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Y tiro porque me toca

El país de la paciencia

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 28 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Del declarar no enterarse y no saber nada de todo aquello que les compete hasta por ley, han hecho una rutina. Negar la evidencia, afirmar el embuste, vender humo. Aguantamos lo que nos echen. Somos asombrosos, el santo Job a nuestro lado es Espartaco. Descifrable con dificultad resulta que este sea el país de las garrotas y las navajas de Albacete, y no el de los relojes de cuco;parece mentira que el poeta Miguel Hernández escribiera aquello de que “Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España”. El poeta vibrante y sin duda visionario estaba viendo otro paisaje y a otro paisanaje cantaba.

No sirve de nada decir que asombra que alguien que a preguntas de periodistas responde con pintorescas necedades y vacuidades pavorosas -perdonadas como lapsus patológicos hasta por los poetas de cámara-, presida el Gobierno de un país sin consecuencia alguna, al revés, se ha pasado del bochorno a la celebración jatorra de las gracias. ¿Cómo un hombre de Estado puede decir que no quiere hablar de asuntos amparados por la Constitución, cómo alguien que ha sido ministro del interior puede soltarse con no saber nada de operativos policiales, cómo puede un presidente ignorar todo lo referente a la financiación de su partido y a su propia fortuna, cómo, cómo…? ¿De qué está enterado el presidente o qué es lo que sabe? Es una situación que desarma a cualquiera.

Pero es que ese país es este, y este, digan lo que digan, es un país en quiebra institucional manifiesta;la prueba, Cataluña, la prueba, alguien que hace nada proclamaba su intención de respetar el resultado de un referéndum por él mismo impuesto y ahora recurre sus inequívocos y previsibles resultados porque no le gustan o convienen. Dijo su portavoz: “El Gobierno recibiría con agrado que Puigdemont se presentara a las elecciones del 21 de diciembre”. A esto se le llama limpio juego democrático. A su lado, los trileros se nos aparecen como jugadores vintage de Wimbledon, auténticos caballeros de antes de que esta palabra se convirtiera en un lapo de falsa cortesía.

Y no solo eso, sino que el Gobierno pone en manos de un tribunal que cree controlar, el Constitucional, la vida social y democrática de Cataluña, afianzando esa monumental anomalía como es que la vida política de un país dejase de pasar hace mucho por el Congreso de Diputados para hacerlo por Tribunales de excepción o por otros, ya manipulados con descaro por el propio Gobierno, de manera confesada en público, al tiempo que proclaman su independencia, aunque no puedan ocultar el baile de magistrados afines.

Una quiebra tan grave que ya no tiene ni la salida airosa de las elecciones generales anticipadas ni los referéndums, porque en manos del partido en el poder no son de fiar. De un proceso constituyente mejor no hablemos porque de pronto arden las voces en su contra. Y el país calla y como mucho murmura en las redes sociales o protesta en balde y sin verdadero garbo. Por muy acertada que esté la oposición parlamentaria, que suele estarlo, perora en el vacío. Agotador.

Cualquier Gobierno europeo hubiese caído con estrépito de haberse hecho públicos los métodos de financiación, electorales y no electorales, del partido que lo sostuviera, como está sucediendo aquí un día tras otro con la tropa valenciana que apunta a donde le conviene. De cualquier Gobierno europeo hablo. El nuestro no. El nuestro se mantiene terne en escena como si no pasara nada, que tal vez sea esa la clave, que no pasa nada o muy poco, E la nave va y de manera milagrosa no se hunde, sino que flota y navega, en círculos cerrados como barco de juguete en ciénaga, pero va, hipnótica y adormecedora porque no se aleja, como hacía la de los locos, sino que se queda y da vueltas y más vueltas en torno al mismo remolino violento, el de nuestra historia escrita por nuestros demonios.

¿Y la ciudadanía? Buena pregunta, conviene hacérsela. Pues la ciudadanía hace lo que puede, ladra, vitorea, vota a quien le expolia, empuja, es multada, silenciada, no se da por enterada o está tan baldada que ya solo responde encogiéndose de hombros, y hasta eso es demasiado.

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