Nada nuevo

Peio Ojeda Telletxea - Domingo, 18 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Conforme uno va teniendo una edad, hay cosas que le dejan de sorprender. Que se ponga a llover en San Fermín, que suban los impuestos o que se descubra un nuevo caso de corrupción son circunstancias con las que uno debería contar, por muy desagradables que sean. Y lo digo yo que tengo 20 años y no soy el más listo, aunque tampoco el más tonto. El caso es que un atentado como el cometido en Florida creo que no debería pillarnos por sorpresa por mucho odio que se diera en un día habitualmente reservado al amor. Nadie duda del horror y de la tragedia que tan injustamente se ha cometido, pero existen precedentes y a mi parecer, las condiciones tampoco son muy adversas para que suceda una tragedia semejante.

Los crímenes relacionados con las armas en EEUU son innumerables. No voy a mencionar estadísticas, solo decir que es un país que cuenta con más de 300 millones de habitantes y que su Constitución permite tener y portar armas a la ciudadanía. Basta con tener una sola persona con un mal día para que se produzca el horror. Sin embargo, pensar que todos los yanquis llevan una Magnum en su cinturón, tienen una Windsor junto a la cama y una AK-47 en el garaje sería caer en el dichoso estereotipo en el que están tristemente destinados a caer por atentados como el de Florida.

Yo he tenido la suerte de vivir un tiempo (aunque corto) en Estados Unidos, en ambientes y lugares muy distintos. Hay quien adora las armas, quien las ve como un pequeño pasatiempo y también quien las aborrece. Lo único que he encontrado en común es el respeto que les tienen. Respeto en el sentido de que no son ninguna chorrada y que son herramientas que requieren mucha responsabilidad a la hora de ser manejadas, entre otras cosas por las tragedias que pueden provocar. Esto se traduce en una educación más que estricta en lo referente a armas, aunque sería igual de ingenuo pensar que todos lo hacen.

Ahora bien, no quiero criticar la gestión de un país contra el que nada tengo, ni tampoco voy a proponer soluciones que a nadie se le hayan ocurrido antes. Pero sería preciso recordar que más cerca que lejos nosotros también tenemos nuestras tragedias y nuestros estereotipos, y que por la misma razón que todos los americanos no son pistoleros, no todos los que pertenecen a un pueblo merecen que se les atribuya los crímenes de sus menos ilustres ciudadanos.

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