Esther Ferrer artista

“Me doy el derecho de hacer lo que quiero, sin miedo a las reacciones”

Ingobernable, feminista... El Guggenheim acoge la obra de esta creadora donostiarra, pionera y una de las principales representantes del arte de la ‘performance’

Una entrevista de Maite Redondo Fotografía Miguel Toña (Efe) - Domingo, 18 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Esther Ferrer, artista.

Esther Ferrer, artista. (EFE)

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Esther Ferrer, artista.

Bilbao- Nadie diría que Esther Ferrer ha cumplido 80 años. La creadora donostiarra cuenta con una vitalidad que arrolla a quien la escucha y que se plasma también en su obra, que no deja indiferente a nadie. Su carrera artística comenzó a principios de la década de los 60 en su ciudad natal creando, junto al pintor José Antonio Sistiaga el primer Taller de Libre Expresión y la Escuela Experimental en Elorrio, con la colaboración de Oteiza. En 1966 se unió al grupo Zaj, fundado por Ramón Barce, Juan Hidalgo y Walter Marchettii, primer grupo de arte experimental en el Estado. “Pensaban que éramos un grupo de locos, unos vagos del arte, como nos denominó un rotativo en aquella época, pero para unos pocos sí tenía sentido, en plena España franquista”, asegura.

Ferrer sobrevivió a censuras, a una sociedad machista y a las dictaduras del arte, convirtiéndose en una de las artistas más interesantes de su generación.

¿Qué supone para usted exponer en el Guggenheim?

-No me gusta exponer, ni en el Guggenheim ni en ninguna parte. Lo hago porque sé que lo tengo que hacer, porque vivo de ello. Cuando me proponen una exposición, mi primera reacción es decir que no. Y una vez que digo que sí, le dedico todo mi esfuerzo, me tomo muy en serio las exposiciones. Hay muchos artistas que lo que les importa es el catálogo que queda después, a mí, lo que estoy haciendo. Y lo que piensen en el futuro me tiene sin cuidado.

Pues en los últimos años, no paran de llamarla para realizar exposiciones, la última hace unos días en el Palacio de Velázquez del Retiro.

-Te pones de moda;pero esto se pasará. Me lo tomo muy ligeramente, sé que de la misma manera que me llaman, pueden dejar de hacerlo. He pasado muchos años sin que nadie lo haga, y a mi edad, lo relativizas ya todo, incluidos todos estos premios -el Nacional, el Velázquez de las Artes Plásticas-. Antes de ganarlos era transparente, pasaban y no me veían. Ahora soy opaca. ¡Fíjate que he hecho cosas en mi vida y solo me han empezado a ver cuando me han dado los premios!

Sus inicios en los años sesenta no fueron fáciles.

-Sabes que para todo tienes que pagar un precio, incluido en el arte. Te puede pasar que a nadie le interese lo que haces, o que te hagan la vida imposible... En aquella época encontré normal las situaciones que tuvimos que vivir. En pleno franquismo, junto con Sistiaga, hicimos el taller de expresión infantil en pleno centro de Donostia sin pedir permiso ni a Dios ni al diablo. Creo que nos salvaba la ingenuidad.

En 1967 comenzó a militar en el grupo Zaj. Ha contado muchas veces la anécdota, según la cual Sistiaga le dijo que un grupo de artistas necesitaban una mujer para participar en acciones (‘performances’). O como lo llamaban entonces, “teatro musical”.

-Así es, me lo propusieron y les dije que sí. Simplemente es estar en el sitio y en el momento en el que tienes que estar. Hay otros que están en el sitio y como no hay nadie que pase, no les ven.

Muchas veces le han tachado de provocadora... ¿Esa era su intención?

-Cuando la gente dice que he intentado provocar, les digo que nunca he provocado en mi vida, me he limitado a hacer lo que tengo que hacer. Hago lo que quiero, si provoca, que vayan al psiquiatra o que cambien el chip. Lo hacíamos porque teníamos ganas de hacerlo, sin pensar en absoluto en provocar. Era así de simple. Tampoco era un acto heroico... Yo siempre me doy el derecho de hacer lo que quiero y cuando quiero, sin miedo a las reacciones que pueda provocar.

En Bilbao vivió una de las situaciones más complicadas durante una de sus ‘performances’.

