Música

De la plenitud solista a la orquestal

Por Teobaldos - Viernes, 23 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

concierto de la orquesta sinfónica de euskadi

Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Euskadi. Solista: Frank Peter Zimmermann, violín. Dirección: Robert Treviño. Programa: Britten,Sinfonía de Réquiem;Prokofiev, Concierto para violín y orquesta número 1;Schostakovich,5ª Sinfonía. Programación: Ciclo de la Orquesta. Lugar: sala principal de Baluarte. Fecha: 20 de febrero de 2018. Público: lleno.

Comenzar el concierto con la dolorida queja de la sinfonía de Réquiem de Britten resulta duro para el oyente. No porque sea una obra especialmente revolucionaria, sino porque tiene una rara densidad, aún en sus cortas dimensiones, y porque nos remite a ciertas contradicciones entre la conformidad religiosa de su autor, y la comprensible rebeldía ante la muerte de su padre. Encontramos un poco de todo: desde algo de Mahler, hasta las sombras debussynianas;desde Purcell hasta Schostakovich. Cuesta un poco entrar, pero la versión de la orquesta cuajó en el público, que respetó el largo silencio, impuesto por el director, tras la nota final sostenida por el clarinete.

Creo que no es exagerado decir que F.P. Zimmermann ocupa hoy el puesto más alto entre los violinistas. Su sonido nos sigue cautivando. Incluso en una obra, a veces punzante, como el concierto número uno de Prokofiev. Pero con este violinista todo fluye con la belleza apropiada a cada movimiento, siempre con la base de prodigiosa precisión y pulcritud en cada nota;con el dominio equilibrado y homogéneo de las dobles cuerdas;con una sonoridad, en los agudos, nunca hiriente. Todo ese cuidado y delicadeza que surge del instrumento, no hace, sin embargo, rebajar la fuerza del ataque, de los contrastes y cambios de ritmo, a los que le somete el compositor;incluso, las asperezas buscadas en algunos golpes de arco -cuando se marca un ostinato en la zona grave- son hermosos. Cuando predomina el arco largo, el resultado es de exacerbado lirismo, pero no dulzón;cuando se trata de los pasajes de mayor virtuosismo, nos admira la soltura e importancia de cada nota, sin que se solapen por la rapidez. Buen acompañamiento de la orquesta, que respetó el volumen sonoro del violinista, en algunos momentos, puesto a prueba por el mismo carácter de la obra. El vuelo que dio a la propina bachquiana, celestial. Su violín llega más por el bellísimo timbre, que por el volumen.

De nuevo la orquesta -con su titular en estado de gracia- vuelve a sumergirnos en las más hermosas y turbulentas sonoridades del gran sinfonismo del siglo XX. No se si será exagerado el comentario de la época de Assafiev, en el que dice que en esta quinta sinfonía de Schostakovich, que hoy nos ocupa, cabe la humanidad entera;lo cierto es que, por lo menos, el auditorio abarrotado sí que hizo su inmersión musical en ella. En estas obras, lo que cuenta es el conjunto, el resultado final, la hora de tensión, expectación y brillantez. Pero también los detalles: en el primer movimiento -drama interior, con sus obstáculos y contradicciones- la orquesta se luce al pasar de los más brusco a lo más lírico. En el segundo, resaltan unos, muy bien hechos, tramos jocosos con esos tartamudeos de los solistas (concertino, flauta), y unos extraordinarios, hermosos y leñosos contrabajos. En el tercero, frondosidad de la cuerda tanto en los pianísimos como en los fuertes. En el cuarto: la plenitud lograda.