Lamento de la ninfa

Por Julio Urdin Elizaga - Miércoles, 24 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:09h

Pagelianos de actitud fueron artistas cercanos que adoptaron la decisión, en tantas ocasiones justificada, de emigrar hacia otras tierras que habrían de darles mayores y mejores oportunidades en el aprendizaje y desarrollo del oficio de artista, y que tuvieron, generacionalmente, como destino las ciudades de París y Nueva York, retornando finalmente no tanto como el hijo pródigo de la parábola, sino como el maestro conocedor de lo que se hace allende las fronteras, practicando, por inversión de la lógica natural del arte enraizado, de lo propio del lugar, una didáctica basada en cierto grado de conocimiento basado en el extrañamiento. Aún así, a fuerza de ser considerados artistas españoles en Francia y afrancesados en su lugar de partida, por dar con algún ejemplo, tuvieron, no obstante, el mérito de ser agentes de un acertado aggiornamento que actualizara el momento de las artes visuales en el ámbito local, y hasta pudieron moderadamente beneficiarse en lo económico de la apuesta de la élite cultural y burguesa del momento por participar en dicha empresa. Esto es, siempre hablando del discreto, por llamarlo de alguna manera, mercado del arte regional.

He tenido relación con algunos de ellos y su periplo curricular va de París a Pamplona, pasando por Barcelona, Bilbao y, finalmente, Madrid. Y gracias a los mismos nuestras pinacotecas cuentan con alguna que otra obra de los más señalados de ellos, testimoniando, bajo el estigma epitomar de tardío, lo meritorio de su deambular. Un arte este, sin embargo, que en lugar de emanar desde lo árquico -en el sentido que le da el filósofo Walter Watson- hunde su influencia como mucho en el importado desde la foránea tradición del primitivismo simbólico de las primeras vanguardias. De ello escribe tempranamente Carl Einstein en su ensayo sobre La escultura negrade 1915. Pudiéndose constatar, en sentido inverso, el ejemplo traído a colación por el biólogo Pagel, de la paradoja con que una de las muestras de arte vivo más prehistóricas, enraizada, como es la de los aborígenes australianos, en nuestros museos y salas de exposición cuente con la tradición de unas pocas décadas. Así Wally Caruana, en el primer párrafo de su introducción a la obra El arte aborigen se lamentaba: “De todas las grandes tradiciones, el arte de la Australia aborigen ha sido el último en ser apreciado. A pesar de ser una de las tradiciones de mayor continuidad en el mundo, con por lo menos cincuenta milenios de existencia, se la ha reconocido relativamente poco hasta la segunda mitad del siglo XX ”. Y no obstante ello, entre los nuestros ya parece tener a más de un formal imitador.

Ahora bien, como si de un espejismo en el desierto se tratara, volviendo al tema que nos trae, el momento actual del arte, nuevamente, es el de aquel obsesionante repiquetear de la consigna de que ni se vende, condición necesaria para la supervivencia del autor, ni se entiende, única forma de hacer que el potencial comprador participe en propiedad de la condición espiritualde contar con una obra que pueda decirle algo a él y a quienes le rodean sirviendo, a una mala, objetualmente, para la especulación. Un problema, este último, que acompaña al artista desde el momento que optó por la libertad de expresar un mundo que le atañe sin a veces contar con los demás y que obligaba a realizar una labor didáctica que nunca ha sido asumida con seriedad por la conservadora institución y comunidad educativa. Así Hobsbawm despide su conferencia, editada en 1998 con el título en castellano deA la zaga, rememorando la que diera Paul Klee en 1924, bajo título deSobre el arte moderno, reconociendo el poco apoyo con que desde un principio concitaba y constatando seguir siendo prácticamente el mismo con el que cuenta a día de hoy.

Para el reconocido historiador, dos cuestiones explicarían tal desmerecimiento e incomprensión. Por un lado la radical voluntad de ruptura con la tradición, especialmente en dos de las modalidades históricas de las artes visuales como son la pintura y la escultura, y, paradójicamente, el apego hacia ese engreimiento con el que al menos desde el Renacimiento viene endiosando la figura del artista como si de un demiurgo se tratara, en la doble acepción de creador y alma universal, aunque la cruda realidad disponga el que no se pueda ser a la vez de un lugar y estar en todos a la vez, como Dios, si no es participando de una estrategia colonizadora. No en vano para Hobsbawm el arte del siglo XX habrá de ser el cine, al que irónicamente el crítico Enrique Lynch le suma el rock fusionando ruido y disonancia, estando ambas radicadas fundamentalmente en la cultura dominante norteamericana.

Actitud esta última que explicaría en cierto modo lo desalentadoras que resultan ciertas experiencias en torno al triunfo y fracaso de esos contenedores del arte visual tradicional (pintura, escultura...) que de manera más o menos improvisada se dieran en el momento de la burbuja inmobiliaria estatal, y que en el caso del Guggenheim bilbotarra parece cumplir con la única expectativa para la que finalmente fuera creado, ser motor de la industria turística, teniendo como factor común de sus contenidos al desarraigo. Otro caso, muy diferente, aunque participando de la oportunidad dada por el momento económico, hubiera podido ser el de nuestra pequeña acuática localidad. Me explico: una inversión que debiera haber estado fundamentada en la espontánea manifestación de un arte emanado desde dos fuentes: la de la innovadora tradición del arte contemporáneo a través de la trayectoria de un pintor y escultor de escuela parisina desde su experiencia didáctica que diera lugar a una poco conocida escuela de Uharte (denominación que, a imitación de la de Pamplona, le diera en el momento de su presentación alguien que fuera algo así como el responsable de acción cultural de la desaparecida Can), así como de otras aportaciones que se localizaran posteriormente en la población;y la de la tradición popular que surge desde la propia experiencia vital entroncada en la necesidad de expresar aquello por lo que se es. El experimento dio sus frutos, pero la temprana cosecha fue corta en duración y presencia así como delimitada, finalmente, al lugar en el que se encuentra un Centro de Arte Contemporáneo de cuyo nombre, ahora mismo, no quisiera acordarme.

El autor es escritor