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Luis Elío Torres: la Justicia le llevó al exilio

El juez de Pamplona Luis Elío Torres, afín a la República y, entre otros cargos, presidente de la Agrupación de Jurados Mixtos, hizo gala de un gran sentido de la Justicia que fue mal recibido por el caciquismo local que le condenó al exilio.

Por Eduardo Mateo Gambarte (*) - Viernes, 26 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Carnet certificado de la pertenencia a la Agrupación de Jurados Mixtos.

Carnet certificado de la pertenencia a la Agrupación de Jurados Mixtos.

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Carnet certificado de la pertenencia a la Agrupación de Jurados Mixtos.En 1932 todavía se le puede ver en actos públicos entre las fuerzas vivas de la ciudad, como en esta foto que puede ser el momento de la inauguración del Hospital de Navarra o una de las primeras visitas que giraron las autoridades a este lugar. El HospitLa formación de Elío le auguraba un futuro de éxitos que truncó la guerra.Luis Elío Torres, junto a su mujer, Carmen Bernal, en Pamplona.
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El padre era ingeniero de Caminos, Puertos y Canales y estaba trabajando en la construcción del puerto de Tarragona. Allí vino Luis Elío al mundo en 1895. Estudió el bachillerato en un internado de jesuitas en Valencia. Los recuerdos y las emociones de aquella época son contradictorios, como lo era el propio lugar situado sobre un acantilado desde donde se divisaba el bello panorama del Mediterráneo y a la par se veía una cárcel y el patio por donde paseaban los presos. Allí se configurará en gran medida su contradictoria personalidad y una visión del mundo angustiada y plagada de sentimientos de culpabilidad, nos señala su nieta en el prólogo del libro que escribió contando su cautiverio.

Lo que más le marcó, cuenta él mismo acudiendo a la metáfora carcelaria, fue el ambiente de temor y misterio, silencio y delación. El silencio es el dios de la disciplina, recordará años más tarde Luis Elío desde su lavadero-madriguera-prisión donde no puede hablar con nadie.

El recuerdo de su infancia es de tristeza y soledad, de un acendrado sentido del deber, del honor y de los compromisos, algo que aflorará en su actuación profesional. Él sabía que ese no era el camino del éxito. El éxito era para los delatores (agrupados bajo la advocación del Niño Jesús de Praga, que eran recompensados con distinciones y premios extraordinarios).

De vuelta a Madrid, el 27 de junio de 1912 aprueba el examen de Grado del Título de Bachiller en el Instituto San Isidro de Madrid e ingresa en la Escuela de Ingeniero de Caminos, por gusto paterno, pero decide que ese no es su rumbo y se pasa a estudiar Derecho en la Universidad Central madrileña. Allí le sale su natural cariñoso y afable, y un tanto golfo, quizá como contrapeso de su estancia en el internado. Luis se dedica, a la bohemia, hasta el punto que su padre le pone un vigilante para saber si iba a clase o no. Entraba por una puerta en la Universidad y salía por otra. En estos años madrileños desarrolla afición a la creación literaria. Colabora en distintos periódicos escribiendo poesía, algunos cuentos y obras de teatro, como la comedia infantil Comedia en un acto, divido en cinco cuadros, en prosa, publicada por Espasa-Calpe. Madrid es tiempo de libertad y de horizontes amplios. Horizontes que se volverán a cerrar cuando aterrice recién casado en aquella Pamplona cerrada y clerical, montaraz y fanática.

Acabó Derecho, no obstante, con muy buenas notas en 1920. En ese mismo año se casó con Carmen Bernal López de Lago en Madrid y se trasladaron a Pamplona para hacerse cargo de la administración de las propiedades de su padre, uno de los más grandes terratenientes de Pamplona. Se instalaron en la plaza que los documentos llamaban de la Constitución y el pueblo, del Castillo, en nº 2, 1º (junto al Hotel La Perla). Aquí nació su hija mayor, Carmen, 1922, Cecilia vio la primera la en Madrid, y Mª Luisa vino al mundo en la calle Leire nº 10 (actual Arrieta 16) de Pamplona. Después vivieron en Navas de Tolosa nº 3 para acabar en Avda. Roncesvalles nº 4 (actual nº 2). Eran los dorados veinte cuando la familia veraneaba en Barañáin, Arive y San Juan de Luz.

bien relacionadoLa familia de su padre estaba emparentada con los marqueses de Vesolla, los duques de Elío, el conde de Guenduláin, el conde de Uzqueta… y con los Vidarte, de donde provenía la mayor parte de las propiedades de Barañáin , cuyo pueblo viejo era propiedad de la familia, Cizur, Landaben, Orcoyen, Olza…, también en Pamplona (San Juan de la Cadena, Ermitagaña, Sadar, Irunlarrea, Tajonar, Arrosadía, Berichitos…).

