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Juicio de Pello Irujo Ollo. Rebelión. Sedición. 1936

Por Arantzazu Ametzaga Iribarren - Miércoles, 17 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:11h

Revisando papeles encuentro este caso que desbordó los límites de la justicia, prevaleciendo una doctrina perversa en algo semejante a la que en estos días asistimos sobre sedición y rebeldía. Pello Irujo Ollo, hermano de Manuel, nació en Lizarra, 1911. Estudio Derecho pero era un periodista de raza, ensayando artículos costumbristas en periódicos de la Merindad. Era de genio vivo, palabra abundante, escribir cáustico, físico menudo, mirada penetrante. Ejercía de bibliotecario de la Agrupación de Cultura Vasca en Madrid, aunque al ser período vacacional permanecía aquel julio de 1936 en Lizarra, junto a su familia.

Al estallar el pronunciamiento, Pello se presenta en Gipuzkoa, a las órdenes de Manuel quien, junto a otros diputados del PNV/EAJ, el gobernador Artola y fuerzas leales, optaron por la defensa del orden constitucional que significaba la República. Formada una Junta de Defensa de Gipuzkoa o Junta de Autoridades, cuyo presidente fue Miguel Amilibia, actuaron en la misma, con ánimo pacificador, Manuel Irujo, José Mª Lasarte, Telesforo Monzón y otros hombres distinguidos, que trataron de imponer concierto en el desconcierto generado por el alzamiento.

Pello trabajó como escribano en los informes redactados en aquellos días convulsos en que se sucedían atrocidades cometidas por exaltados revanchistas, roto el orden ciudadano por los golpistas y con la afluencia a Donosti de contigentes incontrolados devenidos de Galicia. Agravaba el desolador panorama los bombardeos de los barcosEspaña y Cerverasa la costa vasca y los aviones de Mola que, junto a bombas, distribuían octavillas amenazadoras, y el avance de sus tropas. Pronto escaseó la comida, se interrumpía la corriente eléctrica y la radio, los periódicos dejaron de publicarse, cerraron los bancos. Se ordenó cerrar ventanas y oscurecer las viviendas. Barcos ingleses y americanos se acercaron para regresar a sus ciudadanos a casa. De Donosti huyó a Bizkaia la mitad de la población, unas 40 mil personas, cerrada la frontera con Francia por Mola. Utilizaron para su penosa evacuación lanchas, carros de bueyes, coches y, los más, se trasladaban a pie, cargando escasas pertenencias. El tiempo era malo, hay datos de borrascas y chubascos.

Hubo terribles sucesos como el del Fuerte Guadalupe, en el Jaizkibel de Ondarrabia, en el que permanecían seguros, según creencia de Irujo, Víctor Pradera, Joaquín Beunza, Honorio Maura y otros respetables políticos de derecha, asesinados por extremistas. La matanza de unos y otros se justificaba en nombre de ideologías extremas: la extrema izquierda, azuzada por el terror a las fuerzas de Mola, quien contaba con el apoyo del cardenal Gomá, que transformó el golpe militar en Santa Cruzada. En 1512 las tropas del duque de Alba invadieron Nabarra calificando a sus reyes de herejes. O sea, descalificándolos para gobernar. Santa Cruzada.

A Pello le tocó conducir el coche que ocupó el obispo Remigio Gandasegui, activo dirigente de la Iglesia que trataba de renovar la fe en el pueblo de Dios. Los Irujo, en acción salvadora, junto a otras personas, lo depositaron en la zona nacional un 13 de septiembre. Pello fue detenido después en una lancha, en alta mar, procurando la salvación de más gente de derecha amenazada en la retirada de Donosti. Porque si Mola y los otros mataban, ellos procuraban salvar vidas. Era su lema, creencia y acción.

Pello fue trasladado a Iruña, donde sufrió un juicio en el que cabía de antemano la condena de muerte. La intervención de Gandasegui fue vital para evitarle la muerte inmediata, pero se le sentenció a muerte a los 26 años, recluyéndole en el Fuerte San Cristóbal, donde ahondó su amistad con el pintor Javier Ciga, notable retratista de los hombres del movimiento Euskalerriako y autor premiado de varios carteles de San Fermín, y quien consiguió salvarse de la muerte pagando una multa y el declive de su carrera de pintor. Los días se sucedieron transformándose en 7 años y la sentencia mortal no se cumplió. Extrañado a Cuenca, Pello escapó por tren del Estado español a sorber la libertad en Francia y Argentina, donde ejerció de periodista y director del excelente periódico Tierra Vasca.

El informe del juicio refiere agravios, pero en lo fundamental, y en lo que está basada la sentencia de muerte, es lo que sigue: Pello Mari es Irujo, además nacionalista, los nacionalistas y los Irujos han sido hostiles al Movimiento Nacional, luego P.M. ha cometido delito de rebelión militar … Tal cosa dictaminaban quienes se alzaron contra la República.

Goya, en su aguafuerte magnífico tituladoEl sueño de la razón, produce monstruos, retrata este conflicto. Cuando se recuerdan episodios como este, y vivimos los de hoy día, creo que hace falta una revisión de la Justicia a gran escala: no puede seguirse en el inclemente concepto del imperio de la Ley, que aplasta sin equidad, ni con juicios retardados como el caso de Alsasua, si es que hubo de tener juicio, ni de políticos presos cual delincuentes comunes. Ni de los presos dispersos por el Estado, lejos de su hogar natal. Ni aguantando a corruptos con actitud retadora ante quienes sufrimos sus desmanes. Lincoln aseveró que la más estricta justicia no es siempre la mejor forma de componer los conflictos humanos. Creo en la ecuanimidad, en la compasión, que incluye el diálogo, y aun en la amnistía, que según un autor anónimo, es el acto por el que el Gobierno perdona las injusticias que ha cometido.

La autora es bibliotecaria y escritora

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