De profundis

Por Arantzazu Ametzaga Iribarren - Miércoles, 21 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

En este solsticio de invierno, próxima al dolmen de Balankaleku que me trasmite eternidad, en la víspera de Santa Águeda, escucho las makilas que golpean la tierra, queriéndola despertar de su letargo, y me llega la hermosa canción entonada por voces graves, en un euskera viril: “…Venimos a saludar,/de puerta en puerta como vieja costumbre/con intención de renovarla este año./No somos muy ricos en dinero,/ni en zapatos./Pero estamos con la garganta sana/ y queremos cantar con ganas./Es la víspera de Santa Águeda/ día del País Vasco…”.

Siento acompasado el corazón, como si las makilas le golpearan también, por los dilatados meses y las apretadas horas y los estreñidos segundos que enfundan un año y más, en que los jóvenes de Altsasu permanecen en prisión, condenados por una justicia que actúa contra ellos y sus familias y sus amigos y su pueblo, sin explicación, sin formular juicio, sin procurar esperanza…, y una se va preguntando qué clase de justicia es esta que depende de una decisión foránea, de una ajena interpretación de los hechos, de una absoluta incomprensión de la causa que hace de la justicia injusticia.

Una máxima de Platón afirma que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte. Parece tener razón el filósofo griego, tan lejano en el tiempo a las revoluciones que han sacudido las conciencias de los pueblos, acercándolas desde los oscuros escondrijos de la indefensión a los claros límites de los Derechos Humanos.

Parece cumplirse su máxima en el caso de los jóvenes de Altsasu, quienes celebraban sus ferias de octubre a la sombra mitológica de Andia, Aralar, Urbasa, Aratz, Aizkorri, entonados por el rumor festivo de sus ríos Arakil, Alzania y Burunda. Un altercado a la salida de un bar en la madrugada del 16 de octubre de 2016, la declaración ambigua de una joven, policías de paisano, la adhesión de los jóvenes a un movimiento que reclama la salida de la Guardia Civil del pueblo, disparó el caso, y la jueza Lamela, de la Audiencia Nacional, decretó la prisión incondicional de los jóvenes, sin fianza, acusándoles de terrorismo.

Mis lágrimas ahora son gotas ardientes de indignación. Imagino los días y las noches de estos jóvenes, privados de ver la salida del sol cada mañana y su puesta en la noche, impedidos de realizar sus tareas cotidianas, soportando la ausencia de familiares y amigos, todo porque hubo una noche en que perdieron el control, lo cual sería reprobable. Aunque poco se recalca el hecho de que los supuestos agredidos no llevaban uniformes: solo se representaban a sí mismos. Una cosa es desorden público, si es que lo hubo, otra distinta terrorismo. Que no lo hubo.

Y me pregunto por qué hay presos condenados por estafas al erario público, lo cual lastra la economía con su sangrante número de desempleados o empleados con sueldos precarios -eso sí puede provocar delitos de odio-, que desconocen la estrechez de una celda pues continúan viviendo en sus mansiones;por qué algunos osan retarnos desde los focos mediáticos considerándonos inferiores porque ellos roban y nosotros pagamos;por qué hay otros que dictada sentencia de prisión gozan de vacaciones;por qué hay políticos en ejercicio sospechosos de corrupción;por qué hay presos dispersos;por qué Europa dictamina contra la tortura ejercida contra presos vascos;por qué esta misma jueza mantiene en prisión a políticos catalanes que no han hablado de violencia ni la han ejercido, simplemente han actuado según su conciencia.

En los tiempos que derivan desde la Revolución Francesa -es verdad que con poco arraigo en sus ideales en España- y de la Declaración de los Derechos Humanos de una Europa aterrorizada de sí misma tras la Guerra Mundial -España sirvió para empezarla aunque no actuó en ella- no es infracción siempre que no prevalezca el delito de sangre o la prepotencia de las armas y el arrojo militar, que de eso bien sabe una España que tan solo lleva cuarenta años de democracia pero carga en la espalda el oprobio de otros cuarenta de franquismo atroz. Y lo demás.

Observo entre las nieblas turbias de la tarde triste que cae sobre mí los alisos nutridos los ríos que dieron nombre al pueblo y pienso, para remontar mi moral decaída, mi ánimo sufriente y mi razón ofendida, en el milagro de la resurrección que en torno mío se produce de modo inmutable. Algunas hojas de los alisios, aún verdes, penden de las ramas abatidas por el invierno, pero las raíces están dispuestas a vigorizar a los árboles para que cumplan su función de otorgar sombra en el verano caluroso.

Pero una se pregunta qué grado de resistencia se necesita para seguir soportando la injusticia cometida a unos jóvenes que, a lo sumo, pudieron ser reprendidos, pero jamás privados de libertad, el más honroso bien de la humanidad. Por el que venimos luchando desde que, dejando la caverna original, comenzamos a recorrer este largo camino de la civilización.

Entre la niebla espesa y las piedras del dolmen erguido, quizá para reforzar un territorio y reafirmar una identidad, y los gráciles lisios de Altsasu, me llega la música jolgoriosa del acordeón de Zelaia con sus aires vitalistas, proclamando que el derecho a la vida y a la felicidad, bienes sagrados que a todo hombre y mujer que puebla este mundo en el breve trecho de existencia que le toque recorrer, han de serle acordados, y prevalecen sobre el luto inquisitorial que nos vienen a imponer.

La autora es bibliotecaria y escritora