Ejerció de abogado durante toda su estancia en Pamplona. En 1.922 entró a trabajar como Secretario de la Cámara Oficial de Comercio y de la Industria de Navarra hasta 1924, en que dimitió para ir a Madrid por grave enfermedad de sus padres. Se incorporó como Fiscal sustituto de la Audiencia Territorial desde 1923 hasta 1936. Fue nombrado Juez Municipal de Pamplona desde 1927 hasta 1936, puesto designado por el Presidente de la Audiencia y los Presidentes de los Colegios de Abogados, Procuradores, Notarial y el Registrador de la Propiedad… Y Presidente del Comité Paritario y, después, Agrupación de Jurados Mixtos de Trabajo de Navarra desde su fundación en 1928 hasta diciembre de 1935, elegido por unanimidad de los vocales patronos y obreros.

Era Luis Elío una persona trabajadora, amante de la justicia y recta. Durante casi toda la estancia en Pamplona, simultaneó dos o más trabajos. Era religioso, pero no beato ni fanático. En 1925, Mons. Mateo Múgica lo nombró secretario de la Liga Central de Propaganda contra la Blasfemia. A la vez, él mismo se declaraba amigo de José Antonio Primo de Rivera. También el fundador de la Falange era el abogado que llevaba sus asuntos en el Tribunal Supremo de Madrid. A su hermano Miguel lo sacó de un atolladero por culpa de un duelo a sable con el capitán de aviación Antonio Rexach en el Rincón de la Mañueta. Sus amigos más directos fueron los matrimonios Antonio Maraver-Carmen Boyer y Antonio Ruiz-Pilar Frauca. Otros fueron perdiéndose por el camino de los vaivenes políticos y sociales.

hombre de la repúblicaFueron sus ideas humanitarias y liberales las que le hicieron saludar la llegada de la República. Tuvo relación amistosa con personas de izquierdas. Pero no estuvo afiliado a ningún partido político, sindicato ni ninguna otra organización, porque así lo exigía el cargo de Presidente de los Jurados Mixtos, lo que recuerda él en repetidas ocasiones. Apolíticismo, imparcialidad y rectitud en el desempeño de su cargo en los Jurados Mixtos que le valieron el aislamiento y la condena de los de su clase. Las campañas de calumnia y de hostigamiento en su contra por no servir a los intereses de la clase caciquil y reaccionaria fueron tremendos e insolentes. Dicho alejamiento le llevó recluirse en un pequeño grupo de amistades y relacionarse con gente de izquierdas con las que convivía diariamente por su trabajo. Algo que también se le echará en cara.

Una de las de las actuaciones que mayor inquina despertó en aquella derecha rural y caciquil fue el hecho de que este cediera las casas del pueblo de Barañáin a los renteros que trabajaban sus tierras a cambio de dejar de hacerlo y devolverlas a la propiedad para trabajarlas ella. Este acto indemnizatorio, de justicia, fue tachado de comunista y de pecado de escándalo por los terratenientes y por quien le dio protección salvándolo de la muerte. Estas acusaciones deben insertarse dentro del contexto revolucionario de la época que el historiador Emilio Majuelo describe así en las conclusiones de su estudio: “La represión desatada a partir del 19 de julio de 1936 fue un sangriento ajuste de cuentas de los sectores sociales que habían impedido a toda costa que se produjeran ciertos cambios en la estructura de la propiedad agrícola, sobre aquellos otros que habían intentado una mejora de las condiciones de vida y de acceso al uso o propiedad dentro de un marco político republicano y progresista. La gran represión sobre jornaleros, medieros, aparceros, pequeños propietarios (es decir, el campesinado pobre), obreros y sectores demócratas de la burguesía liberal, vino a confirmar su vinculación con la forma más aguda de la lucha de clases: el exterminio físico”.

