Un enero negro que no debemos olvidar

Por José Luis Úriz Iglesias - Sábado, 27 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

atribuyen al gran pensador romano Cicerón una célebre frase: “un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”. También que los juglares de la Edad Media se encargaban con sus trovas de evitar ese olvido. Como cada año, cual juglar del siglo XXI me encargo de intentar imitarles.

Recordaba por esta razón esta mañana fría de enero el que sufrimos en este país hace justo ahora más de 40 años y que viví en primera persona. Unos acontecimientos tan bien reflejados por Bardem en su espléndida película. Tengo muy vivos en mi memoria aquellos dramáticos días. En aquel tiempo militaba en el PCE y en Comisiones Obreras, en la Universidad de Madrid donde estudiaba y en el sector de Artes Gráficas donde trabajaba, en ese pluriempleo peculiar típico de aquella época.

Se inició el domingo 23 de enero de 1977, ahora hace 41 años, cuando un grupo de ultraderecha asesinaba al joven Arturo Ruiz en una manifestación pro amnistía, en el cruce de las calles de Silva y Estrella en la trasera de la Gran Vía (entonces avenida de José Antonio) de Madrid.

Aquel día andaba cerca con compañeros de la universidad. Al día siguiente muere la estudiante de sociología, María Luz Nájera, como consecuencia del impacto del bote de humo que recibe en la manifestación en protesta por la muerte de Arturo. Ocurre en la esquina de la Gran Vía con la calle de Libreros. Impactados por ambos hechos toda la izquierda antifranquista se conmociona. Precisamente aquel terrible 24 de enero, los camaradas de Artes Gráficas teníamos previsto reunirnos en el despacho de abogados laboralistas de Atocha, lugar que alternábamos con el de Españoleto para nuestros encuentros, pero horas antes recibimos una llamada para suspenderla, porque había otra más importante del transporte que por entonces estaba en huelga. La sustituimos por una mini reunión en mi casa, lugar que solíamos utilizar en momentos puntuales. Había negros nubarrones, y algo se barruntaba en el ambiente. Decidimos esperar acontecimientos.

Y estos sucedieron de inmediato, a las doce de la noche, estando ya en la cama porque solía levantarme a las 6 de la madrugada, sonó el teléfono de mi casa. Un camarada, Eugenio, me informaba de lo de Atocha. Asesinados Enrique, Sauquillo… seis en total y heridos graves Lola, Alejandro... Gentes que conocía my bien. Pensé que podíamos haber sido nosotros. Luego una vorágine de reuniones, asambleas, contactos, y sobre todo un mensaje claro;hay que mantener la calma, no responder a la provocación. A pesar de la rabia contenida por nuestros camaradas asesinados apretamos los dientes y tragamos el sapo. Éramos comunistas y por tanto teníamos una mayor responsabilidad. Después, el impresionante entierro en el que participé activamente como “servicio de orden”, y la sensación de estar viviendo momentos históricos. Luego con el tiempo entendí que aquel llamamiento a la calma de mi partido fue clave para conseguir la democracia, y desde entonces defiendo esa misma reacción en circunstancias parecidas.

Antes, otro día de enero, fatídica casualidad, el 20 pero años atrás en 1969, caía asesinado por la BPS Enrique Ruano. Conocí a Enrique en la lucha antifranquista, era de mi misma quinta, aunque en aquel tiempo yo militaba en el PCE y estudiaba en la Escuela de Teleco. Precisamente allí nos enteramos de su muerte, de su asesinato, recuerdo las conversaciones con José Luis Avinareta, Pepe Carpintero, Manolo Briso, Manolo Gamella, aunque los dos últimos eran de la FUDE teníamos una muy buena relación, y nos estremecimos al pensarlo.

El franquismo agonizaba, lo sabíamos, pero temíamos sus últimos coletazos, y éste fue uno de ellos. También conocíamos a sus torturadores, a sus asesinos, el comisario Conesa, el temible Yagüe, y un sádico, Billy el niño, o lo que es lo mismo Juan Antonio González Pacheco. No los conocíamos físicamente pero circulaba por los círculos de lucha antifranquista la fama de su crueldad.

En aquel tiempo, 1969, se estaba discutiendo el Estatuto para la Politécnica, y la izquierda lideró esa lucha. Era representante de Teleco, y después de una reunión clandestina en la Escuela de Ingenieros de Caminos, al salir camino del autobús, paró bruscamente un Seat negro a mi lado, supe enseguida qué suponía aquello, bajaron dos policías de la Brigada Político Social, uno de ellos era un personaje siniestro, flaco, pequeño, Billy el niño. Creo que nunca se borrará de mi mente aquella cara. Hoy vuelven a mí los recuerdos de aquellos interminables días en la DGS, en la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol, también las veces posteriores. Aquel tétrico edificio aún me da escalofríos al pasar delante, por más que ahora sea la sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Hoy al recordar aquellos hechos pienso que pude ser yo, cuando Billy actuaba y uno de sus compañeros le decía “ten cuidado que se te va a ir la mano otra vez y lo vas a matar”. Resuenan esas palabras y las recuerdo como si fueran ahora, cuando él situado a mi espalda respondía “no importa, hacemos como con Ruano lo tiramos por la ventana y decimos que se ha lanzado al querer escapar”.

Pienso en Enrique, en todos los Enriques que dejamos por el camino, en aquellos camaradas, los abogados de Atocha, y que quizás el destino haya querido llevar hasta hoy para ejercer de juglar, para escribir estas líneas que son, que quieren ser, un homenaje a quienes lucharon codo con codo conmigo y hoy ya no están, pero también como cada año un recordatorio para las nuevas generaciones. Esas que despectivamente nos consideran del “régimen del 78”. Qué sabrán ellos de lo que pasó entonces.

Estamos en otro tiempo, pero esta mañana de invierno recuerdo aquellos momentos, aquellos días, aquellos interrogatorios crueles, aquellas gentes, a mis camaradas caídos con sensaciones profundas, muy profundas, y alguna lágrima asomando por mis ojos, sintiendo que al recordarlos recupero mi capacidad para llorar de emoción. Para después lavarme la cara con agua muy fría y continuar la lucha, también en su nombre, una lucha revolucionaria, pacífica, activa, desinteresada, valiente que frene nuevas agresiones de un fascismo diferente pero igual de cruel.

Os recuerdo hoy, os recordaré siempre camaradas, compañeros... vuestro ejemplo me guía y guiará siempre...

El autor es exparlamentario y concejal del PSN-PSOE