Música

Control nipón

Por Teobaldos - Sábado, 27 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

concierto de la orquesta sinfónica de navarra

Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Navarra;Boris Belkin, violín. Dirección: Junichi Hirokami. Programa: Tres pinturas velazqueñas,de Jesús Torres (1965), Premio AEOS, BBVA 2015;Fantasía escocesa para violín y orquesta, de Max Bruch;Cuarta sinfoníade Tchaikovsky. Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: sala Principal de Baluarte. Fecha: 25 de enero de 2018. Público: casi tres cuartos de entrada.

Sigue apacentando la orquesta, gozosamente, los enormes campos de las sinfonías grandes. Y lo hace con el aplomo del que domina ese territorio sembrado de detalles en medio de una frondosidad que el horizonte llena de colores. En el concierto de esta semana, la orquesta titular de Navarra, ha vuelto a ofrecernos el Tchaikovsky más arrebatador, y un tanto desesperado, a base de cimentar toda la sinfonía con una cuerda tupida, densa, pero nunca amazacotada;todo lo contrario, volátil, lírica y ligada en los compases del vals, y poderosamente suelta en el terrible descendimiento del último movimiento. Ha sido la cuerda -también por parte de algunas preciosidades del solista- la que ha mandado en la velada. Y es que, por más que las trompas y las trompetas, con potencia y descaro, anuncien el fatum, esa fuerza fatal que nos impide la felicidad total, siempre el sonido de las familias de la cuerda se impone, y responde, y recuerda los momentos de felicidad;o ahonda en la tristeza. Y entre ambos mundos, las maderas, con el clarinete de sonido abierto, la flauta y flautín incisivos, el inquietante fagot o el oboe, que van perfilando detalles del tema. Hay un movimiento curioso -el pizzicato ostinato- que siempre resulta espectacular, máxime si se hace con la precisión y matices que el maestro japonés impone. Porque otra baza del concierto que nos ocupa, ha sido la dirección de Junichi Hirokami, entusiasta e implicada como pocas, y con un control absoluto sobre las entradas de todos los instrumentos. Casi obsesiva esa idea de marcarlo todo, (a veces cada corchea), con pequeños saltos incluidos, con ganas de expandir su propio cuerpo al lugar de los músicos. Lejos de un hieratismo ceremonioso. Cercano y eficaz. En una versión más bien extravertida, no precisamente de seda, pero equilibrada;el equilibrio que da siempre a un conjunto el que mande el sonido de la cuerda y no el de los metales. La disciplina del nipón, llegó también a la implicación total en la obra estreno -para nosotros- de la obra de Jesús Torres, Tres pinturas velazqueñas. Gustó la partitura, porque es tonal, y arrastra una tradición de orquestación y narración que, nos lleva, sin problemas, a lo que se cuenta: una acogedora y ricamente orquestada sensualidad en la Venus del Espejo (al final y al fondo la danza de la Salomé de Strauss);los jocosos y obstinados sonidos del triunfo de Baco;y, sobre todo, la dramática sección del Cristo crucificado, donde los contrabajos describen la oscuridad del “agua negra de la catarata de la cabellera” (Antonio Colinas, dixit);que contrasta con momentos de luz, antes de morir con toda la orquesta.

Y, entre esos dos mundos profundamente humanos y meditativos, el violinista Boris Belkin nos relajó y entretuvo con la fantasía Escocesa de Max Bruch. Más que con los pasajes endiabladamente virtuosísticos, me quedo con el muy bello sonido en pianísimo, adelgazado hasta el extremo en los agudos;y con los pasajes más líricos.