Danza

Nómadas

Por Teobaldos - Domingo, 28 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

‘Jito-Alai’, espectáculo de música y danza basado en la vida de José Antimasberes

Música: Josetxo Goia-Aribe. Dirección artística: Cristina Alvarez. Intérpretes: J. Goia-Aribe, saxofón;Mixel Ducau, guitarra;Josemi Garzón, contrabajo. Marian Collado y Carlos Chamorro, bailarines. Programación: Fundación Gayarre;Gobierno de Navarra;Producciones Yerbabuena. Lugar: Teatro Gayarre. Fecha: 26 de enero de 2018. Público: media entrada (15 y 8 euros).

En esta nueva producción del Gayarre, Jito Alai (gitano alegre), todo es nómada: el fondo de la historia que se quiere contar, referida a uno de los últimos gitanos navarros nómadas;la música creada para el espectáculo, que va de aquí para allá y se para tanto en lo más clásico como en lo más popular;y la danza que, del mismo modo que la música, acomoda sus pies, sin solución de continuidad, tanto en el flamenco como en la jota. Todo se mueve, sin embargo, por terrenos conocidos. La música de Josetxo Goia-Aribe, motor del espectáculo, es nueva, pero no extraña;al contrario, nos identificamos con sus temas, muy bien intercalados, por cierto, entre la vorágine de las escalas, del adorno jazzístico, y de los recursos de toque del instrumento más contemporáneos, como la percusión de las llaves, por ejemplo. A Josetxo todo le queda bien. Las transiciones rítmicas -con ser complicadas- parecen fáciles. Todo fluye con la naturalidad del aire, aquí ordenado y enriquecido a su antojo. Junto a él, el basamento del contrabajo es fundamental -magnífico Josemi Garzón, que se lució en algún solo con y sin arco-. Y la guitarra de Mixel Ducau, que aporta el indispensable timbre al flamenco. Mixel, además, se atreve con una íntima canción vasca que corta, por un momento, el tempo, y se hace meditativo. Ciertamente este trío funciona en la mejor tradición camerística, dando al sonido, a los temas, un empaque que permite el lucimiento del saxo.

Pero, claro, ese ir y venir por el mundo, como mejor se expresa es con la danza. Mariana Collado y Carlos Chamorro son dos buenos bailarines que demuestran, también, filigrana en sus pasos, -por ejemplo el diálogo del bailarín con el saxo-;taconeo -muy delicado en la bailarina cuando se lo propone-, manos volanderas, -en ambos-;y un raro eclecticismo que les lleva a jugar con los temas, distorsionando un paloteado, o compatibilizando la boina con las castañuelas. Mariana luce una danza siempre elegante, aún en lo más popular;y también más redonda. Chamorro es más radical en los giros, más violento, toda su estela dancística es más marcada, menos ligada, casi un poco exagerada su obsesión por trasmitir fortaleza. Ambos firman un paso a dos muy emocionante. Estamos, pues, ante cinco intérpretes excepcionales;y, sin embargo el espectáculo tarda un poco en despegar. Quizás, porque es una propuesta mucho más elaborada de lo que se anuncia;con algunos momentos incluso abstractos -como el simbolismo de las manzanas-. Afortunadamente, la fuerza de la danza arranca los primeros aplausos, y, a partir de ahí, el público se va metiendo. Quizás, también, el todo visual resulte un tanto monocolor, y algo sombrío, para un espectáculo que, parece, que debe rebosar alegría, pero que trasmite bastante melancolía -ese triciclo un tanto “valleinclanesco”-. Pero, todo esto, -y también el estilo del bailaor-, seguramente está en consonancia con el personaje;algo que se nos escapa a los que no le conocimos.