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20 años de obras en el alambre

actuar en la presa es un jeroglífico por la complicada geología del terreno que se ha movido históricamente en su corona en cuanto era descalzada por excavaciones.

Un reportaje de Enrique Conde
Fotografía Patxi Cascante

Lunes, 19 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Vista general del embalse y una de sus laderas con todas las zonas que se están acondicionando a su alrededor.

Vista general del embalse y una de sus laderas con todas las zonas que se están acondicionando a su alrededor.

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Vista general del embalse y una de sus laderas con todas las zonas que se están acondicionando a su alrededor.

La hoja de antecedentes que a lo largo del tiempo ha generado la naturaleza en el embalse de Yesa da para un serial. De forma resumida, tal y como expusieron los técnicos del Gobierno de Navarra al acudir al Parlamento con un informe en el que justificaban la perentoria necesidad de que se realice un estudio por expertos independientes sobre la seguridad de Yesa, ese revólver da para unas cuantas muescas. La geología de la zona, plagada de margas y flysch, la sismicidad del lugar (la aceleración sísmica a tener en cuenta es discrepante), la influencia de las lluvias en el terreno y las escorrentías, así como la repercusión en los movimientos de las propias obras ejecutadas por la CHE convierten en un jeroglífico el recrecimiento de la presa.

Los técnicos de Navarra reclaman a la CHE un dato crucial: el factor de seguridad. Pero esto no se ofrece hasta que no se acaben las obras

En el embalse se han movido ambas laderas de forma indistinta y eso hace que la incertidumbre reine sobre

Entre los paleodeslizamientos ocurridos en la zona, uno de los más relevantes fue el de la Refaya, que movió 14 hm3 de terreno y que, aunque está fosilizado, según los especialistas podría reactivarse. Además, en 1930, parte de la ladera de Yesa ya se cayó a la altura de uno de los estribos que se estaba excavando, un comportamiento que se repite con el tiempo. En 1957 volvió a ocurrir algo parecido cuando la ladera se observó de nuevo inestable en una excavación para aliviaderos, mientras que en 1960, con la presa ya en explotación, se reactivó el deslizamiento anterior por el desembalse. Para corregirlo se movieron 60.000 metros cúbicos de tierra y se retranqueó la carretera hacia el norte. En 1964 volvió a a haber una sacudida, otra activación por fuertes lluvias que hizo que se moviera la tierra ya deslizada en 1930 y 1960. Fue en el 2003 cuando empezaron a aparecer unas grandes grietas por excavaciones en la ladera izquierda y al año siguiente se produjo un acontecimiento similar en la otra ladera, debido al descalce parcial que se hizo para construir un vial. Recordó todo aquello a la zona de 1930 y 1964, que se agitó otra vez y aparecieron además filtraciones. Entre los últimos movimientos más relevantes, en 2006 se produjo el deslizamiento de Monte Mélida, en la ladera izquierda (la opuesta a las urbanizaciones) por la ejecución de un vertedero adonde se arrojaban los escombros que se retiraban de la montaña. Se reactivó en 2007 y en 2008 se dio de nuevo otro movimiento por las lluvias que afectaron a un talud, que había sido excavado para permitir el acceso de la maquinaria. En lo más reciente, ya saben, en 2013 hubo tal movimiento en la ladera derecha que obligó a desalojar a 105 familias y, al año siguiente, en plenas obras de emergencias, surgieron de nuevo grietas.

Los técnicos del Gobierno de Navarra tienen claro que el movimiento en los taludes está repleto de incertidumbres, igual que el comportamiento del embalse una vez recrecido. Por ello, vienen exigiendo desde hace tiempo a la CHE un dato que resulta crucial para la obra, el factor de seguridad, un coeficiente que la Confederación no se atreve a dar tras las obras de emergencias y sin el que no se puede calcular la estabilidad. Dicen que lo darán al acabar la obra.