra así: “ El aceite se pone a la venta a razón de un cuarto de litro por persona a un precio de 1,10 pesetas, si bien el almacenista venderá a los detallistas a 4,66 pesetas el litro…” Se frotaba las manos de contento el Sr.Inspector por el logro conseguido y además iba a recibir la felicitación de sus superiores que también iban a participar en el sustancioso botín. Ante tan angustiosa situación y a la desesperada, sabiendo los denunciados que se exponían a graves penas de cárcel concibieron un plan que llevaron a cabo de inmediato con gran sagacidad y audacia. José, el mas joven de los hermanos, se introdujo en la bajera, arrastrándose por una gran gatera existente en la puerta que daba a la calleja del Rey, que no estaba vigilada por la Guardia Civil pues solamente custodiaba su puerta trasera, rompió los precintos de los tinos y mediante una goma que introdujo en el aceite a través de la gatera llegaba a unas grandes tinajas en la Calleja, al cuidado de los dos hermanos, y así trasvasó el dorado líquido, haciendo sifón con la boca y ambas tinajas rápidamente fueron ocultadas en otro lugar que desconozco. Los tinos fueron rellenados con agua gratuita del Ega, cercano. Unos días después apareció el inspector triunfante, con un camión para transportar el aceite, inspeccionó los precintos y observó que habían sido manipulados pero se tranquilizó al observar el contenido del aceite en la superficie de los tinos. Y es que, como todos sabemos, el aceite, al pesar menos que el agua sube a la superficie y eso precisamente sucedió con los rastros que habían quedado tras la maniobra de los hermanos. Poco después, el Tribunal de Vitoria citó para la celebración del correspondiente juicio a los tres labradores, como coautores de un delito de extraperlo y defraudación. El abogado defensor alegó la inexistencia del delito que se les acusaba porque los tinos no contenían aceite, sino agua y ante el asombro de jueces, fiscales y público asistente pudo comprobarse “ in situ” la veracidad de su afirmación, lo que obligó al Tribunal a absolver a los procesados y ordenar la devolución de los dos tinos. El abogado defensor cobró sus honorarios en aceite. El inspector no. Mi padre que no me permitía coger una uva de viña ajena en pleno verano, me dijo: “ No me arrepiento de nada, no hemos hecho más que recuperar lo nuestro, lo hicimos en legítima defensa. Si solamente nos hubieran confiscado un tanto por ciento del aceite, sería justo, pero robarnos toda la cosecha del año, obligándonos a comprarlo para nuestras familias resulta intolerable e injusto.” Mi madre donó secretamente varias botellas de aceite a familias muy necesitadas de Estella. Cuenta la Biblia que Jesucristo en las bodas de Caná hizo el milagro de convertir el agua en vino, siglos después los hermanos Azanza convirtieron el aceite en agua en Estella. Quizá a algún lector de esta anécdota real no le parezca ético el comportamiento de los tres hermanos, le invito a que, antes de enjuiciar, reflexione poniéndose en las mismas circunstancias de sus actores y se pregunte a sí mismo honestamente si él hubiera actuado de la misma o parecida manera.

las claves

estella-lizarra. La preocupantes sequía de los últimos meses ha dado paso en este inicio de año, gracias a las lluvias y a la nieve, a unos ríos crecidos, como se aprecia en esta imagen del Ega a su paso por Estella. También en los embalses la situación ha cambiado completamente. El de Alloz, por ejemplo, estaba el jueves al mediodía casi al 64% de su capacidad (42 hm3 para un límite de 66). El año pasado a estas alturas solo tenía 27 hm3 (el 40,91% de su capacidad) y la media de los últimos diez años es del 48,18% (31 hm3).Foto: R. USÚA

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