-No solo en Bilbao, sino en muchas ciudades europeas, la gente no tenía ni idea lo que era aquello. Pero sí, en Bilbao cuando hicimos una de nuestras acciones, El caballero de la mano en el pecho, fue un escándalo. Yo salía y miraba al público un tiempo;al cabo de un rato, salía Juan y nos quedábamos mirando al público;luego, él me ponía una mano en un pecho, estábamos otro tiempo y nos íbamos. Aquí hubo un espontáneo que subió a escena y me puso la mano en el otro pecho.

¿Siempre reaccionaba tan mal el público?

-Nadie sabía cómo actuar frente a lo vanguardista. Pero, en general, reaccionaban bien. Aunque hubo varios episodios que me preocuparon también muchísimo. Una vez, cuando hacía una pieza, un chico subió al escenario con un cigarrillo encendido y se fue acercando poco a poco a mí, ya sentía la ceniza en piel... Y cuando estaba ya muy cerca, la gente le empezó a gritar y a llamarle sádico... Afortunadamente, no pasó nada. Yo siempre era la víctima propiciatoria, a un hombre no se lo habrían hecho.

Ha sido radicalmente independiente, combativa y feminista...

-Soy feminista, lo he sido siempre. Entonces, las mujeres dimos un paso adelante, era una época de cambio, conseguimos muchas cosas, entre ellas, el derecho al aborto, acabar con el acoso sexual ahora es el siguiente paso. El otro día me emocioné viendo la manifestación del 8M, pero tengo 80 años y como soy muy vieja, sé que esto va por olas. Ahora estamos en la cresta, pero luego puede bajar, porque la situación política, económica y social condiciona mucho la lucha feminista. Ahora quizás menos, porque las mujeres han intervenido más en la economía, tienen más posibilidades, pero no hay que bajar la guardia. No hay que creerse que ya hemos llegado, porque no hemos llegado a ninguna parte. Por ejemplo, en Francia, hoy en día, después de una ley sobre el aborto, todavía cuestionan el derecho de las mujeres a abortar y que sea por la Seguridad Social.

Volviendo a su exposición en el Guggenheim, su obra resulta muy geométrica...

-Me gustan mucho las estructuras;en las performances hay una estructura, que luego se pone en movimiento. Lo mismo pasa en mis instalaciones, se activan con la presencia del espectador, al moverse alrededor de ellas, al penetrarlas... Es el público el que define desde qué ángulo las quiere mirar... Parto de la base de que el espectador tiene capacidad para tener una idea por sí mismo, que cada visitante busque y elija sus propias perspectivas desde las que observarlas. El título de la exposición en el Reina Sofía fue Todas las expresiones son posibles incluida esta. Y todo lo que piense el público me parece bien, aunque rechace mi trabajo. Yo hago lo que quiero, así que el público, para bien o para mal, puede pensar y hacer lo que quiera.

En ‘Espacios entrelazados’ hay elementos constantes en su trayectoria: la piel, las sillas...

-La piel es la frontera que separa el mundo, pero también es el contacto, es todo. Es como una carta de identidad;de hecho en algunos pueblos africanos, las escarificaciones identifican la pertenencia a una etnia. Y las sillas me gustan mucho;estar sentada es algo que diferencia al ser humano, y lo que me sorprende es que se siguen inventando nuevos modelos. Además, la puedo vehicular con otros temas. Por ejemplo, monté una exposición con 115 sillas, una por cada mujer asesinada por violencia de género en 2015.

Después del Guggenheim, ¿la exposición se podrá ver en más lugares?

- El próximo 10 de junio desaparecerá para siempre. El único rastro que quedará será el recuerdo que permanecerá en la memoria del público que haya disfrutado de la experiencia de vivir sus obras. En el mundo ya hay demasiadas cosas, por eso me gusta lo efímero, que la única huella que quede sea la de la memoria.

Vive en París, marginada del mundo del arte...

-Y eso es muy sano;estoy aquí trabajando, termino la exposición, la inauguro y me voy. Si me quedara aquí, seguro que terminaría agobiada. La exposición sigue su vida y yo vuelvo a la mía.

las claves

“Antes de ganar los premios era transparente, pasaban

y no me veían. Ahora soy opaca”

“Mis instalaciones se activan con la presencia del espectador, igual que las performances”

“Soy feminista, lo he sido siempre. No hay que creerse que hemos llegado, no hay que bajar la guardia”