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La última fiesta de los Munárriz en el Gure Etxea

El bar de la plaza del Castillo, propiedad de la familia Munárriz desde 1975, cambia de aires y cierra una etapa con una celebración por todo lo alto

Mikel Bernués Patxi Cascante - Domingo, 11 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Detrás, de izquierda a derecha, Bea Cubillo, Héctor Munárriz, Jonatan Velázquez y Tomás Zambrano. Delante, Michael Rivera, Marcin Jurek, Belén López y Teresa Calvo, reunidos alrededor de la barra del Gure Etxea.

Detrás, de izquierda a derecha, Bea Cubillo, Héctor Munárriz, Jonatan Velázquez y Tomás Zambrano. Delante, Michael Rivera, Marcin Jurek, Belén López y Teresa Calvo, reunidos alrededor de la barra del Gure Etxea. (PATXI CASCANTE)

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Detrás, de izquierda a derecha, Bea Cubillo, Héctor Munárriz, Jonatan Velázquez y Tomás Zambrano. Delante, Michael Rivera, Marcin Jurek, Belén López y Teresa Calvo, reunidos alrededor de la barra del Gure Etxea.

“Estoy muy agradecido al personal que he tenido todos estos años, muchos de ellos son ahora grandes amigos”

pamplona- Héctor Munárriz quiere seguir viviendo de la hostelería. Pero “en chanclas”. Casi como un hobbie, sin exigencias de personal, horarios infernales, impuestos, etc... Con lo justo para tirar. “Empezar de cero ya no me apetece. Pero en un Caribe o en Indonesia no suena mal”, dice a sus 48 años el propietario saliente del Gure Etxea de la plaza del Castillo, bar que acaba de traspasar.

El apellido Munárriz lleva vinculado a este local desde 1975, cuando Luis Marino compró el entonces Rhin. Un año después ya era el Gure Etxea. Héctor cuenta que su padre hizo cambios “que para entonces fueron la hostia”. Las partidas de cartas pasaron a mejor vida, el vino de garrafa del chiquiteo mutó en un crianza e “incorporó cosas como las almohadillas de las sillas metálicas, que entonces no las tenía nadie, abrir hasta más tarde y, por desgracia, cerrar con candado las terrazas para que no se las llevasen. El Gure fue pionero en un montón de cosas”.

Un verano, con 16 años y siendo “un calavera en los estudios”, Héctor aterrizó en el negocio familiar para trabajar. “Después de ver cómo era la hostelería dije que quería volver a estudiar. Y mi padre me dijo que valía para esto y que si quería estudiar, perfecto. Pero el fin de semana al bar. La jugada me salió rana”, confiesa. Así empezó, “desde abajo y como uno más”. Recuerda que durante muchos años “en la plaza del Castillo había un movimiento increíble de gente, hasta se podía aparcar en doble fila. Pero se ha ido reduciendo a fines de semana y temporada de terraza. Es un sitio de paso, cada vez más. La plaza se queda a desmano. Lo viejo viejo está más abajo, en Navarrería y demás. Y Carlos III ya es otra cosa”, opina.

En los años con su padre Héctor salía y entraba del negocio familiar. “Hemos tenido discusiones padre hijo de toda la vida. Había veces en las que me iba yo, otras me echaba él...”. Su madre o Ernesto y Alfredo -los encargados de entonces- reconducían la situación, “me venían a buscar y volvía a trabajar”.

Con el nuevo siglo y las obras del parking de la plaza del Castillo “ya era el encargado porque mi padre tenía una edad. El parking se dilató en el tiempo y, en vez de año y medio de obras, fueron casi tres”. Héctor aprovechó para viajar seis meses a Australia que le valieron “para cambiar nociones de hostelería, lo que quería y lo que no”. Volvió, llegó a un acuerdo con sus padres, se quedó con el negocio y le dio una vuelta de tuerca.

Hace cuatro años, acompañado por su hermano Koldo, volvieron a repensar el Gure Etxea. Cambio de diseño, apuesta por producto fresco y de calidad... “pero al poco de empezar mi hermano tuvo un problema de espalda, estuvo dos años de baja y volví al punto de partida. La decisión de seguir o no seguir era mía. Casi tengo 50 años, una familia a la que apenas veo... Y esto no es para una persona. Buscando soluciones apareció un exempleado que estuvo ocho años conmigo, con un par de amigos, y me planteó la posibilidad de traspasar el bar. Y con mucho dolor y pena he decidido buscar nuevos retos después de estar 32 años en el bar, 43 en la familia”.

Para tranquilidad de los habituales del lugar, Héctor recuerda que el Gure “va a seguir siendo el Gure. Ellos tampoco lo entienden de otra manera. Va a seguir siendo un sitio de encuentro. Abrirán con sus nuevas ideas, pero la dinámica es la misma. Y son gente que ha mamado de mis pechos”, cuenta entre carcajadas. El relevo está asegurado.

fiesta a todo trapoAntes de cambiar de aires, Héctor quiso despedirse del bar con amigos, familia, trabajadores y clientes de ahora y de siempre. Lo hizo con una fiesta privada a todo trapo. “Cuando se inicia un proyecto siempre es a bombo y platillo, con alegría e ilusión. Y en un alto porcentaje los negocios se cierran de la noche a la mañana. Ni te enteras. Yo creo que el cierre también tiene que ser motivo de alegría. Y qué mejor que hacer una fiesta con toda la gente que ha formado parte del Gure. El objetivo era acabar por todo lo alto recordando lo divertido que ha sido este recorrido”, dice sin confesar qué pasó el sábado 24 de febrero ahí dentro. Sí cuenta que la barra se llenó de excamareros que no dejaron pasar la ocasión de servir (y servirse) tragos una vez más.

Antes de bajar la persiana, Héctor quiso despedirse con un enorme GRACIAS. “Al personal que he tenido, el de ahora y el de todos estos años, que muchos de ellos después de ser personal han sido amigos, y grandes amigos”. También a los clientes, distribuidores, colaboradores... “y sobre todo a mi mujer Belén por aguantarme, a mis hijas, mis hermanos, mis amig@s y por encima de todo mi ama que siempre ha estado ahí. Hasta siempre”.