Todo hace pensar que debió ser uno de los asistentes a la famosa reunión habida en el despacho del Gobernador Civil, Menor Poblador, la noche del 18 de julio. Pero, parece, que él no tenía sentido de peligro ante lo que se avecinaba pues tenía la conciencia muy tranquila de trabajar con y para la Justicia. En la mañana de aquel domingo 19 de julio, apagados ya los cánticos sanfermineros por las proclamas de una compañía del Batallón Sicilia, sonó el timbre de su casa. Dos falangistas uniformados y con sus pistolas ametralladoras y dos policías de la secreta, le conminaron: “Venga con nosotros;queda usted a disposición del general Mola”. Antes de salir del portal se les unieron cuatro requetés uniformados y pertrechados con sendos fusiles. Fue llevado detenido por los ocho cual peligroso delincuente a comisaría, situada en la primera manzana de la calle Paulino Caballero, probablemente el nº 6, encima en el mismo chaflán con la Avda. Roncesvalles, en el primer piso que hay un pequeño mirador, estaba el despacho del Gobernador Civil.

Allí lo dejaron para ir a reclutar más carne de fusilamiento. No fue el comisario, Germán Izquierdo Larramendi quien le ayudó a escapar, sino que casualmente por la comisaría apareció Generoso Huarte Vidondo, al que Luis Elío conocía por haber sido Vocal de los Jurados Mixtos. “Qué hace usted aquí”, le preguntó. “Corre usted serio peligro. Mire, salga usted a mi lado, como si fuera conmigo. Si lo detienen, yo no podré hacer nada.” Salieron sin contratiempo y se lo llevó a su casa a escasos cien metros en la calle García Ximénez 2, 3º izq. Allí pasó unos días. Enterado el citado carlista de un posible registro en su casa, que después se produjo, intervino ante Blas Inza, aunque miembro de la Junta de Guerra Carlista, amigo íntimo de él, para que lo acogiera en su vivienda privada, que estaba en la Casa de la Misericordia, de donde era administrador. Allí vivían, además del citado, una sobrina y una anciana criada. Desde su escondite, escribirá en su libro, se oían los tiros de los fusilamientos que se llevaban a cabo en los fosos de la Ciudadela y los desaforados gritos de los asistentes. También, las campanas de la Catedral en los días de cierzo.

La habitación en la que estuvo encerrado era un lavadero estrecho de poco más de tres metros cuadrados, con un ventanuco en lo alto y una minúscula lucerna en el techo que no dejaba pasar ni un rayo de sol. Aquella pequeña habitación con las paredes que debieron ser blancas no tenía adorno alguno y servía a la sazón de cuarto de trastos. Apilados en un rincón periódicos viejos, papeles, libretas…, todo lleno de polvo. Un grifo con agua corriente, una caja de madera con botellas vacías. No había silla, ni mesa ni un mal catre donde descansar. En el otro rincón se amontonaba el resto de la basura: cajas de cartón con trapos, retales, frascos, botes vacíos… Tapando todo, un jergón atado con una soga donde se escondía una manta raída y una almohada sin funda. Allí entró una mañana de finales de julio de 1936.

tres años de encierroLos registros cruzados sorpresa en las casas por parte de los falangistas y de los carlistas estaban a la orden del día. Hubo uno en el que la criada le dio un destornillador para que hiciera como que estaba arreglando un enchufe. Hubo fortuna. De otro en más profundidad pudo escabullirse en el sototejado. A partir del segundo registro, el dueño se pone nervioso y le obliga a dormir sobre una gruesa viga del desván a la que se accedía desde el interior de un armario que disimulaba la trampilla. No se podía mover pues el resto del techo del armario era de cartón alquitranado y podía agrietarse en cualquier momento. La manta no era suficiente para combatir el viento helado que se colaba por las múltiples rendijas del techo. La forzada inmovilidad aumentaba más el frío. Allí a su lado dormían dos fusiles y una buena dotación de municiones.

La cautela hizo que un buen día el amo decidiera abrir la casa par en par para que pudiese ser escudriñada a gusto, sin molestias. Llenó la casa de albañiles y pintores con la excusa de algunos revoques y arreglos. Estos duraron más de tres meses. Durante las horas laborales, de ocho a doce y de dos a seis, Luis debía encerrarse en el atiborrado armario del fondo del pasillo. A sus torturas se añadía ahora el padecimiento corporal por la inmovilidad y por las cábalas sobre las inexplicadas razones del proceder del amo. Encogido y sentado sobre su almohada, con el agobio de la falta de oxígeno, el exceso de alcanfor y la saturación de naftalina va pasando por su cabeza la sensación de evolucionar de feto en su útero de madera a seca momia. Los citados olores pican en la garganta y en la nariz llamando a la tos y al estornudo. Va faltando el aire. Los nervios se excitan y se exaltan. Las fuerzas le van abandonando. Tiene ganas de gritar y de que se acabe todo. No hay descanso para la cabeza, parece autónoma. No se cansa de pensar y repensar, de repetirse sin descanso. Pero la luz de la supervivencia se enciende y, a fuerza de discurrir y buscar, encuentra algún antídoto contra sus ganas de acabar con todo: tener la cabeza ocupada en algo. Su antídoto es pasar el mayor tiempo posible ocupada la cabeza en hacer juegos de palabras, de frases, palíndromos. Unos días mal, otros peor, algunos nefastos y aterradores como el que sufre la alucinación de ver su propio entierro.

