Noticias de NavarraDiario de Noticias de Navarra. Noticias de última hora locales, nacionales, e internacionales.

Saltar al Contenido

Períodico de Diario de Noticias de Navarra
Republicanismo

La laboralización del hecho representativo

Por Santiago Cervera - Domingo, 18 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Galería Noticia

que un diputado ha de asistir a la sesiones y votar los puntos del orden del día es algo que nadie puede discutir. Una mínima obligación. Aunque parezca mentira, hasta hace exactamente seis años no era posible conocer qué había votado cada uno de ellos en cada punto. Entonces, quien suscribe propuso a la Mesa adoptar un modelo que ya existía en otros parlamentos consistente en algo tan sencillo como traspasar a la página web los resultados que aparecían en el panel luminoso de las votaciones. Facilitar públicamente esta información permitía conocer nominalmente qué se decidía, y se podía utilizar también para valorar estadísticamente los niveles de coincidencia en el voto entre los diferentes partidos. Los del Abc han echado unas pocas horas estrujando esa base de datos -creerán que es periodismo de investigación- y han contado quiénes son los diputados que más han faltado a las votaciones. El navarro Iñigo Alli, que no era siquiera el primero en ranking, ha salido el peor parado. A otros les ha resultado más cómodo decir, poco más o menos, que aunque son diputados y cobran por ello, el Congreso se la suda.

Juzgar si un diputado cumple con sus obligaciones por el mero hecho de votar es no entender en qué consisten sus responsabilidades

En la base de este asunto subyace una cuestión un tanto mezquina. Juzgar si un diputado cumple con sus obligaciones por el mero hecho de si está presente en las votaciones es entender muy escasamente en qué consisten sus responsabilidades. Al diputado se le otorga con su elección el carácter de representante del los ciudadanos, y su ejercicio -ergo, su trabajo- abarca las veinticuatro horas de su día. La prueba es que si a uno de ellos se le pillara conduciendo borracho -ha ocurrido algunas veces-, el reproche es público y las consecuencias políticas. No le valdría apelar a que estaba fuera de sus horas laborales, fuera del tiempo de la sesión plenaria. A un diputado le pueden pedir explicaciones de lo que piensa o no piensa en cualquier momento, igual que a un Consejero de Salud se le puede interpelar por la tardanza en una prueba la tarde de un sábado mientras hace la compra -doy fe-, o a un concejal asaltarle con una cuita ciudadana el domingo a la hora del vermú. Esa es la raíz, la encomienda y la grandeza, de la función representativa. Querer hacer de ella sólo una responsabilidad de tipo cuasi laboral, reducirla al tiempo que se pasa en el hemiciclo como si existiera la obligación de fichar a la entrada, es de una ruindad conceptual que sólo conduce a depauperar lo que a un político cabe exigir. Lo mismo aplica para el caso de aquellas dietas cobradas como concejala por la hoy presidenta Barkos, que algunos quisieron enjuiciar en el tamiz de su agenda. Todos los que hemos pasado por el Ayuntamiento de Pamplona hemos sabido siempre, porque así se nos ha explicado, que el sistema de dietas retribuye el ejercicio de una función que no entiende de horarios ni programaciones, que se ejerce a cada minuto, y que se paga con arreglo a un modelo transparente y equitativo como el que más.

Sin duda son las cúpulas de los grandes partidos las más interesadas en hacer de la labor del representante una función asimilada a la dedicación laboral. De esa manera siempre seguirán teniendo el mando de las decisiones, pastoreando la mesnada con sólo controlar su nómina. En esos mismos días en los que el escaño de Alli estaba vacío cuando se llamó a votar, lo verdaderamente trágico no era el absentismo delatado por el panel sino la abrumadora mayoría de los que apretaron botón sin leer una letra de los acuerdos que se sometían a su decisión. Así funcionan las cosas: si eres diputado votas lo que te dice el portavoz que hay que votar, y en el caso del partido gobernante lo que cada ministerio considera pertinente, en decisión tomada incluso fuera de la Cámara. A esta estructura de poder, tan opuesta a la figura del representante como depositario de su fracción de responsabilidad y soberanía, le resultaría deletérea la posibilidad de que cada uno de esos 350 pudiera votar según criterio personal, algo tan común en las democracias sajonas. Palo al que no aprieta botón, indulgencia plena al que lo hace a ciegas. Estoy seguro de que esto cambiará más pronto que tarde. Los partidos ya han dejado de ser estructuras de intermediación política confiables. Es cuestión de tiempo que se derrumbe esa deletérea manera de entender la función del representante como si se tratara de un empleado público.

Últimas Noticias Multimedia