Política e imaginación

Por Nicolás Alba Rico - Miércoles, 7 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

La teoría de las inteligencias múltiples es un modelo propuesto por Howard Gardner en el que la inteligencia no es vista como algo unitario que agrupa diferentes capacidades específicas con distinto nivel de generalidad, sino como un conjunto de inteligencias múltiples, distintas e independientes. Gardner define la inteligencia como la “capacidad de resolver problemas o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas”.

Según Gardner, las diversas inteligencias rara vez operan de manera aislada, sino que se utilizan simultáneamente y tienden a complementarse unas a otras. La teoría de las inteligencias múltiples nos presenta una comprensión más amplia del ser humano y de las distintas formas que tiene para aprender y manifestar sus conocimientos intelectuales y sociales.

Gadner indaga sobre la índole del pensamiento artístico, pues considera que, al igual que la ciencia y la matemática, las artes implican formas complejas de pensamiento. Entiende la cognición como la capacidad para utilizar símbolos. En su ensayo Las cinco mentes del futuro enumera cinco diferentes tipos de mente: mente disciplinar, mente sintetizante, mente creativa, mente respetuosa y mente ética, capacidades cognitivas fundamentales que, según él, en los años venideros van a ser las más solicitadas. Al referirse a la tercera, la mente creativa, explica que el objetivo de la creatividad es extender el conocimiento y la comprensión en direcciones nuevas e imprevistas, y que la mente creativa se basa y alimenta de la incertidumbre y la sorpresa, del desequilibrio constante y del desafío constante y sin fin. Para progresar hace falta pensar fuera del marco preestablecido, y que lo que nos convierte en creativos es la voluntad de cuestionar la ortodoxia.

Cuando pienso en Gadner, en su concepto de la creatividad y sus inteligencias múltiples, inevitablemente traslado esta imagen a la de la realidad institucional, en muchos sentidos equivalente. Me represento, por ejemplo, la estructura de un ayuntamiento con su complejo organigrama en donde coexisten diferentes áreas orientadas a reflejar y satisfacer las necesidades de una sociedad;una estructura que se corresponde bastante bien con la de esas inteligencias múltiples en la medida en que las áreas o secciones de una institución municipal constituyen un todo complejo en el que cada parte necesita de las otras y está relacionado con todas las demás. Si nos tomáramos un poco mas en serio la creatividad en toda su extensión y fomentáramos la imaginación en el tratamiento institucional de esas diferentes áreas, a través de las artes y la cultura, creo que nos iría mucho mejor. Cuando Gadner habla de la mente creadora y de la necesidad de acceder a las demás inteligencias a través de la creatividad y la imaginación a fin de enriquecerlas y entenderlas, parece estar exigiendo que ese modelo se aplique a la gestión cotidiana de nuestra vida política en general.

En política, tal y como ocurre con la creatividad, nos movemos casi siempre en la incertidumbre, y es ese abismo del eventual fracaso el que reclama la creatividad como único posible motor de avance. Si realmente consideráramos esta dimensión y contáramos con esa herramienta cada vez que tomamos una u otra decisión o tratamos de alcanzar un objetivo mediante una medida práctica, no solo seríamos más eficaces sino también más claros y convincentes a la hora de hacer llegar el mensaje a la ciudadanía.

Nadie puede cuestionar que la imaginación debe aplicarse en todos los campos de la vida. Es, por tanto, una obviedad que cualquier programa electoral digno de ese nombre debe incluir la cultura y la sensibilidad artística y creativa no sólo como actividades a fomentar sino -si se quiere- como instrumentos de gobierno. En mi condición de artista plástico no puedo evitar cuestionar todos los marcos preestablecidos, y ello por mera necesidad, pues mi propio trabajo, casi por razones de supervivencia, me lleva inevitablemente a buscar nuevas estrategias, todas ellas sustentadas por la necesidad de superación y el convencimiento de que la realidad puede ser menos dolorosa. Pues bien, esto mismo habría que conseguir cuando hacemos política y nos planteamos una estrategia de intervención en favor de la ciudadanía. A partir de la propia incertidumbre y de la necesidad, por tanto, de hallar una solución y alcanzar unos objetivos concretos, se impone, casi como imperativo, una ampliación de la mirada y una mayor riqueza de recursos mentales, cognitivos y creativos como herramientas para la acción política y de gobierno.

