Lamento del sátiro

Por Julio Urdin Elizaga - Lunes, 26 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Un cuadro evolutivo de las artes contemporáneas, el de Sandro Bocola, basado en una cartesiana planilla periódica y estilística, recoge asimismo las diferentes actitudes que el arte mantiene respecto de una interpretación de la realidad artística representada por grupos de sensibilidades y actitudes: realista, estructural, romántica y simbolista, cuyas correspondientes categorías prácticas son las de reproducir, ordenar, expresar e interpretar. En Platón -según Lionello Venturi- arte subjetivo o fantasioso, arte realista o mimético, arte simbólico y poesía profética que unifica lo divino con lo humano. Y a cada una de ellas le viene a asignar los artistas más representativos, epigrafiados por tramos temporales, estando encabezados por las firmas más reconocidas en el período dominado por la modernidad, bien sea arcaica, clásica, manierista y barroca, que habrá de concluir en una sección abierta, por escribir, que denomina genéricamente como postmodernidad. El cuadro parece poner, definitivamente, a cada uno en su lugar y casilla, si no fuera porque la realidad impone el hecho de que no hay una obra libre de influencias encontrándose todas ellas sinérgica y dialógicamente interrelacionadas.

Recuérdame, en cierto modo, el esquema evolutivo de un proceso basado en la cultura y el espíritu planteado por Jean Gebbser, cuyos estadios arrancaban desde una estructura arcaica, pasando por las dominadas primero por la magia, posteriormente por el mito, confluyendo en la actualidad en el componente de lo mental a la espera de una futura solución integral que consiguiera aunarlas. Así, como si del montaje de una muñeca rusa se tratase, habremos de considerar que para cada época rigen todos y cada uno de los apartados con los que el artista intenta crear la obra a través de diversos procedimientos de la imitación, del esquematismo, de la repetición combinada de elementos que complejiza su resolución y del abuso de los mismos que concierne tanto a la forma como al contenido, complicando infinitamente la labor del crítico y del cientifismo humanista en su catalogación.

Nuestro pintor local, por dar con un ejemplo, se vindica más de Matisse que de Picasso, del que adoptara el alias del compromiso político, lo que, siguiendo el esquema, lo ubicaría dentro de una trayectoria que toma por origen el modernismo de época barroca y actitud romántica con cierto arraigo simbolista y, por tanto, arcaico de origen. Su escuela, la derivada de su enseñanza, en este sentido, vendría a pertenecer a un barroco tardío modernista bajo mácula de estar situada dentro de la época posmoderna. En todo caso, lo singular de la estructura de este análisis es el que nos apercibe desde el triplete paradigmático compuesto por historia, psicología y estadio cultural, que cada cual, en su estilo, es muy libre de optar por estar al principio, en el medio o al final de la aventura creativa, y ser moderno, primitivo e incluso arcaico independientemente del tiempo que a uno le toca vivir, como lo fueran, en cierto modo, los prerrafaelitas del XIX, entre otros, tal y como es afirmado por Venturi en su clásica obra de El gusto de los primitivos: “La consciencia de la autonomía del gusto de los primitivos, de su perfección técnica, de su insuperabilidad moral, no puede limitarse a interpretar las obras de arte de un período histórico específico. De la misma manera que el gusto de los primitivos es un aspecto esencial y, por consiguiente, eterno, del arte, toda auténtica obra de arte presenta siempre este aspecto en mayor o menor medida. Y cada cual puede encontrar de nuevo sus huellas en las mejores obras artísticas de Grecia, del Renacimiento o del período llamando Barroco”. Ahora bien, a la pregunta sobre quiénes pueden ser considerados como auténticos primitivos independientemente de la época en que desarrolle su labor creativa, la contextualizada respuesta que da Venturi es la siguiente: “Es natural que el gusto clásico haya sido, y siga siendo, la escuela de los artistas. No existe escuela donde no hay razón, y el gusto clásico se basa en la razón. Pero los primitivos basaban su gusto en la inspiración no racional, es decir, la que ni se enseña ni se aprende”. Constatación que no obstante contiene un cierto regusto kantiano.

El experimento del grupo que naciera alrededor de la influencia del mencionado artista local tuvo su complemento en la inspiración de un arte popular de la mano autodidacta iniciada para el público en el mundo de la artesanía. Un artista de escuela, profesional, y de un artista primitivo, por lo mismo inclasificable. Y el fracaso de las instituciones que surgieran a partir de su energético impulso inicial tiene mucho que ver con ello, con no haber entendido el sentido originario de las mismas, su principio árquico, que para quien no lo conozca consiste en ser aquél por el que se inician las cosas creando un modelo a seguir. Tras una larga gestación la experiencia fue abortada aun antes de dar a luz. Demasiadas prisas del ser territorial por delimitar para sí mismo un espacio comunitario ahora secuestrado y en manos de un burocratismoprogre.

Finalmente, esta madrigalesca trilogía del lamento obliga a tornar su mirada hacia una schelinguiana mitomanía protagonizada por musas, ninfas y sátiros en manos de ensimismados pseudocreadores plenamente inconscientes de la distinción entre el Yo y el Mundo. La mitomanía viene a consistir en un delirio de la imaginación por el cual el artista, en este caso, no es consciente de su real situación, un estado confuso que poco o nada tiene que ver con la genialidad, que consiste en ser justamente todo lo contrario, puesto que no es lo mismo ser mitomaníaco que mitologizador, y la mitomanía actual pasa más por el estrellato que por la astrología, primero, y la astronomía después. Estos silenos son más bien infecundos puesto que su labor rige fundamentalmente para el sí mismo contable. Su erótica tiene que ver más con la del poder que con la genésica creatividad. Por lo que contrariamente al individualismo que les caracteriza todo auténtico creador debiera ser consciente del imperativo de tener que disponer de una comunidad a la que servir hallando en su cultura la verdadera inspiración, y siempre, eso sí, teniendo bien presente la máxima de Schelling según la cual “ningún ser particular se afirma por sus límites, sino por la fuerza que le es inmanente y que le hace ser como un todo genuino frente al conjunto.”

El autor es escritor

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