Obsolescencia programada

Por Julen Rekondo - Miércoles, 21 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Actualmente el 80% de los impactos ambientales de cualquier producto se pueden evitar en la fase de diseño. El problema es que se diseñan productos con fallos o con muy poca durabilidad para que el consumidor vuelva a cambiar de artículo y pagar por otro. Es la obsolescencia programada, como he titulado a este artículo.

Es muy fácil ver en cantidad de productos o artículos que compramos lo difícil, o incluso diría más, lo imposible que resulta desarmarlos para que se puedan aprovechar sus recursos naturales, ya que una mezcla de algunos componentes también puede dañar los procesos productivos, como lo que ocurre con el acero y el cobre. Este último es un problema en la producción de aceros al carbono y el manejo de la escoria, a la que se convierte en un reto para recuperar el cobre de forma separada y hacer uso de ese valioso material.

Pero también sucede que no se pueden reparar porque fueron concebidos y fabricados para funcionar de tal manera que se cumpla lo que es la sociedad de consumo actual, es decir, comprar, usar, tirar y volver a comprar, y que supone una seria amenaza medioambiental. Claramente estos productos no fueron diseñados con la intención de repararse.

Hasta hace muy poco, y ahora también, aunque se intenta hacer las cosas de diferente manera, las inversiones en I+D han sido para ver cómo reducir la durabilidad de los aparatos, más que mejorarlos para el consumidor. Cantidad de productos, entre ellos y por citar algunos como los electrodomésticos, aparatos electrónicos, etcétera, tienen unas expectativas de vida muy cortas. Así, por ejemplo, los móviles tienen una expectativa de vida que oscila entre uno y dos años, según estudios europeos. Los materiales con los que se fabrican estos aparatos son en su mayoría escasos y valiosos, por lo que la falta de reparación, reutilización y reciclaje provoca un despilfarro de recursos naturales. Pero, a su vez, son muy contaminantes, lo que conlleva impactos muy graves tanto en las zonas donde se extraen los materiales como en aquellas donde se depositan sus residuos.

Cuando el consumidor se aventura en preguntar o intentar reparar uno de esos aparatos se le dice muy rápidamente que resulta más barato comprar uno nuevo, o simplemente que no se puede reparar. Con semejante respuesta, parece que tuvieras que emigrar a Suecia. Tal como suena. Pero, ¿qué tiene que ver el país nórdico con las reparaciones de determinados artículos o productos? Pues mucho. El Gobierno sueco hace dos años decidió aplicar exenciones tributarias a los ciudadanos y a las ciudadanas que opten por reparar los objetos en vez de reemplazarlos a las primeras de cambio. La medida incluye frigoríficos, lavadoras y bicicletas y también ropa. Se ha reducido a la mitad el IVA que se aplica a las reparaciones de ropa y de bicicletas. Sin duda, el hecho de rebajar el coste de las reparaciones puede animar a fabricar productos de mayor calidad y durabilidad. Y hay otros beneficios asociados: las reparaciones suelen hacerse en el mismo lugar de la compra, por lo que no corren el riesgo de deslocalizarse, como sí es el caso de la producción. En otras palabras: creación de puestos de trabajos para los suecos y las suecas. Sin duda, Suecia, líder en tantas cosas positivas, ha querido marcarse un tanto en la lucha contra la obsolescencia programada y marcar tendencia en Europa.

De todas formas, es justo reconocer la labor tan meritoria que llevan haciendo en Navarra entidades como Traperos de Emaús Navarra u otras en cuanto a la reutilización, reparación, además del reciclaje. También el Plan de Residuos 2017-2027 y la Ley Foral de Residuos, que está a la espera del debate parlamentario y su aprobación definitiva en el Parlamento de Navarra, ahonda en esta misma dirección y cobra fuerza la economía circular en vez de seguir el paradigma de la economía lineal -produzco, uso y tiro-, y, por tanto, poniendo en un primer plano la prevención, reutilización y reciclaje.

Ahora bien, todavía estamos lejos de lo que es la economía circular, aunque tampoco Navarra tiene competencias al respecto en algunas cuestiones, pero sí que se pueden poner en marcha algunas iniciativas muy importantes en la transición hacia una economía circular.

Legislar, en el sentido de que al fabricar un producto tengamos en cuenta el residuo que se va a generar para que este sea reutilizable, o que se puede reparar cuando tiene alguna avería, implicaría hacer que las marcas aumenten el alargamiento de las garantías;incentivar que los productos se puedan reparar en cualquier tienda;que las marcas diseñen productos que permitan la extracción de piezas, componentes, baterías;rebajar impuestos a las marcas que lo hagan;asegurar la disponibilidad de residuos con las condiciones adecuadas para la reutilización en centros especializados;perseguir y multar la obsolescencia programada intencionada, como ya ha sucedido en Francia;etcétera, eso sería avanzar a un estadio cualitativamente muy diferente al actual.

Por último, quisiera mencionar la problemática de la energía. En todos los procesos de producción utilizamos energía y los productos contienen energía embebida. Cada vez que reciclamos un producto y requerimos energía para transformarlo, estamos perdiendo parte de la energía embebida y aumentando la energía de transformación, haciendo que nuestro producto adquiera una mayor huella de carbono, si bien estamos aprovechando unos recursos. El reto aquí es de dos tipos. El primero, cambiar nuestros sistemas energéticos por unos que no generen emisiones de carbono, y el segundo, hacer que nuestros sistemas de aprovechamiento sean eficientes y requieran la menos cantidad de energía.

El autor es experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente