Música

Un sonido para cada autor

Por Teobaldos - Jueves, 15 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo

Orfeón Pamplonés (Igor Ijurra, director). Yulia Matochkina, mezzosoprano. Programa: Alexander Nevsky de Prokofiev. Quinta sinfonía de Mahler. Programación: Fundación Baluarte. Lugar: sala principal. Fecha: 12 de febrero de 2018. Público: lleno (50, 35, 23 euros, con rebajas).

Por encima de la calidad interpretativa, de la afinación, de la respuesta a los matices, a las indicaciones del director y obediencia disciplinada a su gesto, por encima de la maleabilidad y ductilidad de un gran instrumento como es la orquesta, sabemos que estamos ante un conjunto de primera división, sobre todo, porque es capaz de crear un sonido propio para el compositor que abordan. En el denso y exhausto programa presentado por Gergiev, el sonido de la primera parte, con la inconmensurable tímbrica áspera, inventada para este Prokofiev de guerra y exaltación patriótica, nada tiene que ver con el sonido de la segunda, a veces exaltado también, de extremados contrastes, con metales encendidos, como saliendo de la fragua, o remansos oceánicos, pero absolutamente mahleriano. Ya las cuchilladas en los violines, con las que comienza el Alexander Nevsky, nos encogen el alma. A partir de ahí escucharemos metales broncos -en el Peregrinus-, contrabajos un tanto resquebrajados -batalla sobre hielo-, todo tipo de percusión alusiva a las armas, etcétera, pero también, soberbias demostraciones de los metales en pianísimo, o envolvente acompañamiento a la solista. Gergiev aborda la cantata con un tempo más bien ligero, -(mejor para el Peregrinus, asesino de rusos y coros)-, con una demostración magistral de la dinámica (intensidad) de este tipo de música, que, evidentemente domina. Lo cual no evitó, por otra parte, algún pequeño despiste en la agógica (duración del compás), precisamente en el Peregrinus. Pero siempre cuidó que no se tapara al coro. El Orfeón respondió muy bien a la enorme sonoridad de la cantata: los tenores aguantaron bien el calderón del comienzo -y todo el coro el último-;los bajos estuvieron muy presentes siempre, con empaste redondeado, dentro de la tradición del sonido grave ruso;las mujeres, sueltas y pizpiretas en su parte. Extraordinaria, vocalmente, la mezzo -que para nosotros sería contralto-, Y. Matochkina: con voz potente, de color oscuro, como corresponde a su narración, pero sin engolamientos ni vibrato, ampliamente acogedora del emocionante texto -(que, por esas casualidades de la vida, se hacía muy presente por el accidente del avión entre la nieve)-.

La agotadora -para los intérpretes, pero también para el público- Quinta sinfonía de Mahler fue una de esas experiencias de inmersión en ese otro sonido que el oyente recibe como un torbellino, y que sólo en determinados pasajes controla. Hay que dejarse arrastrar;porque Gergiev, hace una versión con tempos muy propios -algunos lentos en el primer movimiento-, y un rubato espectacular, siempre manteniendo la tensión. Impresiona el poderío de la cuerda: así los metales pueden salir lo que quieran;se distingue el color de chelos y violas;las fugas finales son rotundas y claras. Y en el ir y venir del adagietto se hubiera quedado a vivir todo el auditorio. Ovación de gala. Con propina (Lohengrin). Por favor, la próxima visita de Gergiev que sea con un Wagner.