El rincón del paseante

De colegios, cuevas y murallas

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 11 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Hola personas, otro domingo presente en vuestro ejemplar para contaros el paseo de esta semana.

Fue el miércoles a la noche, salí de casa pertrechado de gorro, braga, guantes y bastón, el único grado Celsius que campeaba en la calle así lo aconsejaba.

Dirigí mis pasos hacia la avenida de Galicia y enseguida llegué a la tapia del que fue mi colegio, los Maristas, los recuerdos se me agolpan en el magín. En él estuve de los 6 a los 13 años y nunca tomé cariño al colegio, ni a los curas, ni a lo que me pretendían enseñar, ni a hacer gimnasia en el Ruiz de Alda, ni a reírle las gracias al profe de FEN, Formación del Espíritu Nacional, asignatura que, según creo, ha vuelto a instalarse en algunas autonomías, desde otras tendencias, pero, en esencia, lo mismo, ni jugar en el patio, ni nada de nada, nada me gustó del cole. Al terminar 3º de Bachiller con 13 añitos me hicieron el mayor favor que me podían hacer: expulsarme. ¡Qué liberación!, mis padres jamás me hubiesen sacado de ese centro por mi voluntad. Quien haya estudiado allí recordará a los hermanos Felipe, Arnaiz, Tudanca, Félix, Zabaleta, Ramón, Melanio, etc, etc. Eran buena gente, pero su pedagogía dejaba mucho que desear. Yo he sido siempre un curioso patológico y ellos jamás consiguieron, ni intentaron, despertar mi curiosidad por nada. Solo tengo un recuerdo, una chasca robada. Preguntad a un exmarista que es una chasca.

Llegué a la plaza de los Fueros y la atravesé diametralmente para salir a la vuelta del Castillo. Me gusta como está resuelta esta parte de la ciudad, han conseguido comulgar dos zonas urbanas que antes eran dos vecinos desconocidos, la avenida de Zaragoza tenía a la derecha casas, ciudad, vecinos, vida y a la izquierda La Misericordia asilo, orfanato, a un lado, cuarteles, tapias y secretismo al otro. Entre la Meca y las murallas estaba la Vuelta del Castillo que yo disfruté, una tierra inhóspita llena de lugares secretos, de terraplenes, de muros con entradas que asemejaban cuevas. Recuerdo una que llamábamos la cueva del diablo, te sentías Tom Sawyer entrando en la cueva del indio, daba cague. Había un gran charco de agua estancada, lleno de zapateros, mosquitos, sapos, ranas y batracios varios con una vieja barca pintada de azul, rota, podrida, y varada en el centro de aquello que llamábamos lago, aquella visión nos llevaba a conjeturar todo tipo de historias y fantasías. No era para menos. Al abrigo de los fosos me fumé mi primer cigarro.

Lo que vi la otra noche no tenía nada que ver, es otra cosa. La Vuelta del Castillo que tenemos ahora es un lujo que muchas ciudades quisieran para sí, es un vicio pasear por debajo de sus árboles protectores, escuchando el silencio, respirando frío, acompañado de principio a fin por el laberinto de paredes enormes con sillares enormes que Giacomo Palearo El Fratín construyó para que Felipe II se pudiese defender, no de los extranjeros, como él decía, sino de los pamploneses que aun tenían abierta la herida de la conquista y añoraban su rey navarro. Dado el carácter de los habitantes de estas tierras un levantamiento contra la corona no hubiese sido de extrañar. A la altura del puente que lleva a la puerta del Socorro ha empezado a nevar, qué espectáculo, qué silencio, qué imagen y... qué barato, ¡oiga! . Señores : ¡qué lujo!

La nieve empezaba a arreciar, el frío era tremendo y he acelerado el paso, solo me he detenido a ver el agujero que dejó el pobre árbol que cayó el otro día y que por suerte no pasó casi nada. He tomado de nuevo el paso ligero para empatizar con la avenida del Ejercito y… un, dos, un, dos, un, dos… pa’mi queli que indira baroji.

0o, nieve, viento, la 1 y 10 minutos.

Hasta el domingo que viene, os deseo que tengáis una semana de no creérosla de lo rebuena que os va a salir.

Besos pa’tos.