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Catalunya: el pulso que no cesa

La renuncia de Puigdemont a presidir la Generalitat no ha allanado el camino hacia una investidura. El independentismo catalán se encuentra cada vez más dividido y la confrontación con la Moncloa y la Zarzuela continúa del todo abierta

Domingo, 4 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

El diputado de JxCat Jordi Rull, junto a los lazos amarillos en los escaños de los diputados presos, Jordi Sànchez y Oriol Junqueras.

El diputado de JxCat Jordi Rull, junto a los lazos amarillos en los escaños de los diputados presos, Jordi Sànchez y Oriol Junqueras. (Foto: Efe)

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El diputado de JxCat Jordi Rull, junto a los lazos amarillos en los escaños de los diputados presos, Jordi Sànchez y Oriol Junqueras.

Tras el mal trago de la contestada visita de Felipe VI a Barcelona, el Estado vuelve a saborear su estrategia frente al independentismo en Catalunya. Las disonancias entre los partidos independentistas son cada vez más obvias, aunque la confrontación con Moncloa y Zarzuela siga del todo abierta.

Muchas cosas se rompieron en Junts pel Sí en los momentos claves del mes de octubre del año pasado. Discrepancias que una vez extinguida la coalición y celebradas las elecciones del 21-D se han abierto con estrépito. El independentismo, como la izquierda, tiene su versión cainita, lo cual provoca un lógico regocijo en el españolismo diestro. El factor humano cuenta en cualquier ámbito de la vida y en todo proceso de cambio y confrontación. Más cuando en este caso sus protagonistas se han sometido a un sufrimiento creciente por una prisión o exilio que se alargan. En estas condiciones, dos meses y medio después de hacerse con la mayoría parlamentaria con unos resultados ajustados, el independentismo discute por cotas, por nombres y por el grado de firmeza y de elasticidad convenientes. Y no lo tiene aún resuelto. Ni dentro del PDeCAT, ni de ERC, ni mucho menos de la CUP. Sin cualquiera de estas fuerzas, incluida la marca Junts per Catalunya, no hay investidura, como recordaba el viñetista Toni Batllori ayer en La Vanguardia. Por mucho que el contexto sea tan complicado es demasiado tiempo. Esa tardanza ha debilitado al conjunto del independentismo y al propio Puigdemont. Las negociaciones para articular una investidura no se han cerrado tras su anuncio de renuncia, sino todo lo contrario. La paradoja es evidente. Tampoco la necesidad de un nuevo relato se ha cerrado con el anuncio de un nuevo impulso a la internacionalización. Finalmente Puigdemont ha optado por no regresar a Barcelona, a pesar de las expectativas generadas en la campaña electoral. “Tristemente la probabilidad más alta que contemplo es quedarme mucho tiempo en Bruselas”, reconoció el viernes en una emisora de radio. Dadas las circunstancias, aparte de ser una decisión del todo legítima y seguramente la opción políticamente más inteligente, el paso de las semanas ha reflejado su soledad, lo que le ha generado desgaste, no solo simpatías. Puigdemont transmite dignidad, pero también asoma en su discurso el riesgo de la distancia. Podemos discutir sobre dónde acaba su tenacidad, que remite a virtud, y dónde su obstinación, sinónimo que en cambio denota defecto. La frontera no es nítida, y menos en un contexto tan delicado. Lo mismo que los límites concretos entre el necesario tacticismo y el exceso de postureo que anidan en otros sectores del independentismo.

Lo que podía haber sidoSi la reacción social que se produjo tras el atentado a los abogados de Atocha y la serena movilización que se dio en la calle cambió la hoja de ruta de la Transición, el civismo y el coraje de la multitud que participó el 1 de octubre también podría haber llevado a una negociación y pacto entre diferentes. Pero llegó Felipe VI, mando militar, y la monarquía escogió confrontación el 3 de octubre. Salvadas las distancias, la madurez y solidez de dos movilizaciones históricas fueron tratadas con total antagonismo. La primera llevó a planteamientos audaces y arriesgados de Adolfo Suárez. La segunda a una reafirmación nacionalista española que la mayoría de la sociedad catalana cuestiona, incluidos los Comunes. Una reacción donde el vicesecretario de comunicación del PP, Pablo Casado llegó a hablar de ilegalizar al independentismo. De momento, de facto, se ha ido a por sus máximos representantes.

Así que una profunda crisis territorial se ha convertido en una operación monárquica no exenta de riesgos para la institución, pero sobre todo para encarrilar de verdad el encaje de Catalunya en el Estado. Observemos el asunto con un poco de perspectiva. Dos meses antes de aquel discurso de Felipe VI, los socialistas habían reclamado realizar un “control de daños” a la hora de tomar medidas en Catalunya. Y ya ven, descontrol es lo que ha habido. Por mucho que se opine lo contrario, y por mucho que el Estado se haya venido arriba, España con fuerza no entra. El temor no es un buen pegamento porque genera escasa estabilidad. Retener no es unir.

Dudas y certezas.En febrero de 2016, según un sondeo de Gesop para la televisión del grupo de La Vanguardia, solo un 17,6% de los catalanes creía que Catalunya será independiente en el año 2020, mientras que un 68,2% consideraba que continuará dentro de España. Porcentajes arriba o abajo, esta era la base sobre la que el Estado podía cimentar buena parte de su estrategia en Catalunya: la duda o la certeza ante lo siempre visto. Por eso la determinación por votar el 1 de octubre fue histórica, porque abrió en canal los límites de lo previsible. Por eso la gestión posterior era también clave. Y aquí el cálculo de la intermediación europea falló aparatosamente. Del éxito y del fracaso se aprende. Pero nunca es posible volver del todo atrás, porque en política como en la vida, los conflictos evolucionan, se enquistan o se aletargan, pero no existe la máquina del tiempo y sí multitud de variables.