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Feminismo y pseudofeminismo

Jordi de Cambra Bassols - Martes, 6 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 10:49h

Limitar la reivindicación feminista a competir por la igualdad de mujeres y hombres en la detentación del poder político (por ejemplo, ministras/os), económico (consejeras/os de administración), social (secretarias/os generales de sindicatos) o cultural (directoras/es de cine), no sólo no combate la esencia del poder establecido sino que lo reproduce utilizando sus propios medios de competitividad agresiva machista y sirviendo a sus mismos fines de dominación. Por el contrario, el feminismo genuino lucha por una distribución equitativa del poder que permita compartirlo, reivindicando la participación real en la toma de decisiones de todas las mujeres y de todos los hombres (sin distinciones ni privilegios de ningún tipo entre ellas y ellos ni dentro de cada uno de los dos respectivos colectivos). Esta lucha por la autogestión deliberativa y participativa, por una parte, está al servicio de la liberación respecto a las relaciones de poder existentes en todas las instituciones sociales (desde la familia y la escuela hasta la empresa y el Estado);y, por otra parte, tiene por objetivo la disolución del poder como dominación (de género, de clase…) y como producción/reproducción de las desigualdades políticas, económicas, sociales y culturales. El feminismo propone un cambio de paradigma, no una mera reforma pseudofeminista del modelo vigente.

Para esta lucha, la educación es un medio fundamental y fundamental es el papel de las mujeres si aprovechan su privilegiada posición como agentes de socialización (contradictoria y paradójicamente la otra cara de la moneda de la distribución desigualitaria y sexista de los roles sociales propia de la sociedad patriarcal capitalista): en la familia, por su mayor dedicación e influencia sobre los hijos;y, muy especialmente, en la educación primaria, en la que las maestras ocupan las plazas con abrumadora mayoría. Sin limitar el papel de las mujeres al ámbito educativo (piénsese, por ejemplo, en la importancia de la mujer en la lucha medioambiental), hay que destacar las oportunidades de transformación social que tienen las mujeres en la fase esencial y determinante del proceso de socialización infantil para el aprendizaje e interiorización de valores y, por tanto, para promover una ética que cimente la liberación respecto al sistema de poder establecido y respecto a las desigualdades vigentes, incluida, pero no exclusivamente, la desigualdad entre hombres y mujeres. Lamentablemente la mayoría de mujeres, como la mayoría de hombres, no están dispuestas a luchar por estos ideales genuina y cualitativamente transformadores. La división entre las muy pocas mujeres y los muy pocos hombres que luchan por un cambio de paradigma es un grave error conceptual y estratégico, y sólo favorece a la reproducción de la sociedad patriarcal capitalista.

Hay actualmente un cierto pseudofeminismo que, en lugar de ser un elemento clave de la denuncia del poder establecido (como lo han sido y lo son otras manifestaciones del feminismo genuino desde sus orígenes), es una lucha por el poder en cualquier nivel y ámbito. Poder que es concebido y aceptado acríticamente como un hecho dado, incontestable e inmodificable. De otro lado, su misandria indiscriminada y discriminatoria es una forma más de populismo demagógico, combinado con sexismo, al servicio de una minoría de mujeres privilegiadas que compiten por el poder con aquellos hombres (y, aunque muchas menos, mujeres) que lo detentan y con quienes este pseudofeminismo comparte un autoritario y patriarcal anhelo de poder.

El sexismo y las desigualdades patriarcales entre hombres y mujeres no se combaten con sexismo y desigualdades de signo contrario sino con alternativas que promuevan la abolición del sexismo y de las desigualdades. Lo cual no está reñido con la necesidad de exigir la igualación real (y no sólo legal) de derechos, obligaciones y libertades de hombres y mujeres. Pero esta igualación sólo se podrá realizar efectivamente para todas las mujeres (y no sólo para una minoría de ellas) si se transforma cualitativamente el modelo social, económico y político vigente. En este modelo, por ejemplo, no habrá una igualación salarial real mientras el omnipotente “mercado” continúe obedeciendo a la “ley” de la oferta y la demanda de fuerza de trabajo;oferta y demanda que están condicionadas por la discriminación patriarcal capitalista de las mujeres en el actual sistema social, económico y político, en el que, además, existen grandísimas desigualdades entre las propias mujeres… aspecto que se olvida demasiado a menudo en el pseudofeminismo.

La igualación en derechos es una importante meta parcial por la que lucha el feminismo pero es preciso tener presente desde el principio la necesidad de una transformación cualitativa del modelo vigente. La liberación de la mujer no ha de entenderse meramente como la igualación en derechos sino como la instauración de nuevos valores y necesidades humanas que contradigan las relaciones sociales y el productivismo/consumismo destructivos existentes. Sólo así se podrá realizar la liberación de la mujer y sólo así la liberación de la mujer podrá dar paso a la liberación del hombre y de la sociedad en su conjunto. Una mujer nueva y un hombre nuevo en un nuevo mundo.