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Republicanismo

El muerto que nadie quiere enterrar

Por Santiago Cervera - Domingo, 4 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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Estuvo Jordi Pujol hace unos años en El Toro dando una conferencia, y alguien le preguntó cómo había sido capaz de pactar igual con el PSOE que con el PP después de algunos desplantes sufridos. Teatralizó la respuesta. Dijo que por la noche, antes de dormir, había que hacer un paquetito con el resentimiento y meterlo en el cajón de la mesilla. Mientras mostraba bonhomía y se presentaba como político de altura, Pujol ejercía de pocero butronero y acumulaba millones con lo que mercaba en las alcantarillas. Artur Mas es caracterizado por su altivez, ese mentón prominente que desafía al mundo, la tan periclitada manera con la que vistió su cargo de President seguramente para disimular su procedencia como hereu. Hasta que el mentón se desmoronó el día que tuvo que aparecer enTV3 pidiendo un euro a cada catalán para pagar la fianza impuesta por el Tribunal de Cuentas, argumentando que “algunos hemos ido por delante, y no es justo que tengamos que pagar por ello”. En Puigdemont, a diferencia de sus predecesores, no es fácil encontrar la impostura. Es tal como parece. Se muestra impermeable a la crítica y depositario de una misión. Y ciertamente algo representa para una parte de los catalanes cuando, contra todo pronóstico, huido en Bélgica y al frente de una lista que era él y sólo él, ha logrado más escaños que la ERC que estaba recluida en Estremera. En semejante pugna de emotividades, a la mayoría del independentismo le ha resultado más meritoria la figura de un Puigdemont encarnando el exilio político que la de un Junqueras apechugando en un penal.

Probablemente acabe siendo juzgado en rebeldía, sin prestar siquiera su imagen a una fotografía de banquillo que en junio dará la vuelta al mundo

Pero a pesar de lo que haya dicho el elector, la capacidad política real de Puigdemont es la de un cadáver aún sin enterrar. Es imposible que sea investido, ni invocando una ilusoria vía telemática. Si pisa Francia o España será detenido y pasarán muchos años hasta que salga de la cárcel. Bélgica es un país sórdido y gris, en el que le costará encontrar nuevas compañías y escenarios desde los que difundir su mensaje. Y el hartazgo de algunos de los que le rodeaban en Barcelona empieza a hacerse patente. Probablemente acabe siendo juzgado en rebeldía, sin prestar siquiera su imagen a una fotografía de banquillo que en junio dará la vuelta al mundo. Antes, con toda probabilidad, habrá sido inhabilitado por una sala especial del Supremo, y con ello eliminado todo vínculo de autoridad institucional que le quedara. Es en este horizonte tan sombrío como absolutamente predecible en el que Puigdemont quisiera ser capaz de mantener el halo de represaliado, la figura inmarcesible del President exiliado. Y para ello ha de conseguir que la mayoría de los suyos no se la jueguen, no flaqueen en su postulación como el único candidato posible para el independentismo, el de la restitución democrática tras el 155. Y si por el empecinamiento han de llegar nuevas elecciones, que lleguen. Es mantener una bicicleta en marcha pedaleando a costa de lo que sea, aunque el destino sea incierto. Puigdemont cuenta al menos con una parte de los parlamentarios de su grupo, unos quince, que sabe que no sólo no van a volverle la espalda, sino que serán capaces de justificar cualquiera de sus actuaciones, por pusilánimes que parezcan.

El episodio de esta semana con los mensajes filtrados demuestra que es en Bruselas donde se sigue marcando la pauta de lo que haya de pasar en Cataluña. A mi me parece repugnante que ningún mensaje personal salga de su espacio de intimidad, por mucho que haya ocupado un pantalla de móvil a tiro de cámara. Parece un éxito periodístico lo que en la vida de las personas resultaría una inmundicia y una cutrez, imaginemos a un cotilla mirando con el rabillo del ojo el móvil del que está al lado en la Villavesa y contándolo luego en el bar. Ana Rosa habla de “la exclusiva que ha enterrado el procés”, petulancia propia de una cadena que es toda ella unreality show. Precisamente de la impudicia periodística se aprovechó Comín cuando expuso su móvil con la intención de difundir la idea de un Puigdemont ligeramente apesadumbrado de tanto sostener esa su gallarda dignidad como President a pesar de las traiciones que se oteaban en lontananza. Un victimario más del que aprovecharse para mantenerse en liza. Nunca se ha visto que alguien con nulas posibilidades de ejercer poder efectivo sea capaz de condicionar tanto una situación política.

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