Mala educación

María Redin (madre de Oneka Frauca) - Viernes, 26 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Mi hija Oneka de 4 años llevaba dos semanas con muy mala cara, y lo digo en el sentido literal. La piel de su cara estaba muy roja, muy seca, y además tenía un ganglio inflamado. Hace unos días la llevé a su pediatra del centro de salud, pero quería tener una segunda opinión y el pasado día 18 de enero le llevé a la consulta privada de una conocida y reconocida dermatóloga en Pamplona. Me la habían recomendado unos familiares míos y pacientes suyos.

La consulta era a las 13.20 h, nos hizo entrar y yo le expliqué lo que le ocurría. Entonces la doctora se dirigió a mi hija y le preguntó si le picaba la piel, la niña no le contestó (supongo que como muchos niños de su edad cuando van al médico) a lo cual, para perplejidad mía, le dijo literalmente: “¿Eres muda o sorda?”. Luego le dijo que iba a mirarle la piel, entonces mi hija se tapó la cara y se puso a llorar. Para terminar de arreglarlo, le soltó: “¿Eres tonta?”.

Yo, la verdad, me quedé tan fuera de juego con su grosería y mala educación que no supe reaccionar.

Después me mandó 3 cremas, me dijo que si necesitaba volvería a verla en unos días, pero que no tenía nada, que no eran más que “coloretes”. Cualquiera que vio a Oneka durante esos días sabe sin ser dermatólogo que lo que tenía no eran coloretes.

En 5 minutos de consulta estaba en caja: “90 €” por 5 minutos, un despropósito, la verdad, pero es lo de menos.

Mi indignación, mi malestar, fue con el trato que recibió mi hija por una profesional supuestamente cualificada, que haciendo uso de su soberbia, mala educación y grosería, pensó que está por encima de otros para faltar al respeto de tal manera a una niña de 4 años.

Me sentí como un cliente, no como una paciente, a quien lo único que importa es despachar pronto y cobrar rápido para seguir haciendo caja.

Podrá ser usted, señora doctora, muy buena dermatóloga, pero le falta algo primordial, y es educación, y está claro que eso no se aprende en la universidad.

Qué paradoja y qué triste, toda la vida trabajando con la piel y su aspereza es propia de la piel de un elefante, sensibilidad cero.