Cédric Kahn documenta una exquisita redención en una Berlinale muy europea

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Gemma Casadevall Hayoung Jeon - Lunes, 19 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El actor francés Anthony Bajon (izquierda) y el director francés Cédric Kahn, ayer en la Berlinale.

El actor francés Anthony Bajon (izquierda) y el director francés Cédric Kahn, ayer en la Berlinale.

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El actor francés Anthony Bajon (izquierda) y el director francés Cédric Kahn, ayer en la Berlinale.

berlín- El director francés Cédric Kahn impresionó ayer en la Berlinale con La Prière, una película que recorre casi como un documental el paso de la adicción a la droga al del rezo, en una jornada estrictamente europea, donde la italiana Figlia Mia y la sueca The Real State completaron la sección a concurso.

“Es la redención de una dependencia tóxica a través de una adicción más trascendente: la de la oración, la disciplina, la humildad, el rigor religioso”, explicó el realizador sobre su filme, que gira en torno a un joven que busca escapar de la droga en una comunidad católica de los Alpes franceses. Ahí coinciden jóvenes de distintas procedencias, estamentos sociales y religiones, inclusive los que creen no tener fe ninguna pero que acuden a ese remoto lugar perdido en las montañas como última esperanza para romper el círculo de la adicción. Uno de esos jóvenes, Thomas -Anthony Bajon-, es la figura central de Kahn, quien recorre sus recaídas, dudas, tentaciones y rezos, bajo la tutela de riguroso sacerdote -Alex Brendemühl- y de una monja sabia -Hanna Schygulla- a la que no se engaña con mentiras piadosas. Bajon es la auténtica revelación de la película, mientras que el hispano-alemán Brendemühl tuvo ocasión de reafirmar su versatilidad. Schygulla interpreta uno de los pocos personajes femeninos junto con la tentadora muchacha del pueblo vecino, Sybille, Louise Grinberg. Curiosamente serán esas dos mujeres en medio del colectivo de hombres las que demostrarán a Thomas quién es en realidad. Kahn plasma todo el camino de renuncias y superación personal de Thomas en ese colectivo religioso que a ratos adopta perfiles de secta. Es un lugar orquestado para salvar al pecador, pero que tarde o temprano habrá que abandonar, con todos sus riesgos.

La segunda película a competición fue la italiana Figlia Mia, de Laura Vispuri. Un intenso drama entre dos madres, la biológica y que durante diez años crió a Vittoria, una niña que no precisará explicaciones adultas para entender de pronto que procede de la mujer que ofrece servicios sexuales en cualquier rincón o se arrastra en el bar para que le inviten a la siguiente copa. Vispuri retrata la transformación de esos tres personajes femeninos -la abnegada madre de adopción Valeria Golino, la alcoholizada Alba Rohrwacher y la niña Sara Casu-, que intercambian sus papeles en medio de un desgarro creciente y del descubrimiento de identidades.

Completó la competiciónThe Real State, filme dirigido por Axel Peterson y Mans Mansson, sobre una rompedora mujer de unos 70 años que quiere vender un edificio de viviendas heredado. Es una anciana que practica el sexo como una disciplina parecida al fitness que le ayuda a mantenerse su esbeltez radical, a la que no le importa dejar en la calle a familias desestructuradas, inmigrantes u otros inquilinos marcados por la precariedad.

También ayer, la realizadora española Diana Toucedo estrenó en la Berlinale su ópera prima,Trinta Lumes(Treinta fuegos), un relato entre el documental y la ficción que transcurre en una aldea de Galicia donde “la vida no se acaba, sino que se transforma en otra cosa”, explica a Efe. Una historia en la que la frontera entre los vivos y los muertos queda difuminada como algo propio de la idiosincrasia del lugar.