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Música

Baciero: el piano siempre abierto

Por Teobaldos - Sábado, 17 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

La cuarta edición de Cartografías de la música del Museo de la Universidad de Navarra homenajea a uno de esos músicos, pionero en muchos campos que, aunque nacido en Aranda de Duero (1936), tuvo una estrecha vinculación con Navarra, recibió aquí sus primeras lecciones de piano, y se relacionó, de una manera muy especial, con don Fernando Remacha -el hombre más influyente en la educación musical de la última mitad del siglo XX en Navarra-, y con la familia Huarte -de cuyo mecenazgo todos disfrutamos-. Antonio Baciero es, en parte, fruto de aquel conservatorio pamplonés fundado por el músico tudelado que imprimía a sus alumnos, no solo la necesaria seriedad de los estudios técnicos, sino la apertura a la alta cultura en general. En este sentido, Baciero, abarca dos grandes pasiones, la de musicólogo y la de intérprete. Como musicólogo investiga -con la precariedad de los años cincuenta del siglo pasado- en archivos musicales de España, Europa y Sudamérica;y saca a la luz a los maestros españoles -del siglo XVIII por-, cuya música, desconocida, podía codearse, con gran dignidad, con la tradición centroeuropea (Cabezón, Julián Prieto, Sebastián de Albero…). Como intérprete, también cultivó dos facetas: los instrumentos históricos barrocos (órgano, clave, espineta);y el piano;con la valentía y cierta novedad, de interpretar en sus recitales música de J.S. Bach;algo, hoy día muy corriente -incluso necesario para todo pianista que se precie- pero que, en las salas de conciertos de esa época, apenas se programaba. En definitiva, estamos ante un personaje completísimo;que estudia, transcribe e interpreta partituras desde los archivos más recónditos, a las que ha quitado previamente el polvo de siglos;y que, además, tiene una especial sensibilidad y habilidad para dar recitales irrepetibles aunando acontecimientos históricos, personajes unidos a las obras, arquitecturas en las que sonaron sus estrenos, y atmósferas, en fin, creadas por su sabiduría. Por ejemplo: grabó partituras de Cabezón (músico de Carlos V), en la espineta de Isabel I de Inglaterra, enemiga acérrima del emperador;en una especie de póstuma mediación. Así mismo, interpreta a los músicos católicosespañoles en la universidad Martín Lutero de Halle. O a Wagner en su propio piano. En fin, una vida plena, contada en estos fundamentales brochazos a Aurelio Sagaseta -de su generación-, Javier Burrieza -historiador y conocedor de Baciero- y González Lapuente -presentador y crítico-. Y, una vida, según él, privilegiada;pero, eso sí, con muchas horas de trabajo diarias, y con el piano siempre abierto, que le interpela a practicar. Y ciertamente, esto lo demostró en la hora de recital comprometido que, a sus 82 años, siguió a la charla. Un Chopin muy cuidadoso e intimista. Un Liszt, siempre complejo, del que salió muy airoso. Y una soberbia interpretación de una giga de Bach. Envidiable vitalidad -y memoria, todo sin partituras- del maestro Baciero. Que sea por muchos años.

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