No fuimos testigos, pero tomamos el testigo

Por Lur Albizu Etxetxipia - Miércoles, 21 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

En 1978 faltaban quince años para que yo naciera. Pero Germán Rodríguez tenía más o menos la edad que tengo ahora. Tengo clavados en la memoria los homenajes de los 8 de julio desde muy pequeña. Todos los años íbamos a recordar a Germán y Joseba. Siempre ha sido (y es) una cita sin excusas, anual, casi una tradición. No entendíamos, quizás, por qué mataron a Germán, qué pasó para que los Sanfermines se suspendieran aquel año. Pero sabíamos que la Policía lo había matado y que había sido una gran injusticia. Que un pueblo lloraba y gritaba de rabia cada 8 de julio en la avenida Roncesvalles.

Lo que pasó en Sanfermines del 78 no fue casualidad, como tampoco lo fue la masacre contra los obreros de Gasteiz en 1976. Tras la muerte de Franco, el Estado español puso en marcha la operación a la que han llamado transición. El objetivo era claro: girar hacia una democracia hueca, vacía e inexistente sin cambiar ninguna estructura estatal y ningún poder fáctico. Todo atado y bien atado.

Las luchas cruzaban de lado a lado Euskal Herria. Los movimientos populares y de trabajadoras hervían: huelgas generales, formas nuevas de organización, movilizaciones, calle, reivindicaciones… Algo se estaba cociendo y construyendo. España no lo podía permitir. Era hora de dar lecciones. Fraga ya lo dijo claro: “La calle es mía”. Y así se lo iban a hacer ver a Euskal Herria.

Cumplieron con sus planes: en Gasteiz: “gasead la iglesia. Cambio. Hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. Cambio. Por cierto, aquí ha habido una masacre. Cambio” y en Iruñea: “disparar con todas vuestras energías. No os importe matar”. Ataques planificados que buscaban muertos, que buscaban el castigo ejemplar. Atado y bien atado.

Germán era uno de los miles de jóvenes luchadores que estaban en la calle, no más, pero tampoco menos. Uno más de los que estaban luchando contra aquella gran farsa llamada transición. Desde 1978 no se ha declarado ninguna responsabilidad penal, política ni civil. No se ha reconocido la verdad, no se ha hecho justicia, no ha habido reparación. Este año se cumplen 40 años, y parece que se darán nuevos pasos.

Como joven, creo que tenemos la responsabilidad de tomar el testigo de las luchas que se gestaban en 1978 y que son tan necesarias hoy. El Estado está llevando a cabo más y más reformas, nuevas formas de represión: Ley Mordaza, los ataques y penas de cárcel contra libertad de expresión, reforma del código penal, el caso de los jóvenes de Altsasu, la aplicación del artículo 155, reformas laborales, LOMCE… La juventud de entonces luchaba contra el régimen de ayer y hoy, y ahora, están luchando por unas pensiones dignas. Nos toca seguir trabajando y peleando.

No habrá mejor homenaje que seguir luchando día a día. Germán, Joseba, no os olvidamos. Seguiremos construyendo revoluciones. Frente a la impunidad, nuestra memoria sigue viva y vosotros seguiréis vivos mientras os recordemos, ¡hasta la victoria!