Música

Grandísima Leonskaja

Por Teobaldos - Miércoles, 17 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:11h

Concierto de la osn

Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Navarra. Elisabeth Leonskaja, piano. Director: Joseph Swensen. Programa: concierto número 4 para piano y orquesta de Beethoven. Sexta sinfonía de Bruckner. Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: sala principal del Baluarte. Público: tres cuartos de entrada. Incidencias: el titular de la orquesta Antoni Wit fue sustituido por enfermedad.

si hablamos de Beethoven como un revolucionario es más por los resultados a los que llega que por los procedimientos. No es un rupturista violento, sino un evolucionador, cuyo principal trabajo reposa sobre lo heredado: la variación. Al enfrentarnos con sus conciertos para piano, con sus sinfonías, nos apabullan los rotundos temas que deben repetir necesariamente, para que los podamos asimilar;con ligeras o más complicadas variaciones;con continuos saltos entre la orquesta y el solista. Con un pensamiento que se desarrolla y trasmuta. Así, la música alcanza un talante expresivo cuya procedencia hay que buscarla en el impulso vital, en una potencia interior que precisa nuevas formulaciones externas. Y nuevas interpretaciones. Elisabeth Leonskaja es una de esas pianistas que atrapan la potencia interior de lo beethoveniano, su impulso vital, a través de unas versiones que van a lo fundamental, sin arbolarias demostraciones virtuosísticas, con un gusto exquisito por la belleza del sonido -maravilloso el lirismo y la poesía de los matices en el teclado agudo-, y una fortaleza de impulso que mantiene el discurso sonoro en incesante continuidad. No hay ningún momento falto de tensión;al contrario, logra la pianista georgiana una expectación continua al elaborar una versión personalísima, siempre al servicio de la idea musical;con unos parones del discurso que revalorizan ciertos momentos cumbre, o hallazgos sonoros especialmente emotivos y hermosos. Se recrea la pianista, entonces, en tiempos lentos, que, cuando ya han cumplido la función de atrapar al oyente y retenerlo, lo vuelve a lanzar para que escuche a la orquesta, o lo que sigue;y así, continuamente. Como suele ocurrir, la mayor afectividad reside en el tiempo lento;y la pianista lo sirvió largo, tranquilo, sin medida, con todo el tiempo por delante. Y el tercer movimiento, brillante, pero muy compartido con la orquesta. Su protagonismo es el que le toca por la música, no por sobresaltos. Y es que la parte orquestal estuvo en el mismo plano;con un Joseph Swensen magnífico, que respetó y apoyó la versión nada convencional de la pianista. Leonskaja se aleja de la precipitación y el barullo de algunos pianistas muy a la moda de correr. Todo en ella es, fundamentalmente, música.

Lo mejor de la sexta sinfonía de Bruckner, en la plantilla y posibilidades de nuestra orquesta, es que se logró un equilibrio sonoro suficiente, entre los metales y la cuerda, como para ofrecer el sonido característico -un tanto granítico, como de órgano de tubos en los tuttis- que pide el compositor. Esas obstinadas insistencias de los poderosos acordes que no se acaban de resolver y que tanta ansiedad nos producen, fueron rotundas y bien marcadas. Bien es cierto que, a veces, cuando la cuerda quiere fundamentar esos metales -como una especie de pedalier invertido- se nos escapa un poco ese entramado;pero el resultado final fue Bruckner. En toda su grandeza y toda su bien desmenuzada y clara fortaleza.