Ikusi makusi

Un paraíso destrozado

Por Alicia Ezker - Viernes, 16 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

La primera vez que vi la imagen del pequeño Gabriel fue en el móvil, en el WhatsApp de nuestros amigos de Las Negras. De pronto estaba allí, su carita, con esa sonrisa pícara, junto a las palabras desaparecido y la petición de difundir su imagen para tratar de localizarlo. Creo que fue justo el día siguiente de su desaparición. Entonces todavía la noticia se movía entre los círculos cercanos y reconozco que al principio no le presté mucha atención, que ni lo reenvié, porque pensé que quizás para cuando había llegado el mensaje, el niño ya estaría de vuelta en su casa, con su familia, después de una trastada o algún desafortunado accidente menor. Pero no apareció ni ese día ni el siguiente y lo que ocurrió después ya todos y todas lo hemos vivido con tristeza, incertidumbre, indignación, conmoción, dolor, incredulidad y admiración por la entereza de unos padres que se han mantenido en pie en circunstancias en las que parece imposible levantarse. Unos padres que ahogados por la pena han transmitido amor en lugar de odio, amor por encima de todo como la única terapia ante la maldad. El paraíso de Cabo de Gata, donde ha ocurrido todo, está estos días destrozado, arrasado por el dolor de la pérdida de Gabriel pero también por el paso de la carroña mediática que da la sensación de no tener fin ante sucesos de esta magnitud. Parece que nos queda lejos, pero estamos muy cerca. Hay mucha relación entre ese rincón del sur y Navarra. Somos muchos los que nos refugiamos en sus calas, en su silencio, en su paz, en su naturaleza todavía virgen, un lugar donde los niños gozan de libertad plena como en cualquiera de nuestros pequeños pueblos del Pirineo. Y precisamente en Rodalquilar, donde Gabriel fue asesinado, residen y veranean muchos navarros y navarras, porque al cerrarse las minas de oro de ese pueblo minero algunos de sus trabajadores se trasladaron a Potasas. Recordando esos caminos perdidos, con cortijos y aljibes, pitas y palmitos, cuesta todavía más entender cómo bajo la influencia de un lugar tan mágico y positivo alguien puede llevar a cabo el más atroz de los crímenes: matar a un niño. Robarle la sonrisa y la vida a un ser que solo quería jugar una tarde de fiesta con sus primos, en su pueblo, mientras la abuela le espera con la merienda. Tremendo.