Supervivencia mimética

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Domingo, 28 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

En la era del neoliberalismo, la política se ha desprendido de casi todos sus ornatos sociales, convirtiéndose en una mera síntesis de los intereses materiales de las élites empresariales y financieras. La desregulación del mercado financiero y la excesiva flexibilidad empresarial, propias de la globalización, han allanado algunos obstáculos perturbadores, como la operatividad del socialismo y del sindicalismo, permitiendo la actual expansión y consolidación de capitalista. La clase trabajadora, capaz hasta ese momento de prever su porvenir que iba más allá de la satisfacción de sus necesidades inmediatas, entra en una era que se caracteriza por la inestabilidad laboral y económica. Los bajos salarios, la alta temporalidad, el despido libre y barato, el desempleo y las leyes laborales que les desposeen de muchos de sus derechos acaban por perfilar un tipo de trabajador al que cada vez le resulta más difícil hacer planes de futuro tanto a medio como a largo plazo. Sus perspectivas concretas tienen una duración cada vez más breve. El futuro no entra ya de forma clara en su proyecto de vida, sino que se ve obligado a sobrevivir día a día, convirtiéndose en el prisionero de un presente que se desvanece en un futuro incierto, pues su porvenir depende cada vez menos de su propia previsión o proyecto existencial y cada vez más de los colosos del poder económico. El problema se agrava cuando de alguna manera se insta al trabajador a aceptar que sólo existe un camino para manejárselas en el libre mercado, que es el de abandonar la esperanza de establecerse de forma estable y segura. En este sentido, Rossel afirma de forma tan clara como desafortunada que el trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX. Mistificación que lleva al trabajador a no ver más solución que vivir en consonancia y estricta conformidad con lo que percibe en su entorno, pues no observa ninguna alternativa viable. Es decir, una vez serializado, debe sobrevivir miméticamente. En estas condiciones, echar raíces en una determinada localidad, formar una familia, tener descendencia o comprar una vivienda propia resulta muy difícil. Los trabajadores, así, se transmutan en un conjunto de instrumentos laborales sin objetivo ni proyecto propio, cuyo paradigma al que deben someterse es la flexibilidad laboral, que conlleva una inhumana inestabilidad, inseguridad e incertidumbre existencial. Los trabajadores son identificados con las tareas sencillas y específicas que desarrollan de acuerdo con la división del trabajo, lo que implica que no son reconocidos como sujetos, sino como objetos de producción, enajenación que Sartre denomina almas habitadaspor el capitalismo, sistema considerado como una fuerza antisocial que masifica y serializa a la clase trabajadora. Esta inercia uniformadora, interiorizada en cada trabajador, afecta de forma decisiva a su voluntad, a sus intenciones, a su conciencia de clase y, en definitiva, a su propio destino. La moderna cultura de masas glorifica el mundo tal como es, pues se dice de él que es el mejor o el menos malo, por lo que no queda otra solución que aceptarlo. El cine, la radio y la televisión se sustentan en el mismo estribillo: ésta es la realidad como es, tal como debiera ser y tal como será. Al margen de esta realidad solo caben las actitudes antisistema de las que nada bueno se puede esperar, pues siguen contaminadas por el rasgo apologético de la cultura totalitaria marxista-leninista. Así, defenestrada la utopía, la idea de un mundo más igualitario y más justo se ha visto devaluada y banalizada, hasta el punto de que los utopistas son tan solo populistas o divertidos tertulianos concebidos para ocupar el tiempo libre dominical.

Allanado el camino al neoliberalismo, la organización del trabajo no es otra cosa que un negocio más, como apunta Horkeheimer, que tiende, como cualquier otra empresa, a la obtención de beneficios por encima de cualquier consideración moral, consumándose el proceso de cosificación humana, pues el trabajador no es reconocido como persona, sino como mera fuerza de trabajo. Su condición humana está cada vez más expuesta al acoso de las técnicas uniformadoras de la cultura de masas, que inculcan los patrones industrializados de la conducta que deben adoptar. Puntualmente, se protesta contra quienes abusan de las reglas de juego, como contra las empresas que anuncian un expediente de regulación de empleo, pero no se ponen en cuestión las reglas de juego como tales. Se acaba, por tanto, aceptando la injusticia social como algo inevitable, quedando institucionalizada y considerada como un simple efecto colateral e irremediable del neoliberalismo. En consecuencia, la irracionalidad sigue configurando el destino de las personas, cada vez más desideologizadas, aunque la desafección política de los trabajadores no es casual ni una consecuencia exclusiva del mal hacer de algunos políticos, sino un proceso meticulosamente calculado que tiene como objetivo la desactivación y desmovilización de cualquier foco de resistencia. No hace falta ser Platón ni un surrealista parisino para saber que en la actualidad la clase trabajadora tiene que correr muy deprisa, al límite de sus posibilidades, si quiere, al menos, permanecer en el mismo sitio. Si no se toma conciencia de que los trabajadores no son en este momento más que criaturas cinceladas por la propaganda neoliberal, es decir, seres humanos consumados como cosas, hecho contra el que nos previno Nietzsche, no se producirá el progreso hacia la utopía, que, por otra parte, se ha visto frenado por la relación descompensada y desproporcionada que existe entre el peso avasallador de la maquinaria del poder económico y las masas trabajadoras atomizadas y despolitizadas.


El autor es presidente del PSN-PSOE