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Orgullo de raza y poderío femenino

María Jesús Clavería, ‘Pachus’ de Etxabakoitz, es un referente en el barrio por su lucha contra las desigualdades y la integración social de la mujer

Virginia Urieta | Iban Aguinaga - Jueves, 1 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Pachus, de etnia gitana, cree en la mujer como herramienta de cambio y también en la juventud.

Pachus, de etnia gitana, cree en la mujer como herramienta de cambio y también en la juventud. (IBAN AGUINAGA)

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  • Pachus, de etnia gitana, cree en la mujer como herramienta de cambio y también en la juventud.

“Tener médicos, abogados o arquitectos gitanos en Pamplona es importante”

pamplona- A falta de uno, tiene tres nombres de guerra. En su trabajo le llaman la prima, “con cariño, porque me quieren mucho y yo les adoro”. Cuando marcha a Andalucía, de visita, es conocida como la Flamenca -“allí ser gitano es un privilegio: significa bondad, respeto, poderío. Aquí es sinónimo de ladrón, vago o maleante. Para acabar con eso hay que conocernos. Hay que abrirse al mundo, porque el gitano tiene unos valores únicos”.

Cuenta María Jesús Clavería, más conocida como Pachus -y es el tercero de esos apelativos cariñosos que aunque no le definen, dan buena cuenta de que es una mujer fuerte y polifacética-, que en su raza la fuerza radica en el “respeto, la educación y el amor a nuestros mayores”, entre otras muchas cualidades.

A sus 59 años, esta vecina de Etxabakoitz de toda la vida es una gitana “de pro” que ha conseguido romper ese cliché de madre dedicada únicamente a su hogar y a sus hijos para hacer, además de eso, su pequeña revolución como parte activa de la Pastoral Gitana afincada en Navarra, como miembro de la junta de la sociedad deportivo cultural de su barrio, en el que es todo un ejemplo de mujer activa y empoderada.

Lamenta que todavía hoy existan barreras de raza, de género y de desigualdad. Pero aboga por romperlas en un contexto que, asegura, “ha cambiado mucho con el tiempo. Hoy estamos integrados, y además hay gitanos por todo el mundo. En Inglaterra, australianos ¡y hasta pelirrojos!”, bromea.

Trabaja desde hace casi 30 años en el sector de la hostelería, en la cafetería de un hotel, y es uno que conoce al dedillo porque le ha permitido independizarse y vivir su vida. “¿Que cómo se consigue eso? Viendo la vida de otra manera. Yo desde pequeña he gozado de la libertad de mis padres, he crecido en un ambiente muy sano. Y la libertad que yo he tenido con ellos -siempre de una manera justa- me ha dado mucho. Mi marido no es gitano pero cuando le conocí supe que era el hombre de mi vida”, confiesa. Llevan 39 años casados. Sus dos hijos, de 32 y 38 años, han terminado sus estudios, “han gozado de oportunidades y están totalmente integrados”.

Aunque no es su caso, asegura que por lo general las mujeres gitanas tienden a quedarse en casa, cuidar de los niños y dedicarse casi plenamente a la familia. “El que tiene suerte tiene un puesto en el mercado o consigue algún trabajo, es un entorno un poco cerrado pero ahora está cambiando gracias a la juventud, que se está levantando. Y lo veo estupendo: que sigan estudiando y saquen carreras, que tengamos médicos, abogados o arquitectos gitanos en Pamplona es importante”.

Asume que aunque ahora “hay más puestos de trabajo y más reconocidos” a los que puede acceder este colectivo, todavía hoy son pocos “y la raza también condiciona. El cambio llega con nuestra generación, con los padres que no quieren que sus hijos se dediquen a la chatarra, que quieren lo mejor para ellos y para ellas, que también puedan seguir yendo a la escuela y formarse, no vivir sólo para pedirse y casarse”.

Es un cambio de mentalidad, señala, y hay que superar esas barreras “porque no somos ni vagos ni maleantes: somos gente trabajadora y emprendedora que quiere un futuro mejor, como todo el mundo. Queremos que nuestros hijos sean educados en buenos colegios y en igualdad de derechos. Payos, gitanos, mujeres o hombres”.

pilar femeninoAunque la clave del cambio, apunta, está en ellas. En esa fuerza, esa valentía y ese empoderamiento femenino, porque al fin y al cabo ellas han sido siempre los pilares fundamentales de cualquier familia. “Tenemos que ser independientes, forjarnos nuestra propia vida. Y está claro que preferimos tener a los niños estudiando que en la calle. Hace falta la mujer gitana como herramienta del cambio, y creo que es algo de lo que somos conscientes”.

Afirma que “tanto en gitanos como en payos” se han apreciado grandes cambios que han estrechado relaciones. “Hemos conseguido igualdad de derechos, que la mujer acceda a la vida laboral, que los niños puedan tener educación. Nos hemos abierto, pero la sociedad también. Yo, por suerte, nunca he sufrido racismo”, explica, aunque confiesa que conoce “algún caso”.

-¿Como se lucha con eso?

“Con un lavado de cabeza -bromea-. Los chavales que forjan amistad desde pequeños saben cómo somos, tienen otra opinión de los gitanos. Hay que conocerse porque todos somos iguales. Mis grandes amigos son payos, y los adoro”.

Ella siente orgullo de su raza, de lo que es y de lo que ha conseguido, un camino que ha ido labrando poco a poco y que le permite hoy ser una abanderada de todas esas metas que quedan por superar. Pero para Clavería, a la que le gusta contar que los gitanos, “que trajeron los colores vivos de la India y entraron a Navarra, por Olite, allá por 1435 antes de ser atendidos por doña Blanca de Navarra”, la lectura es positiva. “Queda por hacer, pero se ha conseguido mucho”.

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