La necesidad de consuelo le hace pedirle al amo que le traiga un confesor. Deciden que sea el P. Almansa. Consuelo, compasión, una palabra llegada desde afuera, algo en que apoyarse, algún resquicio por el que la penitencia mengue o extinga esa culpa que es la desolación de no encontrarla. Apoyo, ayuda, una palabra amiga, un corazón fraterno, unas palabras de bondad y de misericordia. Cuando se abrió la puerta y apareció el sacerdote, Luis se abalanzó sobre él abrazándose a sus rodillas. La escena fue breve y escueta. Lo desasió, lo vio, lo reconoció y dictó sentencia: “’¡Ah!, ¿eres tú?, yo nada puedo hacer por ti.’ Dio media vuelta y se marchó.”

Todo esto lo cuenta Luis Elío en un libro que encierra su drama y su tragedia personal en un título tan significativo como Soledad de ausencia. Entre los recuerdos de la muerte (España, 1936) publicado en México en 1980 en la UNAM, y aquí por Pamiela y Diario de Noticias en 2002.

El 31 de agosto de 1939, habían pasado 3 años, 37 meses, 1.138 días, 27.312 horas…, desde que entró en el cautiverio hasta que pasó a Francia. Generoso Huarte Vidondo, fue quien organizó el viaje hasta la frontera. Se realizó en dos coches. En el primero iban Generoso, Pilar Zulaica, su mujer, su hija pequeña Mª Rosa con su uniforme de colegio y Luis, muy gordo debido a la inmovilidad, con barba y gafas. En el otro, José Miguel, joven sacerdote hijo de Generoso y Pilar, Carmen Boyer y otra persona, que bien podría ser Javier Arvizu. Todas las precauciones eran pocas para aquellos tiempos. Un mugalari le ayudó a cruzar la frontera y lo dejó en Francia. Él, agotado y con los pies en carne viva, sin fuerzas, se entregó a la Policía francesa. Dio con sus huesos en el campo de concentración de Gurs. De allí salió y fue a París donde se reunió con su mujer e hijas. Pero su hija cuenta: “Pasaron 20 o 30 años antes de que muriera, no sé cuántos exactamente, pero el anterior papá ya había muerto”, antes de llegar a México en 1940.

juzgado en rebeldíaEl Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas de Navarra lo juzgó en rebeldía, le acusó de estar afiliado al Partido Socialista (lo que era falso);que por eso había sido elegido repetidas veces de Presidente de los Jurados Mixtos (para serlo era condición no estar afiliado a ningún partido político ni sindicato);de masón, aunque sin unanimidad;y de prófugo. La sentencia fue firmada por los jueces Eladio Carnicero Herrero, Leocadio Támara García y Joaquín Ochoa de Olza Arrieta, que le impusieron una multa de 75.000 mil pesetas en 1941, además de la inhabilitación correspondiente. Tuvo que malvender parte importante de sus tierras para pagar esa gruesa multa al Estado.

La vida mexicana de nuestro hombre la resume así su nieta en el prólogo del citado libro: se convierte en una prolongación de su muerte que había ocurrido de algún modo en el año 1936: reencuentra a su familia, que lo creía muerto;pero quizá él jamás se encuentre consigo mismo. Se siente abandonado y ajeno al grupo de refugiados al que correspondía. Derrotado y dolido con España y con los españoles no logra vincularse ni con su pasado ni con su presente. El 27 de enero de 1968 muere en la ciudad de México.

(*) El autor, doctor en Filología Hispánica y autor del libro ‘María Luis Elio Bernal’, hará esta tarde (17.30 horas) un recorrido de la vida de Elío en su conferencia ‘La vida como nostalgia y exilio. Luis Elío presidente de los Jurados Mixtos’ en la jornada Represión en la Administración de Justicia en Navarra en la Guerra Civil y el franquismo. La jornada arranca a las 9.30 horas en el Condestable. Mañana, a las 12 inauguración de la plaza del TSJN que llevará su nombre.