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Republicanismo

La verdadera solución para las pensiones

Por Santiago Cervera - Domingo, 21 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:10h

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Los de la UGT han puesto en circulación un lacito marrón para representar que la subida de las pensiones es “una mierda”. Muy finos. Eso de los lacitos en solapa, que en todo el mundo es signo de solidaridad, lo han tornado en algo escatológico, propio de la cutrez inherente al sindicato. El de los liberados por doquier, las subvenciones por la cara, el fraude en los cursos de formación y la holgazanería retribuida que exhiben algunos de sus representantes. Una más de las élites extractivas que viven a costa de los que realmente trabajan. Obviamente, quienes están así habituados son incapaces de ver más allá de lo que significa el exiguo incremento en las pagas de este año. Para ellos hay que subir las pensiones y no se hable más, incapaces de percibir el bosque tapado por tantos árboles. El problema no es la subida de este año, sino que el sistema de pensiones está quebrado y nadie parece dispuesto a decirlo y actuar en consecuencia. Ni siquiera los que se creen más legitimados para berrear y enmierdar la valoración cabal del asunto.

El problema no es la subida de las pensiones, sino que el sistema está quebrado y nadie parece dispuesto a actuar en consecuencia

Contaba en estas páginas Víctor Goñi no pocos de los desequilibrios del modelo actual. Las bases de cotización menguan porque menguan los salarios y por el contrario se mantienen topes para los sueldos más altos. Además hay que atender pensiones que no han tenido la contrapartida de la cotización, sin que el Estado las sufrague por vía tributaria directa. Y la hucha ya se ha fundido. La consecuencia es la depauperación de los recursos de los que dispone la Seguridad Social, y que inexorablemente se están reduciendo sus prestaciones, limitando los aumentos anuales y aplicando correctores al cálculo de las nuevas jubilaciones. El análisis es acertado pero, en mi opinión, incompleto. Falta decir que el sistema mismo de pensiones ya ha fracasado, es insolvente y puede sufrir un colapso a poco que cambien las circunstancias macroeconómicas actuales. En términos de presupuesto anual es deficitario, como demuestra el agostamiento de la hucha, y el Estado ha de financiar a crédito las prestaciones comprometidas. Tampoco hay muchas posibilidades de seguir echando paletadas de dinero procedente de los impuestos, que ya estamos hasta el cuello. Pero lo peor es que no hay ninguna perspectiva de mejora. Ninguna. La tasa de empleo aumenta muy lentamente, no hay cambio en los patrones de productividad que hagan presagiar un incremento en las bases salariales, y la demografía es tozuda, no habrá en lustros una mínima base poblacional cotizante. Las consecuencias de mantener el modelo tal cual está ya podemos imaginarlas. Generaciones enteras que un día tendrán que dejar de trabajar y apenas dispondrán de un salario de paupérrima subsistencia, agravado por el hecho de que la mayoría de ellos tampoco habrán podido crear un capital que les ayude en sus últimos años. Social y económicamente, dantesco.

Yo, que me tengo por persona templada y pacífica, siento ganas de escupir en la cara a cada político al que escucho decir que “el sistema de pensiones está garantizado”. Es la peor de las mentiras, y también la mentira en la que todos coinciden, lo mismo un Guindos que un Sánchez. La política siempre juega en el corto plazo, en la cosecha de votos de cada temporada, y así es imposible que nadie se plante ante este atolladero con franqueza y coraje. Y ello, a pesar de que es un problema objetivo, basado en números, y no valorativo, basado en opiniones. El estrambote es que se conjure al pacto de Toledo como la solución al desastre, otro de esos tótems de atrezzo. Miren a Celia Villalobos presidiendo la comisión correspondiente y valoren el total desprecio con el que la política está dispuesta a manejar el primer drama que tenemos en este país. Llegado este punto, en el que el fracaso del modelo es tan palmario como la incapacidad de la política por abordar su solución, sólo queda pensar en algo alternativo que pueda salvarnos del desastre. Cojamos a doce personas sensatas, con conocimiento y criterio suficiente, encerremosles en una oficina secreta, y que redacten una ley que sea aprobada en lectura única al día siguiente de terminar su encierro. Si el procedimiento democrático se ha mostrado tan falaz, tan cortoplacista y tan esencialmente insolvente para arreglar esto, algo habrá que hacer si no queremos que se hunda el principal pilar de cohesión social que tenemos.