Un centro en la periferia

Por Julio Urdin Elizaga - Martes, 13 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Este de excéntrico, tal vez pudiera considerarse como el mejor calificativo concerniente a un centro alrededor de las artes como este nuestro. Varado como está en el meandro de un discurrir fluvial, entre manantiales y calvarios, bajo la protección de la montaña sagrada en su ladera sur, un paralelepipédico betilo emerge desafiante esperando algún día ser algo así como la meca del arte. Al menos de un arte local. Leyendo las propuestas que en su día se realizaran para la gestión de mismo, tan sólo una trasladaba en sí misma esta consideración. La realizada por el pintor Javier Morrás, acompañada de otros muchos e insignes nombres del arte y la cultura del momento. Leo, y veo, por tanto, con tristeza, lo que pudo ser de nuestro centro en comparación con lo que ha sido y está siendo por el momento. Y desearía que alguien, si no estoy en lo cierto, me enmendara la plana poniendo los puntos sobre las íes. El centro, en dicha propuesta venía a formar parte de una tríada dotacional compuesta en su complementariedad por las cercanas fundaciones Buldain y Oteiza. Lo que hubiera posibilitado la emergencia de un enraizado equipamiento, contando con su correspondiente movimiento alrededor de las artes populares y contemporáneas abierto a la simbiótica colaboración entre tradición y modernidad. Para ello se proponía que el Centro de Arte funcionara en base a tres pilares fundamentales: el de constituir un Museo, un Centro de Cultura y contar con una fuerte presencia en el mundo virtual.

El centro nació de la imposibilidad de contar con una nueva casa de la cultura ante la reciente inauguración de la actual, que surgiera con importantes carencias de espacio en un momento en que la población nada menos que comenzara a duplicarse, pasando de los tres mil habitantes de por entonces a los siete mil actuales, y de la imposibilidad de contar con ayudas si no era a través de ofertar un espacio especializado que consideramos, acertadamente o no, lo fuera en torno al mundo de las artes por su manifiesta carencia regional. No gustó, fundamentalmente, a la Pamplona de la señora Barcina, que gastara en su propio proyecto, sin realizar, más dinero que el de la realización del nuestro, sin exigencia alguna, por otra parte, de responsabilidad política ni penal. Tampoco gustó a la familia Huarte, con la que se tuvo algún contacto, pues se les había garantizado un centro en exclusividad de la mano del Gobierno de Navarra, en la órbita del Opus Dei, que finalmente ha sido construido en el campus universitario privado de dicha prelatura, indexalmente asignado a uno de los grandes arquitectos con los que cuenta el orgullo foral: Moneo (pues del discípulo de éste, Mangado, ya se realizara Baluarte).

Si bien el Gobierno de Navarra entrara a financiarlo, nada quiso saber Pamplona de formar parte de un presumible consorcio con que debiera haber contado, contrario a participar de una filosofía basada en el servicio y titularidad públicas, consiguiendo hacer del mismo la institución complementaria del museo histórico que es el de Navarra y del monográfico dedicado a la genialidad del artista vasco Jorge Oteiza. En cuanto a la fundación Buldain, declinó participar alícuota y orgánicamente en el patronato del dotacional uhartearra, lo que hubiera garantizado la presencia en el mismo del arte local. Todos, en alguna medida, atrincherados en su considerado comopropio terreno, participaban de la creencia de un fracaso fácilmente achacable al político y coyuntura del momento.

Así fue trasladado a la opinión pública en declaraciones, incluso, como la realizada por el catedrático, miembro del jurado, que eligiera proyecto museístico y de gestión, Javier González de Durana: “El centro Huarte es un caso muy específico de uno de los males que hemos vivido en esta época: la aparición, en paralelo al boom inmobiliario, de un pequeño boom colateral que fue el boom de los museos, cuyo beneficio es más de orden político y simbólico que económico. El centro Huarte surgió derivado de la disponibilidad económica del ayuntamiento por el crecimiento de las urbanizaciones y de los centros comerciales en el municipio;quizá es el ejemplo más paradigmático en España de crecimiento de ladrillo y crecimiento de infraestructuras museísticas. Si la posibilidad de sacarle el máximo rendimiento cultural a esa infraestructura está por debajo de los mínimos es una lástima, pero es verdad que si la infraestructura existe, existe la posibilidad de que en algún momento remonte vuelo. Eso es lo que yo desearía al menos, de ese centro y de todos los que están mal en el país.” (P. Echeverría, DIARIO DE NOTICIAS 5-02-2014). (Cabe recordar aquí que el proyecto edilicio fuera valorado en su faceta museística por el actual director del museo Reina Sofía y entonces del MACBA, Manuel Borja-Villel, en el 2003).

Todos los mencionados, en mi opinión, escépticos del futuro del mismo, salvo una persona que en un momento dado apostó profesionalmente por sacarlo adelante, Javier Manzanos, y en buena medida el equipo con que cuenta actualmente y al que, pese a la crítica que les dirijo sobre ensimismamiento y falta de proyección pública al adolecer de la carencia de una actividad expositiva, deseo el mejor de los futuros.

Ahora bien, ¿cuál es entonces el valor, al menos intrínseco, de este centro de arte? La respuesta pasa en mi opinión por una afirmación rescatada para el presente del pensamiento de Michel de Certeau;aquella que escribiera en su ensayo La invención de lo cotidiano reivindicando el que: “Lo propio constituye una victoria del lugar sobre el tiempo. Permite capitalizar las ventajas adquiridas, preparar las expresiones futuras y darse así una independencia con relación a la variabilidad de circunstancias. Es un dominio del tiempo por medio de la fundación de un lugar autónomo”.

Un lugar que cuenta con un centro de arte, al menos ha debido tener sus propios artistas y reivindicarlos es tan obligación suya como nuestra. Un artista identificado con su cultura y a la vez con la universalidad del arte que le es inherente bebiendo de las inspiradoras fuentes del mismo, en el sentido recogido por Martel de que: “La imaginación creadora es una fuente de revelaciones para el ser humano a las que el resto del universo conocido no tiene acceso.” Propuesta que en su día vertebrara inteligentemente la acción y estrategia del mismo de la mano del mencionado Javier Manzanos.

El autor es escritor