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Una historia de supervivencia

Ha sobrevivido a los puños, empujones, vejaciones por los que su expareja pasó diez años en prisión. Ahora, con una vida rehecha, convive con amenazas a diario pese a que su maltratador viva a 570 kilómetros de Navarra.
Silvia y su familia dicen basta.

Un reportaje de Enrique Conde - Fotografía Iñaki Porto - Lunes, 5 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Silvia y su actual pareja, Karlos, el viernes en la Media Luna de Pamplona.

Silvia y su actual pareja, Karlos, el viernes en la Media Luna de Pamplona. (Iñaki Porto)

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Silvia y su actual pareja, Karlos, el viernes en la Media Luna de Pamplona.

“Mi vida ha sido una mierda. Me pegó, me violó y por él me quitaron a mis hijos. Me llamó 200 veces desde la cárcel y ha roto 12 pulseras”

Era ya entrada la madrugada y Silvia se acodaba con su chiquilla, de apenas tres años, en una cueva en el monte, cerca de Olot (Girona). Allí, ambas, tramaban un cuento y a cada renglón de la historia crecía su sensación de que estaban allí más seguras que en ninguna parte del mundo. Creaban esa ficción para agarrarse a ella como si fuera real. Silvia se convirtió así en una cuentacuentos entre tinieblas. Sin guión, cada noche tocaba improvisar. El caso era huir del lobo. De la ira y los colmillos de Moisés, un tipo maltratador, condenado luego a diez años de cárcel, bebedor y drogadicto, cuenta su expareja Silvia, que a los 17 años se marchó de Pamplona con él cuando terminó la mili. Una historia de amor loco de adolescentes que se resquebrajó en un mes. Lo recuerda Silvia con los ojos abiertos, sin perder la mirada de vigía, las manos inquietas y la expresión desencantada: “Es que mi vida ha sido una mierda. Ha sido así hasta hace ocho años que conocí a Karlos, recompuse mi familia y descubrí lo que era estar enamorada y sentir un beso”.

Esta es una de las historias de malos tratos más crueles que se recuerdan. Ocurre en Navarra y suele tener capítulos nuevos casi a semana. El maltratador condenado, la expareja de Silvia, que porta una pulsera electrónica para cumplir la orden de alejamiento impuesta por los tribunales, sigue haciendo la vida imposible aunque resida a 570 kilómetros, en Girona. La última vez, en Reyes, fue detenido en la estación de tren dispuesto a venir a matar a Silvia. Pero la vida imposible la hace desde hace años. Lo consiguió primero desde la cárcel a pesar de que estuvo en tres centros penitenciarios distintos. Allí se las arregló (pedía a otros presos que pusieran el teléfono de Silvia como si correspondiera a algún familiar o novia de esos presos y así él usaba las tarjetas de otros para llamarla) para telefonear a su ex hasta 200 veces. Hasta el director de uno de los centros pidió disculpas a Silvia. Claro, que si fue capaz de eso -que le hizo acumular condena con varios meses más de cárcel- pueden imaginar de todo lo que es capaz. Salió de prisión el 18 de diciembre de 2015 y lo primero que hizo fue pasarse 40 horas en paradero desconocido al inutilizar la pulsera. Para una persona como Silvia, que sufre continuas amenazas de muerte no se trata del mensaje más esperanzador, siquiera para poner un pie en la calle. Escarmentada de agresiones y palizas, con hábitos relacionales del todo insanos, Silvia ha aprendido durante dos décadas el oficio de superviviente. Mientras vivió con él trabajaba de día en una granja como comadrona porcina y por la noche como soldadora. Así sacaba adelante una familia, en la que el hombre encadenaba un vicio tras otro, ya fueran prostitutas, drogas, alcohol o golpes. Solo así, como superviviente neta, resistió. Por él la Generalitat le retiró incluso la custodia de sus dos hijos, cuando apenas eran una niña de Primaria y un niño de 3 años. La Generalitat determinó que Silvia no podía ejercer de madre porque era sumisa a su agresor. Ella, ahora con el tiempo, dice que no era capaz de salir de ese círculo porque sabía que si denunciaba, en casa le esperaba otra paliza. “Y me culpabilizaba. Lo dejas pasar hasta que sucede la siguiente. Pero en una de las ocasiones en las que me revienta la cara, cuando acudo al hospital, los médicos que me atienden denuncian el caso porque mi niña estaba conmigo. Entonces fue cuando me separaron de ellos y él ingresó en prisión. Me vine a Pamplona con mi madre y mi hermana. Y bajaba a ver a mis hijos durante cinco años una vez al mes a un punto de encuentro. Mientras tanto estaban con la familia de su padre, que siempre estuvieron de su parte. Pero al conocer aquí a Karlos todo cambió. Pude recuperar a mis hijos. Me dieron al niño con un bañador, un pantalón corto y un patinete. Esa imagen la tengo grabada, no se me olvida”. El trauma de sus hijos también fue traerles de regreso. “Les sacamos siendo unos niños de donde habían crecido y eso es un choque heavy. Pero al menos han sido felices. La chica tuvo sus problemas con compañeros de instituto. Eso de que la Policía esté todos los días en tu casa (ante las alertas de que el maltratador se ha alejado o roto una pulsera) se ve que no les hace mucha gracia a los vecinos, pese a que los hemos explicado. Por culpa de la amenaza nos hemos tenido que mudar varias veces de casa. Pero me quedo con que aquí les veo felices”.

