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EL PSN denuncia actos vandálicos en su sede de Estella. La abuela Leandra

por Javier Lana - Sábado, 10 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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Algunas tardes me quedó un rato contemplando la foto. Es una foto antigua. La imagen dibuja un hombre y una mujer, todavía jóvenes. Sonríen. Una sonrisa ancha en el rostro. Se me antoja que son felices. Él, con ese traje elegante de paseo y de eterna tertulia, unos ojos abiertos dispuestos al guiño cómplice. Ella con sus mejillas con un ligero tinte rojo. Mujer con rasgos hermosos. Son mis abuelos. Feliciano y Leandra. Él, sentado en una silla de estilo provenzal. Ella, de pie, con el brazo sobre el hombro de Feliciano. Al fondo, detrás de ellos un decorado de papel con un paisaje que recuerda un bosque o tal vez una selva. Es una foto de recién casados. Están en Argentina . Saliquelot. No hace muchas fechas que desembarcaron de aquel barco que parecía que estaba predestinado a no llegar nunca a puerto alguno. Mis abuelos se casaron un 25 de mayo, Leandra era nacida en Abárzuza y el tío que les acompañó en la ceremonia les recordó que ese día las campanas de la basílica del Puy tañerían en su honor y que la Virgen del Puy les aportaría salud, suerte y felicidad y los hijos que diera el cielo.

Cuando era niño solía ir a visitar al abuelo Feliciano. Vivía en una casita con una gran huerta en un lugar al que se accedía desde la calle del Puy o del Pilar. Muchas veces cuando la primavera transportaba los primeros rayos de sol creando un ambiente de sabores fragantes y cálidos, encontraba al abuelo sentado en su hamaca leyendo un libro o la gaceta. Me pedía que le calentara un poco de leche y que le echara unas cucharadas de miel. Luego entre sorbo y sorbo me contaba sus días argentinos y una nube de tristeza se anudaba en su garganta cuando recordaba a Leandra. Feliciano perdíó a su mujer pocos años mas tarde de su vuelta de América. No fue la suerte la que acompañó en sus duros años de trabajo. La humedad de aquellas tierras calaron tan hondo que le rompieron la salud y la vuelta a la península no se hizo esperar.

Argentina para mi era lo que en sus historias relataba el abuelo. Grandes praderas y caballos trotando alegremente.

Una tarde, cuando el otoño ya empezaba a revolotear las hojas en lo árboles con ánimo de arrancarlas, fui a visitarlo. Ya se sentía viejo y cansado de vivir pero mi llegada le animo un poco. Me pidió que trajera de su mesilla el retrato. Y me habló de Leandra. Me contó que en el parto de mi padre Antonio, allá por los años 20 Leandra se portó como solo se puede portar una mujer. El hijo venía mal y Feliciano ya pensaba en coger el pico y la pala para darles sepultura. Era tanta la hemorragia. Pero el parto al final se resolvió con buenos resultados. El hijo nació sano y aunque Leandra guardó cama unas cuantas semanas pronto se incorporó a la rutina diaria. Aquella tarde Feliciano no paró de hablar de Leandra. ¡Era tan grande aquella mujer!, me decía envuelto en la emoción. El abuelo además tenía un pequeño secreto. Un secreto que acabó confesándome. Si algo tenía la abuela Leandra eran dotes para bailar. Aprendió mirando. De chica, en el pueblo, en las fiestas de Abárzuza y algunas tardes de invierno acudía acompañando a su padre al Circulo Dinástico que se encontraba en la plaza de los Fueros de Estella. Qué de polcas, mazurcas y qué de valses.!

En las vastas extensiones de aquella Argentina que les tocó vivir, no había tiempo para la diversión. Todo era trabajar y trabajar. Pero la abuela Leandra primero a regañadientes de Feliciano y luego ya un poco mas animado, le cogía del brazo y le enseñaba a moverse a ritmo de tango o pasodoble. Fueron ratos largos de aprendizaje y aunque Feliciano era torpe, logró al final acompañar a la abuela con cierta dignidad en aquellas emocionantes tardes de danza.

Feliciano me pidió que abriera un armario que había en su dormitorio y que cogiera una caja de madera. Nunca había visto aquel cajón y me sorprendí cuando lo abrí. Era una especie de tocadiscos con un brazo curvado y un altavoz en forma de flor abierta. “Es una gramola”, me dijo. Al lado del cajón había unos estuches y me pidió que abriera uno de ellos. Se lo acerqué . Era para mi todo tan extraño. Colocó uno de los discos que eran grandes y de pizarra, y le dio cuerda . Empezó a sonar un tango, un tango argentino que nos llevo al otro lado del mar y que nos hizo soñar.

las claves

sucesos. El PSN ha hecho públicos los daños que sufrió su sede en Estella durante el pasado fin de semana. Tras aparecer la puerta y las paredes manchadas y también bolsas con desperdicios, desde la Agrupación Socialista de Estella quisieron lamentar estos hechos. “En una sociedad civilizada no deben tener cabida estas actitudes y acciones contra quien no piensa igual, debemos ser capaces, como sociedad, de respetarnos los unos a otros, y desde la diversidad avanzar juntos hacia una sociedad y ciudad mejor”, señalaron.Foto: d.n.

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