De la pena al compromiso

Por Javier Otazu Ojer - Domingo, 18 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Sin duda, en el mundo existen muchas cosas que funcionan mal. La justicia es una de ellas: casos de corrupción como los de la Gürtel o los ERE de Andalucía nos recuerdan su lentitud, y lo que es más preocupante, la sensación de que si eres rico y tienes influencias las cosas cambian. Nadie como Jordi Pujol representa mejor este patrón. Y es que es muy duro asumir que el mundo es injusto de la misma forma que la tierra es redonda. Por esa razón pocas de las películas que vemos terminan mal: ¿quién recuerda algún caso en el que el malo gana un juicio?

Por desgracia, una cosa es la realidad y otra la ficción. En la primera suelen ganar los malos, en la segunda los buenos. ¿Por qué? Muy sencillo. El malo está dispuesto a jugar sucio o a hacer trampas, y eso supone jugar con ventaja. Son las cosas de la vida: es como es, no como nos gustaría que fuera.

Así, podemos sentir pena por muchas cosas. Por el hambre en el mundo, por las guerras, los refugiados (que parecen olvidados), por la derrota de nuestro equipo, por el cambio climático o porque nos hemos ido de vacaciones y ha hecho mal tiempo. En unos casos poco podemos hacer: nuestro equipo intenta ganar pero su rival también. Unas veces se gana, otras se pierde. Respecto del clima, lo mismo. Aunque ya existen empresas que garantizan buen tiempo el día de tu boda por el módico precio de 100.000 dólares, la seguridad completa no existe.

Sin embargo, es posible que podamos hacer más ante cosas que nos dan pena o nos preocupan. Pero tenemos un enemigo: la comodidad. Y muchas veces el compromiso termina cuando afecta a nuestro bienestar, sea en tiempo o en dinero. Sí, no podemos acabar con los problemas del mundo. Pero podemos hacer pequeñas cosas. Por ejemplo, pequeñas aportaciones a ONG. Por desgracia, el escándalo de Oxfam en Haití, donde se ha demostrado que se usó parte del dinero para obtener favores sexuales, nos puede hacer dudar de su efectividad.

No obstante, lo más preocupante de este asunto es que nadie dijo nada. Es difícil de creer que sucesos de esta categoría no sean advertidos por personas de buena fe. Lo mismo se puede decir de los casos de acoso sexual que comenzaron con el productor norteamericano Harvey Weinstein, que se ha llevado por delante a muchas personas más, como Kevin Spacey, o han hecho dudar de la honorabilidad de artistas como Woody Allen. Ahora bien, ¿cómo es posible? Está claro;de nuevo, el compromiso termina cuando afecta a la comodidad. Es mejor mirar hacia otro lado si todos lo hacen. Así nos ahorramos problemas. Y lo peor: el sistema en el que vivimos nos anima a actuar así. Denunciantes de casos de corrupción en nuestro país han terminado acosados por los medios o incluso despedidos de su trabajo. Primera y última regla del comportamiento humano: las personas respondemos a incentivos.

Por esta regla de la comodidad se ha puesto de moda el activismo de ratón de ordenadoro el activismo de lazo. Artistas o millonarios se vuelcan con una causa noble. Se van a la Antártida o a un poblado del África Tropical, se sacan una foto y vuelta para casa. Es muy bonito defender así una causa que nos parece justa. Pero como dice Naomí Klein en su últimobest seller, Decir No ya no es suficiente. Entonces, ¿qué hacer? Pequeños cambios de comportamiento en forma de compras, inversiones y uso del tiempo.

Existen futbolistas como Juan Mata que hacen una campaña para que compañeros de profesión donen el 1% de su salario para causas nobles y le apoyan cuatro gatos. ¿Cómo se explica? ¿Es tan sólo comodidad? No. La distancia importa. Y muchos multimillonarios no ven la miseria de nuestro mundo. Si vemos un ejemplo concreto de un niño que tiene una enfermedad rara muchas personas están dispuestas a ayudarla. Algunos empresarios han perdido mucho dinero por mantener a trabajadores que no generaban su salario. Tenían relación personal con ellos. En sentido contrario, ejecutivos de grandes empresas echan a trabajadores como si fueran números pero son más remisos a hacer lo mismo con personas que conocen.

Para comprender esta idea, basta un ejemplo. Si vamos a trabajar y encontramos una persona que se está ahogando y hacemos lo posible por salvarla, nadie nos va a echar la culpa por llegar tarde. Por otro lado, recientemente se han ahogado decenas de personas que no estaban intentando llegar a España y la incidencia en los medios ha sido mínima.

Es así. Hay dos razones por las que no tomamos decisiones que puedan mejorar a nosotros mismos, a los demás y al mundo que nos rodea. Una, que dicha decisión afecte a nuestra comodidad económica o temporal. Dos, que no veamos el efecto que genera. Es decir, la distancia.

El autor es profesor de Economía de la UNED de Tudela