Pamplona se vistió de luto

Jacinto Martínez Alegría. Exconcejal del Ayuntamiento de Pamplona por el Tercio Familiar - Jueves, 22 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Concretamente un 8 de julio de 1978, sobre todo, la familia de Germán Rodríguez, tiroteado junto a la plaza de toros en la avenida de Roncesvalles. Nuestros Tribunales de Justicia no pusieron mucho interés en aclarar quién fue el autor de los disparos. Se trataba de un número de la Policía Nacional y ustedes, queridos lectores de mi DIARIO DE NOTICIAS, ya saben que los números son infinitos.

El peligroso Martín Villa, a la sazón ministro del Interior en el Gobierno de Suárez, adoptó un miserable silencio. Para terminar de coronarla, el Gobierno del PP le ha premiado en estos momentos por sus servicios a España. En su día ya fue premiado económicamente al se nombrado presidente del Consejo de Administración de Telefónica, millones al bolsillo. Nos visitó en Pamplona, a los concejales de aquel ayuntamiento. Su comentario junto al gobernador civil, creo que era Ruiz de Gordoa, fue sublime: “Los mozos de Pamplona que se juegan la vida delante de los toros no tienen ningún inconveniente en destrozar cualquier coche de la Policía Nacional”. Respuesta de Martínez Alegría, al que más conozco: “Los mozos que se enfrentan a la Policía también se juegan la vida”. Como pueden comprender, tampoco me gusta que mueran agentes de Policía. Ese quinto mandamiento de no matar no se me olvida.

Los que sí se olvidan de nosotros son los que organizan mesas redondas sobre la Transición. Sí recuerdo, con verdadero cariño, a mi amigo Velasco que acudimos solos para hablar de la suspensión de las fiestas de San Fermín, en sitio menos apropiado, entre las escaleras de la plaza de toros. Ningún partido político nos tuvo en cuenta para nada.

Antes del cohete del 78 vi llorar a mozos de peñas porque el lugar reservado para el cohete sanferminero estaba ocupado por tres ciudadanos en aquel ayuntamiento vecinal, donde no hacía falta que los vecinos entrasen con el DNI en la boca. Creo recordar que se fueron sin darnos las gracias porque entendían, como nosotros, que el ayuntamiento es la casa del pueblo. ¿Qué pensará San Fermín de estas cosas? Por fin se pudo celebrar el chupinazo sanferminero al grito de “Viva San Fermín” y aquellos mozos de peñas, hijos de papá, dejaron de llorar.

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