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‘Los enredados’

Por Ignacio Lloret - Martes, 23 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:09h

Estos primeros días del año en que nos gusta cambiar de vida, empezar algo nuevo o terminar con hábitos viejos, han aparecido en los medios varias noticias y artículos relacionados con un mismo asunto, la dudosa utilidad de las redes sociales para los escritores. El debate se abrió cuando el novelista Lorenzo Silva anunció su decisión de abandonar Twitter alegando que ya no le compensaba seguir en ese foro debido a los ataques recibidos, al poco beneficio obtenido y a la constatación de que la herramienta no está diseñada para sus fines, sino para los del propietario del espacio virtual. A raíz del comunicado de Silva, otros autores se han pronunciado sobre el tema señalando haber sufrido una decepción similar y recordando que ellos también se fueron o que se plantean hacerlo tarde o temprano por razones parecidas.

La juventud de las redes sociales hace que cualquier declaración de renuncia por parte de personajes públicos provoque bastante revuelo. Cada vez que sucede se nota una especie de estupor entre los internautas, una mezcla de duda y melancolía. Dado que el fenómeno es muy reciente, que aún descansa sobre un fundamento inseguro, quienes se hallan dentro de él experimentan en esos casos cierta desazón, un malestar que no saben a qué achacar. Después de leer la noticia, al enterarse de un nuevo abandono, tiemblan unos segundos en silencio y se preguntan si cometen un error quedándose, si todavía están a tiempo de marcharse. Sentados frente al ordenador o con el smartphone en la mano, levantan la cabeza un instante y miran con inquietud hacia el infinito, hacia el espacio invisible de lo digital, buscan una señal que les oriente en lo desconocido.

No, a nadie le gusta que le dejen. Sin embargo, esos escritores que divulgan su despedida, que pretenden estremecernos con ella como Willy Toledo cuando nos dijo que emigraba a Cuba, incurren en varias contradicciones. En primer lugar, demuestran ingenuidad al reconocer que esperaban otra cosa de los foros sociales donde se metieron. Cualquiera que interactúe en ellos sabe que sus efectos son limitados, que la respuesta no se traduce en un aumento de lectores y que a menudo acaban convirtiéndose en una forma moderna de autobombo. Por miles de seguidores que uno tenga, debe ser consciente de que éstos no siempre equivalen a personas de carne y hueso, que muchos no sienten curiosidad por la literatura y que entre los aficionados a ella hay quienes sólo quieren observar, comentar o polemizar, pero difícilmente escuchar o aprender y, menos aún, adquirir una obra concreta del autor.

En lo que se refiere a los ataques y a las injurias, no se trata de algo exclusivo de Internet. Desde el momento en que alguien se sube a un escenario a cantar, recitar, tocar o actuar ante un público, está obligado a aceptar las críticas. Eso ya ocurría antes de la irrupción de las nuevas tecnologías. El escritor que publicaba artículos o reportajes, novelas o reseñas, que presentaba sus libros, intervenía en coloquios o dictaba conferencias en la era analógica ya estaba sometido al juicio de los demás. Entre esas reacciones no todo era agradable ni positivo, no siempre había espaldarazos o caricias. Y esas respuestas no necesitaban el mundo digital ni el cauce virtual para llegar al autor. Terminaban en su casa y en su mesa en forma de carta o telegrama, de loa o amenaza manuscrita. Eran tan acertadas o injustas como las actuales, tan oportunas o incoherentes como ahora, tan exageradas o peligrosas como las de hoy. También entonces podían ser anónimas, tampoco en aquella época era sencillo defenderse de ellas.

No, en ciertos aspectos el mundo no ha cambiado tanto como creemos. Lo continúan poblando individuos magníficos, pero también energúmenos sin solución. Y decir, como hace Silva, que uno se va de Twitter porque no dispone de tiempo para atender a los primeros, a quienes sí merecen su dedicación, es tan válido como dejar de mantener correspondencia escrita con todos los lectores que siguen dirigiéndose de ese modo a los autores.

La juventud de las redes sociales hace que cualquier declaración de renuncia por parte de personajes públicos provoque bastante revuelo

En cuanto al argumento de “los fines de la herramienta”, al hecho de que ésta se diseñó para cumplir el objetivo de su creador y no el de los usuarios, resulta muy infantil. Y es que, ¿no sucedía otro tanto cuando sólo existían los periódicos y las revistas en papel, la radio y la televisión? La conquista de ámbitos de poder o la búsqueda del provecho económico propio se da en las redes de la misma manera que en los medios de comunicación convencionales. Las emisoras, cadenas o diarios que antaño acogían a los escritores, les entrevistaban o editaban sus obras no eran entidades filantrópicas, sino empresas con ánimo de lucro que intentaban obtener beneficios de todo aquello que en cada coyuntura pudiera ser rentable por las causas que fuese.

Alcanzado este punto, cabe preguntarse, ¿a qué se debe tanto aspaviento? ¿A qué vienen esas declaraciones altisonantes de ruptura o de apagón? ¿No será que sus autores confiaban en lograr una aquiescencia general en los foros, un respaldo sin condiciones a cualquier frase o comentario, a cualquier entrada u opinión manifestada a golpe de tweet? ¿No será que por un exceso de candidez y de arrogancia contaban con despertar mayor expectación, esperaban aún más impacto mediático que el ya conseguido a través de premios y certámenes literarios de dudosa reputación?

Sí, yo creo que ahí reside uno de los motivos. Y otro de ellos es que con frecuencia los twitts publicados por los autores dolidos con la red no tienen nada que ver con la literatura, ni con la técnica literaria, ni con la estructura de una historia, ni con sus personajes, ni con el lenguaje, ni con la emoción que puede generarse con él, sino con la política, la economía o la moda, esto es, con toda una serie de asuntos que un escritor no domina necesariamente y sobre los cuales es legítimo adoptar una postura en privado pero no tanto hacerla pública aprovechándose del nombre.

He ahí el principio de la decepción. Porque desde el momento en que por medio de mensajes de ciento cuarenta caracteres los firmantes de los mismos se atreven a opinar sobre lo que sea, es muy probable que se echen encima de ellos los trols y los trasgos, los trogloditas y toda esa tropa extraña que habita o se oculta en Internet como Gollum en las profundidades de la Tierra Media.

No, no creo que sea ése el sentido de las redes sociales. La cuestión planteada estos días en Internet y mencionada al inicio de este artículo, es decir, si Twitter sirve de algo a los escritores, puede resolverse fácilmente. Más allá de dar publicidad a actos y eventos, de participar en debates literarios, es un espacio donde escribir. Quienes nos dedicamos a esto en serio, quienes desempeñamos el oficio con pasión, no hacemos asco a ningún formato, a ninguna plataforma, a ningún canal, a ningún público. Aprovechamos cualquier ocasión que se nos ofrece para dar a conocer lo que creamos. No nos importa ajustarnos a cualquier extensión, fuente o tamaño de letra con tal de compartirlo. Sabemos que de otro modo estaríamos desperdiciando una gran oportunidad. Seríamos capaces de meter nuestros textos en las cajas de sopa de los supermercados como hacía Elling, el protagonista de la película noruega.

Pero también es cierto que nada tiene por qué ser para siempre. De modo que si llega un día en que el usuario se cansa de su actividad virtual, está en su derecho de desenchufarse de donde sea, de irse adonde le plazca. Claro que hará bien en marcharse sin alardes. Sin anunciarlo con la gravedad de un apocalipsis. Sin darse mayor importancia por ello. Hará bien en retirarse con discreción como Vaclav Havel cuando, después de haber sido presidente de su país, se echó la mochila al hombro y volvió andando a casa con la dignidad de un ciudadano de a pie.

El autor es escritor

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