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El altar de los muertos

José Ramón Urtasun Recalde, Ángel Iribarren Arlegui, Jaime Munarriz Osés y Javier Baztan Carrera - Sábado, 3 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Antes de que el Ayuntamiento de Pamplona propusiera a la Diputación la construcción de un mausoleo al fallecido general Mola Vidal, el “cura azul” Fermín Yzurdiaga, planteó al alcalde Tomás Mata la construcción del “altar de los muertos de Navarra” en el centro de la Plaza del Castillo de Pamplona, así como la destrucción del “kiosko viejo y feo” existente (30 de agosto de 1936).

El 3 de junio de 1937, llega a Pamplona la noticia de la trágica muerte del sanguinario general en un accidente aéreo cuando se trasladaba a Burgos;la corporación municipal de Pamplona queda totalmente conmocionada y llora amargamente la desaparición del “jefe de los ejércitos del norte”, azote del comunismo. El fallecimiento del “director” deja al Ayuntamiento huérfano y sumido en una profunda zozobra, la “misteriosa muerte de Mola”, según escribiría Eladio Esparza dos años después en su columna del Diario de Navarra(3 de junio de 1939), dejaba a la deriva a la Junta Central de Guerra Carlista inspirada por el sedicioso general. Sin su dirección y consejos (“sembrar el terror eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”) los 20.000 requetés armados con escopetas y escapulario que el 19 de julio del 36 se presentaron en la Plaza del Castillo dispuestos a matar, se las tendrán que ver solitos para concluir la “javierada” del terror.

Hoy las cunetas siguen ocultando cientos de víctimas del genocidio mientras sus autores gozan de la impunidad que les brindó la transición

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De inmediato se organizan las exequias a Mola, todos los estamentos golpistas se disputan el cadáver, incluso el obispado de Pamplona en junio de 1937 ofrece la catedral para que se coloque el “mausoleo a Mola”. Todo eran agasajos, honores, misas y rosarios por su alma, medallas póstumas, placas conmemorativas. Mola fue nombrado hijo adoptivo de Navarra, se puso su nombre a una nueva plaza en el segundo ensanche y para rematar la jugada, la Diputación mandó construir un chalet de lujo como residencia para la viuda de Mola y sus hijos y así de demostrarles la gratitud que sentía el pueblo Navarro. El proyecto fue encomendado al arquitecto José María Alzugaray, según publicaba Diario de Navarra el 28 de junio de 1938. Por otra parte, se solicitó al generalísimo que ascendieran al malogrado militar a un grado superior para que su familia pudiera gozar de una suculenta pensión además del título nobiliario concedido por su excelencia. Todo era poco para quienes en 1931 pusieron en marcha la conspiración contra la II República, especialmente para la Iglesia Católica inspiradora espiritual e impulsora eficaz del genocidio. No obstante, el Ayuntamiento golpista consideraba que había que ir más allá, y se comprometió a construir un gran mausoleo-iglesia-panteón en el lugar más visible y emblemático de la ciudad, un monumento que le recordase a perpetuidad;así surgió la idea del “mausoleo en Pamplona en memoria de Mola”. El Ayuntamiento cedió los terrenos y el obispado los bendijo con gran boato y, dado este paso, se apresuraron a solicitar a la Diputación Foral la construcción de un “monumento dedicado al heroico general”, esto sucedía el 24 de junio de 1937, pero la Diputación en ese momento no estaba por la labor, pues sus esfuerzos estaban volcados en financiar la guerra de Franco y facilitar la infraestructura y el avituallamiento preciso, no en vano Navarra era “la primera”. En agradecimiento, el dictador concedió a Navarra la Cruz Laureada de San Fernando. Terminó la guerra y se celebró la Victoria por todo lo alto, Pamplona se engalanó por orden del alcalde, procesiones, misas de campaña y desfiles militares colapsaron la ciudad. En este momento la Diputación recoge el guante lanzado por Tomás Mata y el 12 de mayo de 1939 acepta el ofrecimiento del Ayuntamiento y acuerda “guardar los restos del malogrado general y perpetuar la participación Navarra en el Glorioso Movimiento Salvador de España”. El día 14 de julio de 1940, a la salida del funeral por José Calvo Sotelo, se presenta la “Maqueta del Monumento a los Mártires de Navarra en la Cruzada”, que es expuesta en la Exposición de Artistas Navarros, “Monumento proyectado por nuestro colegio de Arquitectos, de severidad escurialense y de exacta adecuación”, así lo presentan en sus páginas el Diario de Navarray El Pensamiento Navarro. El 21 de diciembre de 1941 el vicepresidente Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno, convoca a arquitectos y políticos para poner en marcha el proyecto.

Hoy, a 82 años de distancia del levantamiento de 1936, las cunetas de nuestros pueblos siguen ocultando cientos de víctimas del genocidio mientras sus autores siguen gozando de la impunidad que les brindó la “transición”. El edificio que les representa, símbolo, santo y seña de los golpistas sigue luciendo imponente y amenazante recordándonos quienes ganaron la guerra para escarnio de las víctimas, despreciando las Leyes de Memoria Histórica y de Símbolos de Navarra en vigor. En su interior la “Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz” sigue celebrando todos los días 19 de cada mes la victoria contra los “anti dios”, mientras tanto, el Ayuntamiento de la Ciudad mantiene y mima con esmero el edificio, porque según dice el alcalde se trata del “Capitolio Pamplonés” y “todas las ciudades importantes de Europa tienen su capitolio al final de sus principales avenidas”.

Usted sí que sabe, señor alcalde.

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