Mar de fondo

Paisanaje común

Por Xabi Larrañaga - Sábado, 3 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Está ocurriendo con la convocatoria de la huelga feminista, y es ya un hábito endémico, nuestro más antiguo rasgo de identidad: la intolerancia. En días feriados se estira hasta el extremismo, en los laborables se conforma con alentar la bandería. Suele venir acompañada por el arrojo de quien porta el altavoz, y por la necesaria cobardía de quien se pone los cascos. El eco se agiganta en una plaza muda.

Yo, sobra aclararlo, soy consciente de las trabas que padecen las mujeres por el hecho de serlo. Tengo más hermanas y amigas que hermanos y amigos, probablemente más lectoras que lectores, y madre viuda desde dos décadas. Sobre la experiencia propia y ajena voy construyendo mi opinión, no el infalible remedio, sobre cómo progresar. Y, en fin, esta huelga no me parece una buena idea. Esto no supone que pida su prohibición, ni es mi bautismo -confirmación, dirá alguien- en la trinchera machista, ni la prueba de que carezco de empatía o peco de ignorancia. Solo discrepo, porque no comparto todo diagnóstico que leo ni toda conclusión que escucho. A usted le sucederá lo mismo con estas letras. No pasa nada.

Somos unos cuantos, y cuantas, los que, aun a riesgo de ser tachados de escapistas, nos negamos a tragar el menú ideológico completo que se nos ofrece. Crecemos con dudas y contradicciones, sin confundir compromiso social con sumisa militancia. ¿Acaso hemos de delegar nuestra capacidad de reflexión y decisión en quien nunca ha sido votado? Y no, tampoco estamos con los que tildan a toda mujer reivindicativa de feminazi. También sobra aclararlo. No nos representan, gritamos a los políticos, y me temo que ya no nos representa nadie.