El rincón del paseante

De profesores, vivencias y manías

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 11 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Hola personas, ¿qué tal la semana? ¿Benigna? Algo es algo. La mía bien, gracias. En esta ocasión el día elegido para mi paseo fue el miércoles, hacía buena noche así que tomé bastón y gorra y me puse a andar. Salí por Bergamín y a escasas manzanas topé con el que fue mi segundo centro de escolarización: el Instituto Ximénez de Rada, en honor de Rodrigo Ximénez de Rada, hijo de Puente la Reina que nació en el siglo XII y murió en el XIII. Fue un gran político, escritor, erudito, políglota, llegó a ser canciller de Castilla y Arzobispo de Toledo durante 40 años, a él se debe la maravillosa catedral gótica toledana y la Primatura que la imperial Toledo ostenta. Uno de los navarros más importantes de la historia.

Mi paso por el instituto no lo olvidaré mientras viva, yo venía de un colegio de curas, más o menos estrictos, pero muy cansos, muy metiches ellos, y llegué a un instituto laico con unos catedráticos que nos llamaban de usted, que nos respetaban, que no nos mataban a chascazos y bofetadas, que sabían de lo que hablaban, que cada uno daba una materia de la que tenía una cátedra y un largo etcétera de ventajas, para mí, totalmente nuevas. Llegué al centro en 1971, la mayoría de los profesores habían ganado su puesto después de la guerra cuando se inauguraron los institutos en el año 1944, por tanto al llegar yo digamos que ya eran señores y señoras mayores, con sus virtudes y sus manías, eran una suerte de claustro de lo más peculiar. De religión se encargaban dos sacerdotes D. Ignacio Astiz, alias Domi, y D. Eusebio Sanz Sola. Las clases del primero eran dignas de verse, D. Ignacio era vehemente y se acaloraba en sus explicaciones sobre la bondad de Dios y la maldad del diablo y del pecado, cuando llegaba al punto álgido de sus peroratas la clase entera explotaba en una cerrada ovación con vivas a D. Ignacio y el correspondiente descontrol y cachondeo. Él, lejos de enfadarse, las acaballaba con calma y se dejaba querer: “Bueno, bueno, ya, ya, callen, callen”, a penas susurraba mientras subía y bajaba las manos en el aire. De lenguas clásicas trataban las clases que impartían los hermanos Montes Andía, D. Luis y D. Javier y Dª Josefa Cereza, los primeros eran pozos de sabiduría y de empatía con los alumnos. D. Luis, cuando veía que el día no era bueno para los latines, después de santiguarse varias veces, nos hablaba de sus acciones de guerra, de cuando entró en Barcelona con los “nacionales”, o nos enseñaba a hacer jeroglíficos, se hacía querer. D. Javier era un poco soporífero pero le he de agradecer todo lo que me enseñó de etimología, ciencia fundamental del lenguaje que te ayuda a entender palabras nunca oídas. La señorita Cereza, alias Quereca por su pronunciación clásica del latín, era menos simpática, la paciencia no era su don, “reata de acémilas” era su insulto favorito, no soportaba que mientras traducías a César o a Cicerón dijeses “o seaaaa”. Al segundo “o sea”, te cortaba diciendo: “O sea, o sea, o sea, o sea que no sé nada, tiene usted un cero, usted no es amante de las letras, es el rehús de las ciencias”. Química nos daba Dª Pilar Zuasti, apodada, con afecto, la tía Pili, tan temida como querida, era buena profesora y conocedora de su materia pero… ¡Ay de ti si se cabreaba! Podía ser demoledora, metía unas broncas memorables, aún recuerdo la que me cayó cuando al preguntarme el símbolo del sodio le dije, acojonaíco, “SO”. Casi se me echa al cuello.

Literatura nos daba uno de los hombres más peculiares que he conocido en mi vida, D. José Lampreabe Blasco, alias Zapo. Un hombre serio y metódico hasta el extremo. Cada día daba el mismo número de pasos de la puerta a la mesa, sacaba su Parker de oro y la hoja del parte de faltas, del bolsillo interior de su americana extraía una mini libreta cerrada con una goma, parsimoniosamente retiraba ésta y empezaba a pasar lista con nombre y dos apellidos, labor que le llevaba los 15 primeros minutos de la clase. Su lenguaje era parco pero alambicado y retorcido. Famosa en Pamplona es la anécdota de que con ocasión de un corte de luz llamó al bedel y le dijo: “Bedel, averigüe las causas o motivos por las cuales el fluido eléctrico no llega a este aula”. El bedel, Eguaras, volvió al rato y le dijo: “Señor Lampreabe, que se han jodido los plomos”. Los dos hablaban castellano.

Matemáticas impartía El Manco del Espanto, apellidado Salanueva y falto de un brazo, tenía y alardeaba de muy mala leche, lo cual le hizo merecedor del apodo;también era matemático el Sr. Ondarroa, despistado como él solo. Física era la materia del Sr. Mendiola, que sorteaba ceros en caso de tumulto, Historia la Sra. Uriarte, esposa del Sr. Ondarra, francés la Sra. Olaso, la Sra. Martín y la Srta. Lolita Jaurrieta Baleztena, la más anciana de todos y queridísima por todos. En fin, que no sigo porque el relato sería inacabable. En los pasillos estaban los bedeles, para la mayoría eran enemigos pero yo los tenía conquistados (un purito en Navidades hacía milagros), ellos tenían las llaves de las puertas. Eran Manolo, Feliciano, Eguaras, Santi, y alguno que olvido, todos buenas personas.

En el instituto se me metió en el cuerpo el gusanillo de un arte que me ha acompañado toda la vida, la fotografía. El instituto sí me dejó buen recuerdo.

Bueno y el paseo de hoy se ha quedado en un recuerdo personal, guardaré lo visto después para otro día, os adelanto que he salido a Conde Oliveto, soldado de fortuna, y por Yanguas y Miranda he llegado a la zona más noble de la vieja Iruña, las calles Ciudadela, San Antón, Consejo y Zapatería, preñadas de palacios y casas blasonadas, pero eso para otro Rincón

Para que vaya bien esta semanita poco hay que hacer, es la última del invierno y eso ya es muyyyy rico.

Hasta el próximo domingo.

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