El troleo como estrategia política

Por Felipe Martín Marín - Viernes, 2 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

el pasado domingo, bajo el título ¿Es de nazis conducir solo?, Armando Cuenca argumenta a propósito de la necesidad de poner coto al coche privado con una contundencia capaz de convencer al más burgués de los residentes en los pares de Paseo Sarasate. Y todo ello, para concluir paradójicamente con: “No hay que gobernar para todas las personas: hay que gobernar para las de abajo y luego, solo luego, para las demás”.

Quizás lo que quiere decir, en realidad, es que en cualquier sociedad desgarrada por conflictos de clase como lo han sido todas a lo largo de la historia (axioma marxista), todo gobierno y administración lo es a favor de una clase y en contra de otras. Pero lo que dice no es eso. Lo que dice es justamente lo contrario de lo que escuchamos a todos los partidos y gobiernos que instrumentan una dominación de clase: que ellos representan el interés general. Hasta Franco, Sanjurjo y Mola asesinaron a mansalva en nombre del interés general. Por supuesto, también UPN, todo lo que ha hecho UPN en 16 años de gobierno municipal ha sido en nombre del interés general. Al menos esta última impostura se ha hecho prevalecer con poco derramamiento de sangre, no más que el de la época de palo y tentetieso de Simón Santamaría en Policía Municipal. Pero vamos, que cuando trajo El Corte Inglés a Pamplona no les dijo a los pequeños comerciantes “ajo y agua”, sino que lo vendió y edulcoró en nombre del interés general. Algo que no rechina en absoluto con lo que han dicho Marx y muchos marxistas después de él: que cuando una clase toma o ejerce el poder, lo hace siempre en nombre del interés general, habiendo convencido, seducido o impuesto a las otras clases su hegemonía ideológica y política. No hay que ser Marx ni Maquiavelo para entender esto. Lo que sí me pregunto es qué clase de Maquiavelo hay que ser para poner en práctica justo lo contrario, un discurso que explícitamente rechaza el interés general como argumento a favor de tus propuestas políticas.

El sostén social del gobierno municipal del cambio es claro. Es claro a quién representa (en votos) y está claro también el sentido de su acción de gobierno, a pesar de importantes limitaciones legales en competencias y presupuestos. Se puede debatir acerca de cómo mejorar esas políticas. Pero lo que resulta un misterio es que la mejora que se propone sea exhibir una careta de bulldog y un letrero de “cuidado con el perro”, con la declarada intención de soliviantar, espantar y asustar a sectores sociales que no te han votado, desde luego, pero cuyos intereses objetivos no son antagónicos con las políticas “a favor de los de abajo”.

Sectores sociales como los pequeños comerciantes, los propietarios de los pares de paseo de Sarasate, de las viviendas militares del Primer Ensanche o las clases medias conservadoras de Iturrama y San Juan, son, han sido, caladeros de votos de UPN. No tienen por qué seguir siéndolo. UPN no defiende en realidad sus intereses, sino que aparenta defenderlos levantando banderas tópicas e ideológicas que pueden ser rodeadas o marginalizadas. Y las políticas “a favor de los de abajo” solo tangencialmente son antagónicas con esos sectores acomodados. El conflicto irresoluble de la mayoría de la sociedad navarra es con otras más altas instancias de enorme poder fáctico. Instancias con las cuales el resto de grupos sociales tiene contradicciones importantes unos (el pequeño comercio, por ejemplo) y muy agudas otros (los de abajo que dice Armando).

Pero yo sé que Armando sabe todo esto. Así que me pregunto: ¿qué pretende haciendo de chico malo y convirtiéndose en pararrayos de la derecha foral y española? Mi hipótesis es que ha hecho una traslación equivocada al ámbito institucional y a la contienda electoral de las recetas de Saúl Alinsky, un activista americano que divulgó el uso de la provocación como técnica para dinamizar movimientos sociales de oposición al poder institucionalizado. Esas técnicas sirven para mostrar desnudo al rey, para evidenciar que las instituciones y personas que dicen representar el interés general, en realidad defienden un interés particular y contrario al de la mayoría. Pero resulta difícil aplicarlas con éxito cuando tú ya no eres el portavoz de un colectivo agraviado sino justamente el representante electo en una institución a la que la ciudadanía encomienda el interés general. Recuérdese el episodio de la camiseta de Spiderman y se entenderá que lo que hubiera sido aplaudido como acto de protesta en septiembre de 2011 si lo hubiera firmado el 15-M o la PAH, no fue asumido por buena parte de la sociedad en septiembre de 2015 cuando lo protagonizó un concejal electo.

Quizás piense Aranzadi que, convirtiéndose en el espantajo municipal de UPN, conseguiría la adhesión del hooliganismo anti UPN, que también anida entre nosotros, y de los sectores más radicales de Bildu, insatisfechos con el ritmo y las formas del cambio. Puede que sí, pero a costa, claro, de mantener movilizado el voto a UPN, a la que le sienta bien tener a mano algo con lo que agitar a sus fieles.

Lo triste de todo esto es que evidencia que Aranzadi en estos tres años de oro no ha desarrollado un proyecto para una hegemonía ideológica y política en la ciudad de Pamplona, un proyecto capaz de representarse como el interés general. Que se mueve deslumbrado por unas luces electorales muy cortas que, independientemente del rédito partidista que les dé, están sirviendo objetivamente para darle aire a UPN y, lo que es peor, para retrasar el imprescindible vaciado electoral de la sigla PSN, que no se producirá hasta que no cuaje en la otra orilla del ámbito identitario un proyecto de izquierdas que sea a la vez radical y solvente.