Es verdad que el proceso creativo nos lleva a veces de un fracaso a otro hasta dar con la dirección adecuada. El uso del manejo de la incertidumbre es una de las propiedades más destacadas del mánager del futuro. Churchill decía que “el éxito es la capacidad de ir de un fracaso a otro sin perder entusiasmo”.

Nuestro crecimiento personal y enriquecimiento pasa no solo por la reivindicación explícita en nuestros discursos (algo que no se hace) de la creatividad y la imaginación, sino la voluntad de aplicar estos principios. Por poner un ejemplo, no es lo mismo nombrar a un jardinero como director de jardines de un ayuntamiento a una persona que es sólo jardinero, que encargar de ese cometido a alguien que, además, tiene una visión más amplia y rica y es capaz de hacer jardines temáticos, como es el caso del parque de los Sentidos, como no sería lo mismo si se ocupara de urbanismo un creativo capaz de construir espacios diferentes, buscando una relación entre los elementos urbanos, de manera que contaran un relato y crearan conciencia. Lo mismo vale para movilidad, seguridad ciudadana, participación, igualdad, etcétera.

El hecho de buscar estímulos sencillos basándose en la imaginación contribuye, sobre todo, a que podamos ser un poco más felices. Como dice John Berguer: “Puedo decir que no creo que el arte pueda cambiar la sociedad. Sin embargo, creo que muy a menudo lo que el arte ofrece a la gente es esperanza. Y cuando las personas tienen esperanza surge en ellas el coraje necesario para resistir y para luchar por una vida mejor. O por una vida menos mala, o para luchar contra la injusticia, o para ser solidarios unos con otros en lugar de masacrarse. Todos estos impulsos que florecen en las personas transforman la esperanza en fuerza. Y creo que el arte es una de las fuentes de esperanza”.

Tengo la impresión de que muchas veces lo que ocurre es que no hay voluntad. Hay miedo. La voluntad no basta porque a veces esa voluntad se ve truncada y obedece a intereses partidistas, y las áreas -que en muchas ocasiones no las llevan los mismos partidos- se solapan entre ellas para competir electoralmente de manera que unos y otros pierden la oportunidad del servicio público para alimentar rutinas de mediocridad que, lejos de representar los verdaderos intereses de la ciudadanía, sirven únicamente a la reproducción de los cargos.

Arnheim concibe las artes como los medios privilegiados para proporcionar estímulos sensitivos, las considera materias centrales para el desarrollo de las sensibilidades, y demuestra que la percepción misma es un hecho cognitivo basado en la creación de imágenes -no importa el medio, visual, auditivo, verbal, etcétera- y necesitado, por eso mismo, de un ejercicio permanente de invención e imaginación. Arnheim concibe los sentidos como la base sobre la que se construye la vida cognitiva, y las artes como los medios idóneos para enriquecer las experiencias sensitivas.

Hacer entender que el arte es una herramienta básica indispensable como estímulo social e imaginativo que debe fecundar cada una de las áreas de una política que quiera llegar realmente a la gente es fundamental. Por desgracia, no está en las agendas de ningún gobierno, porque la cultura es el eterno olvidado, y ello incluso en tiempos de bonanza. El arte es el puente que une nuestra conciencia con lo que nos rodea. Pero quizás lo único que pasa es que no nos interesa, hacer pensar, provocar…Es muy triste y finalmente fatigosa esta necesidad de justificar una y otra vez la presencia del arte en nuestra vida cotidiana como medio irreemplazable de crecimiento personal, en la escuela, en la calle y en todos los otros espacios. Eso nos habla tristemente de la gran fragilidad de las disciplinas artísticas, no solo en la escuela sino en la sociedad en general.

Aldo Pellegrini decía que “el arte debe poner sus instrumentos al servicio de la sociedad para que el mensaje al alcance del pueblo tenga la mayor claridad revolucionaria”. Explicitud referencial y eficacia pedagógica son los criterios del didactismo revolucionario que le permitirá al artista sacudir la conciencia crítica de la sociedad, empujando el arte y la realidad hacia una utopía de cambio social acompasada con la política.

Si os parece, podemos empezar por nuestra ciudad e intentar crear… la ciudad del arte, de la cultura y la imaginación. ¿Y por qué no llamar a la nueva concejalía de cultura Cultura e imaginación? No olvidemos que, según Einstein, “el verdadero signo de la inteligencia no es el conocimiento, sino la imaginación”.

El autor es artista plástico-escenógrafo