A pie de obra

Casquería

Por Paco Roda - Lunes, 19 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Imaginen por un momento que a las cuatro horas de conocerse el suicidio del preso Xabier Rey, ocurrido hace días en la cárcel de Puerto de Santa María, las radios, televisiones, redes sociales, periódicos, revistas y todo el establishment mediático comienzan a divulgar la noticia de su muerte. Empieza así un maratón de noticias, programas especiales y tertulias donde se desmenuzan las circunstancias de su encarcelamiento y fallecimiento. Hasta el estrangulamiento de la lógica. Y se analiza con precisión cirujana cómo vivió sus últimos años de prisión. Con quién hablaba, quién le veía, qué comía, a quien escribía, cómo eran sus vigilias, cómo era su celda, cual fue su ultimo sueño, quién le vio por ultima vez. Imaginen esta inflación de noticias abriendo la cabecera de todos los telediarios y programas radiofónicos. Durante dos semanas. Imagínenlo. Ahora mediten sobre el impacto social y emocional de ese relato, el de las últimas horas de un preso que se suicida. Ahí les dejo.

Ahora me voy con Gabriel. El niño de Almería convertido en un cadáver de folletín. No. No comparo las dos muertes. Para nada. Creo que en ambas, si el diablo probara el amargor de sus sangres enloquecería de tristeza. Y quien me conoce sabe que nunca justifiqué a ETA. Lo que comparo son los tratamientos mediáticos, los discursos que se construyen en torno a una muerte y otra. En torno a las culpas y los juegos simbólicos que operan para entender o no una muerte, para acercarnos a ella de una manera u otra, para sentirlas nuestras o desvincularnos inhibitoriamente. Incluso para desearla o atormentarnos con ella. Y es que hay cadáveres que hablan más alto que las trompetas. Lo dice Mestre, el poeta.

La muerte de Gabriel es una muerte traficada, hiperinflacionada, la de Xabier silenciada. Pero ambas son utilizadas por los discursos legislativodisciplinarios para convertir la justicia en un plato de casquería.