La transición al coche eléctrico

Por Julen Rekondo - Sábado, 24 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

el pasado 27 de enero, el vicepresidente, Manu Ayerdi, y la consejera de Medio Ambiente, Isabel Elizalde, del Gobierno de Navarra, dentro de la presentación del Plan de Energía 2030, anunciaron una serie de medidas, un total de catorce, con un presupuesto de catorce millones para el período 2017-2020, destinado al impulso del coche eléctrico. Entre ellas, cabe citar que los coches eléctricos tendrán una reducción del 75% del impuesto de circulación;instalación de 20 puntos de recarga de acceso público;deducciones entre el 15 y el 30% al comprar coches, motos o taxis, etcétera;y quizá la más destacada el apoyo a proyectos de I+D+i.

Hasta hace poco el coche eléctrico era un gran desconocido, pero hoy en día el coche eléctrico está llamando a la puerta. Hay quienes auguran que la revolución que va a suponer este tipo de vehículos en la industria y en nuestras formas de vida puede producirse en cinco o diez años, aunque otros piensan, entre los que me encuentro, que todavía hay importantes barreras tecnológicas que superar, además de resistencias de sectores tan poderosos, como el petrolero.

Sin duda, la cada vez mayor concienciación ecológica ha hecho que los coches eléctricos comiencen a rodar por las carreteras, aunque todavía de forma muy incipiente. Son muchas las marcas que llevan unos cuantos años trabajando para dotarlos de mayor autonomía y conseguir que sean más asequibles económicamente, aunque estas dos cuestiones constituyen, junto a la carencia de infraestructuras de puntos de recarga, serios obstáculos en la actualidad para su implantación en el Estado español.

Por otra parte, el escándalo Dieselgate, en el que se manipuló por parte del consorcio Volkswagen sus motores diésel para que parecieran menos contaminantes, y su más reciente episodio deleznable con los experimentos en primates y humanos en un intento de rebatir la creciente evidencia científica sobre los efectos perniciosos para la salud de las emisiones de motores diésel, es otra cuestión que hace que se ponga en primer plano la opción de los coches eléctricos. A ello, habría que añadir la lucha contra la contaminación atmosférica en nuestras ciudades y municipios, y contra el cambio climático, a lo que contribuyen tanto los vehículos de combustión.

He leído estos días que, en el mundo, uno de cada cuatro vehículos nuevos será eléctrico dentro de solo cuatro años, es decir, en 2022. Lo ha afirmado Stefan Issing, director de la división automovilística en la empresa IFS de software. No voy a rebatir tal afirmación, pero sí señalar que una cosa es que la tendencia hacia el vehículo eléctrico sea bastante sólida, y pocos los discuten ya, y otra que el sector del coche eléctrico todavía debe superar algunas barreras tecnológicas y, por tanto, todavía queda un largo camino por recorrer para reemplazar a los vehículos de combustión.

Se ha afirmado por parte de los máximos partidarios del coche eléctrico que dichos vehículos no emiten gases contaminantes y esta es una gran ventaja con respecto a los coches convencionales. Al estar propulsados por electricidad generan cero emisiones de CO2, principal gas que contribuye al cambio climático. Pero que un coche no contamine no quiere decir que su huella de carbono sea mucho menor que la de un coche con motor de combustión. Si la electricidad que consume no procede de fuentes renovables, poco se gana en cuanto a emisiones que contribuyen al cambio climático. El desafío está en conseguir combinar las renovables con los motores eléctricos.

Pero, además, es necesario superar otras barreras tecnológicas como la capacidad y autonomía de las baterías, la mejora de las infraestructuras, la capacidad de la red eléctrica y su coste elevado, aunque los defensores de este tipo de automóviles afirman que la inversión inicial a la larga se amortiza, debido al ahorro energético y las ventajas fiscales. Aunque lo importante es calcular el coste total del vehículo a lo largo de su vida útil.

En cuanto a la autonomía de las baterías, actualmente no supera los 150 kilómetros, por tanto, es muy baja, y esto supone que el coche eléctrico sea fundamentalmente un vehículo urbano. Aunque algunos fabricantes aseguran que, en muy poco tiempo es posible que haya coches eléctricos con una autonomía muy superior, hasta de 500 km.

Otra barrera importante son las infraestructuras de carga estandarizadas. Cargar una batería requiere mucho trabajo y tarda mucho más que llenar el coche de combustible derivado del petróleo en una gasolinera, y encima para una autonomía notablemente inferior. Esto junto a los escasos puntos de carga hace que sea un impedimento más para adquirir un coche eléctrico. Ello aún llevará un tiempo en ser superado.

Las administraciones públicas, entre ellas el Gobierno de Navarra, como ya ha anunciado, pueden hacer muchas cosas en este campo. Ayudas para la compra, incentivos fiscales, apoyo a I+D+i, ayudas a la instalación de enchufes, facilitar el aparcamiento de los coches eléctricos en las ciudades y municipios, gratuidad o abaratamiento de los peajes en autopistas, etcétera.

En fin, el avance del coche eléctrico parece imparable si se superan algunas de las barreras anteriormente enumeradas y algunas más que las dejo para otra ocasión. Ahora bien, creo que el impulso del coche eléctrico no debe ser para sustituir al coche convencional en el sentido del papel que juegan hoy en día estos en cuanto a ser el vehículo que invade todas nuestras ciudades y municipios, aunque puede contribuir a la solución de algunos problemas medioambientales, al no emitir gases contaminantes si se utilizan fuentes renovables, no generar ruido al ser silenciosos, etcétera. El coche eléctrico no es para sustituir al transporte público, los desplazamientos a pie, y en bicicleta, como alternativas primordiales al actual modelo de transporte insostenible, aunque sí como una pieza más. Otra cosa es el ritmo al que se produzca y los plazos.

El autor es experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente