Carta a Stephen Hawking

Daniel Ezpeleta - Martes, 20 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Es la prueba evidente de que existen los ángeles de diamante. Los hay de barro, de yeso, de hierro, de bronce, de madera y de diamante. Mientras se le secaban los músculos y se convertían en diamante, la mente viajaba hacia el tiempo, antes y después, pasado y el futuro;y visitaba el espacio de los planetas, estrellas, soles, galaxias y universos. Vio que las galaxias se comprimían y se convertían en agujeros negros arrastrando todo, hasta la luz, pero por el efecto túnel apareció la energía que libera para huir de la nada. Así mismo viaja hacia atrás, hacia el principio de la palabra y halla el Big Bang, que explota y llena los universos de luz, de oscuridad y de colores, demostrándole que no hace falta Dios para explicar la existencia. Y en el principio estaba el verbo, la palabra, y se expandió por los cosmos como un ruido en la catedral bella del mundo;y aunque lo creía imposible encontraron la partícula de Dios, y perdió la apuesta porque estaba allí escondida. Y escuchó las ondas de la gravedad, del ruido sordo de los universos y calló para siempre, porque ya se había convertido todo él, incluida la mente, en ángel de diamante. Y la palabra se convirtió en libro que el pueblo entiende. El ángel diamante ingrávido viajó para siempre a la memoria.

Stephen, descansa en ángel.

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