AMENAZAS Y ALERTAS A DIARIOPese a que el padre hace todo lo posible porque eso no sea así. En la última llamada en enero que efectuó a Karlos y Silvia, cerrajeros de profesión, les encargó que le fabricaran una caja fuerte. Dijo que la quería para poder meter a toda una familia. “Y eso también es lo que da miedo”, cuenta Silvia, “porque los niños no tienen orden de alejamiento ni protección. Y al final tenemos que demostrar cada día que somos víctimas. No ya de él, somos víctimas de este puto sistema”, explica Karlos, un hombre que al menos no pierde el buen temple. Silvia añade: “Se trata de un maltrato a distancia. Es un acoso casi diario, en el que repite amenazas, te llama pese a que no puede hacerlo, se activan las alertas de la pulsera porque sabe cómo funciona. Es una obsesión y siento que nadie te hace caso. Que la Policía Foral puede venir a veces, o no, pero la sensación que me queda es que le quitan hierro. En Reyes le detuvieron en la estación de tren dispuesto a venir. Y lo va a hacer. Me va a matar. Y no soy otro caso más. Soy esclava de la pulsera, de un delincuente que hace el mal y de un sistema que te revictimiza y aunque rompa 12 dispositivos sigue tal cual, jugando. ¿Alguien puede ponerse en mi piel?”, pregunta.

En noviembre Moisés fue condenado en Pamplona a diez meses de prisión por quebrantar la prohibición de contactar con la víctima. Ahora ha recurrido. La agilidad de la Justicia no ayuda en estos casos. Y sigue libre. Nada le frena. De hecho, acumula más denuncias por sus últimas fechorías. Silvia agradece el buen hacer de su psicóloga que le ha ayudado a no tener miedo a estar, por ejemplo, de cara al público, pero dice que todavía le tiemblan las piernas si acude a un centro comercial. Ahora estaba tratando de que se le dotara de un nuevo recurso, un perro asistencial de protección para mujeres maltratadas, pero para dotarse de él necesita también un informe psicológico de que está capacitada para el manejo de dichos animales. Da la impresión de que Silvia recibe un bofetón con cada obstáculo burocrático. Con cada recurso judicial. Pero la que no duerme, la que porta la pulsera y a la que le suena el dispositivo cada dos por tres porque su maltratador se ha despegado del mismo, la que está amenazada, la agredida y víctima, esa es ella. Y los suyos. No lo olviden.