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Los escudos del viejo ayuntamiento recuperan su color

por Emma alonso pego - Sábado, 27 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Había ya anochecido cuando Silvia reparó en el mantel sin planchar. La cena estaba casi lista, pero faltaban, como siempre, los últimos detalles y eran más de las nueve y media. Ray, que sabía descodificar la tensión de su cuerpo, se adelantó: ¿Puedo hacer algo? Luego se ofreció también la hija mayor, deambulando por la cocina con un pijama de tonos pastel y una cinta que dejaba al descubierto su rostro cansado. Había trabajado de noche. Voy poniendo los entrantes, dijo, y empezó a moverse, silenciosa y diligente, picando la cebolla en trozos diminutos, despedazando las lonchas de pescado ahumado, tostando las rebanadas de pan que su padre iba cortando al mismo ritmo lento y firme. Ambos compartían rasgos comunes, no sólo físicos. Ejercían un efecto calmante sobre la madre y la hermana pequeña. Sabían poner orden de una manera eficiente y armónica. ¿Esencia de ángel?

Silvia respiró aliviada y desplegó la mesa de la plancha. A las diez podrían por fin estar sentados a la mesa. Antes de que sonaran las doce campanadas en la pantalla del televisor, se les unirían los vecinos de enfrente, Charly y Anne. Este año estaban solos: sus familias vivían fuera y su única hija, Eva, estaba terminando un doctorado de neurobiología en Estados Unidos. Es una pena que Eva no pueda venir, dijo Berta, la hija mayor, mientras centraba el mantel de motivos navideños que su madre acababa de planchar. Las dos vecinitas habían compartido muchos momentos en sus primeros años de infancia, la mayoría guardados en las capas más profundas de la memoria, y otros, rememorados con nostalgia cada vez que volvían a encontrarse una o dos veces a lo largo del año. Por ejemplo, la primera vez que cruzaron solas el paseo de los chopos para ir a la escuela o el día que se les ocurrió vaciar el viejo baúl de los disfraces y esconderse dentro muy juntas, sintiendo sus respiraciones y descubriendo un espacio íntimo, único, que sólo en contadas ocasiones volverían a encontrar a lo largo de sus vidas.

Si, era cierto que, a pesar de las diferencias, tener dos hijas con una amistad tan antigua unía. Silvia era consciente de ello. Sin embargo Charly y Anne resultaban a menudo irritantes. Les gustaba ahorrar hasta hacer de ello su objetivo principal: ahorraban en su cesta de la compra al acecho de cada oferta, ahorraban en sus salidas, evitando comer fuera de casa a no ser los frutos secos que adquirían para acompañar una cerveza ocasional en un bar que lo permitía. Era una pena que su amistad no hubiera podido avanzar más por este apego suyo al dinero porque, en el fondo, eran buena gente.

A las diez consiguieron estar todos sentados alrededor de la pequeña mesa circular. Berta comió desganada por el sueño acumulado. Se sirvió un gran vaso de agua. La hermana pequeña, ya maquillada para la salida nocturna, atacó los ahumados y un combinado a base de vodka con el que pretendía entrar a fondo en el nuevo año. A las diez y media se saltaron para la ocasión la prohibición médica y Ray reemplazó el mosto rojo del abuelo por vino tinto. Brindaron. A las once menos cuarto, Berta y el abuelo estaban ya acostados. Quedaban ellos tres. Diana, la pequeña, suspiraba bajo sus largas pestañas estilizadas por la máscara. Estamos en la cuenta atrás, dijo Ray sin perder su amable jovialidad. Silvia asintió. Se estaban acercando, sí, al instante de las doce campanadas, el adiós a un año, el principio de uno nuevo. La impresión de tener que revisar lo acontecido y lo realizado para después calificarlo, como en el colegio o en el instituto. ¿Estaré para el aprobado? , pensó Silvia. Odiaba este momento, igual que odiaba su cumpleaños o su aniversario de boda y, en general, todas las celebraciones que solo por el hecho de serlo, la sometían a una inexplicable presión. ¿Sabría ella ser feliz como se esperaba que debería serlo para esa ocasión señalada? ¿Conseguiría la cantidad suficiente de alegría y de sinceridad o bien seguiría la estela de algún pensamiento inadecuado que le robaría el calor del momento presente? Se levanto y cerró la puerta del baño tras de sí. Una tregua. Un escondite. Segundos después, oyó el ding-dang profundo en la puerta de entrada, el ladrido del perro, los pasos de Ray y su voz cálida recibiendo a los dos vecinos. En el espejo vio una mujer asombrada: tenía los ojos muy abiertos, como en los retratos que le hacían de niña. Se los pintó: una línea negra, alargada y luego salió.

Evitaron las uvas. Ray había preparado sobre la mesa cinco copas heladas. Cuando sonó la última campanada, permitió que el corcho se uniera a la explosión festiva que llenó de color y sonido la ribera del río. Brindaron y se abrazaron. Echaron de menos a Eva.

las claves

ESTELLA-LIZARRA. Durante las obras que se están realizando para la rehabilitación del edificio barroco del antiguo ayuntamiento y juzgado de Estella-Lizarra, también se ha actuado en lucir los elementos artísticos de la fachada, lo que ha permitido, por ejemplo, que dos escudos de la ciudad recuperen su color original, como se aprecia la imagen. La empresa Sagarte ha sido la encargada de esta labor con un gran resultado, como ya se puede apreciar una vez que se ha retirado en andamiaje exterior. Foto: R.USÚA

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