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Republicanismo

Fantoches y psicofantes

Por Santiago Cervera - Domingo, 4 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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La frase que más me gustó de la comparecencia de Enrique Goñi en el Congreso de los Diputados fue “fuimos la única entidad que devolvimos los 977 millones (del préstamo del Frob), más 163 millones en intereses”. Devolvimos. Pretérito perfecto. Plural. Él incluído. Él lo hizo. Decirlo así es mucho más que la petulancia habitual: es vejar a esos pobres parlamentarios que ahí estaban intentando horadar la fachada de los cajeros con pretensiones de banqueros que desfilan por la comisión que investiga sus desmanes. Resulta que la gestión de Goñi condujo a Caja Navarra - Banca Cívica a tener que pedir auxilio financiero público, el dinero del Frob;aún con tal inyección tuvo que ser rescatada por la Caixa, que a precio de saldo se quedó con sus oficinas y clientes;y finalmente, la Caixa hubo de sanear el balance de la absorción y devolvió con cargo a sus reservas el dinero prestado por el Estado al engendro cívico. Goñi debe pensar que por haber prolongado su estancia en la nómina de los catalanes es él quien está devolviendo aquel infame dinero. Ese sí es un dato, Quico, la morterada de millones que tuvo que poner el contribuyente y que hizo evidente que todo lo construído era una farsa colosal, y la de sus líderes una escapada sin destino cabal. Todavía está por escribir la intrahistoria de cómo fue la Caixa la que postreramente se zampó la raspa de Cívica, con aquellos dos copresidentes peregrinando de Barcelona a Zaragoza, de Zaragoza a Málaga y vuelta a Barcelona para ver quien les prometía mayores galones, no tanto quien les pagaba más por lo que llevaban en el mugriento zurrón. No obstante, este Goñi que se atribuye haber saldado la mil millonaria deuda no debe ser el mismo que asegura no tener nada que ver en el nombramiento de Miguel Sanz como presidente de las Bodegas de Sarria, porque dice que esto es competencia de esa Caixa a la que a estos exclusivos efectos no declara pertenecer. La misma que tiene (todavía) al tercer compadre, José Antonio Asiaín, en el consejo de administración de Criteria, grupo empresarial al que están adscritos tales cubas y viñedos.

Es todo tan ofensivo para la memoria de lo que ha pasado en Navarra hace un cuarto de hora que ni siquiera merece la pena detallar las falsedades, sino tal vez preguntarnos qué es lo que sigue estando detrás. Creo que a esta gente ni siquiera le preocupa el procedimiento penal por el que están imputados judicialmente, porque andan seguros de que en el colapso de los tribunales lo suyo no tendrá prioridad y se archivará por inanición. Tampoco les importa demasiado haberse convertido en los símbolos sociales de una época infame, dado que ya han procedido a amenazar con querellas -recuérdese aquella carta en El País- a quien ose levantar dedo acusador. La clave de lo que sigue pasando la encontramos en esa indisimulada pretensión por seguir constituyéndose en una instancia contundente de poder con los más tentáculos posibles. Tres síntomas lo ratifican. Uno, la constatación de que todavía quedan partidos políticos dispuestos a acudir con orejeras caladas en defensa de lo indefendible, algunos incluso genuflexos. Dos, esa encuestilla que propaló hace unas semanas el brazo sociológico del ectoplasma, que no será la última ni se publicó con ánimo inocente. Y tres, que el mismo periódico que hace años nos vendía la moto gripada (“El futuro de Caja Navarra es una Fundación con un patrimonio en acciones de 1.000 millones de euros”) se gloriaba en portada de que la investigación policial no hubiera encontrado zaborra en las cuentas de Sanz y Goñi. Ahí siguen todos esos y unos cuanto más, incapaces algunos de pedir perdón y otros de pasar página, e indiciariamente pergeñando nuevas maneras de organizar el pastoreo social y económico que Navarra creen que merece. Y el que critique lo más obvio, ya se sabe, o es un sicofante o un sicario.

A 1.700 metros de la sala del Congreso en la que deponía Goñi se encuentra la Audiencia Nacional, donde esa misma mañana declaraba Francisco Granados. El otrora jefecillo del cotarro local intentaba justificar sus actuaciones y su patrimonio. Todo lo hizo correctamente y nunca se lucró. Un presunto delincuente. Un fantoche. Otro.