Altsasu, una visita a la cárcel

Por Fernando Pozueta Fernández - Jueves, 22 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

domingo, 18 marzo. 7.30 horas. Toca el despertador. Ducha, desayuno y salgo hacia Altsasu desde Mendillorri en Iruña, en medio del silencio de la mañana. La radio habla pero no escucho nada. Estoy centrado en los acontecimientos del sábado en la plaza del Castillo: la Martxa-Altsasu por la mañana y la concentración de pensionistas por la tarde. La sociedad protesta mucho últimamente. Pronto, después de los primeros kilómetros, me centro en Adur, mi sobrino, en su situación, en el juicio que se celebrará el próximo mes de abril, y en nuestra familia. Se me encoge el estómago e intento evadirme observando el paisaje y escuchar la radio. Paso por Sakana y llueve. Los altos de San Donato y San Miguel están nevados y una ráfaga de aguanieve se me echa encima como una manada de brujas. En Altsasu me espera una de mis tres hermanas con sus dos hijos de 16 y 18 años.

9.30 horas. Dejo mi coche y partimos los cuatro juntos. No llueve. Hablamos de lo del sábado, de la marcha de apoyo a nuestra causa, de Enrike Zelaia subido al kiosko con sus 80 años abrazando el acordeón y dirigiéndose a los presentes pidiendo justicia con fuerza y determinación. ¡Qué grande El Mago! Atravesando Araba nos vuelven a rodear las ventiscas de aguanieve. Los camiones amenazan con sus rugidos a nuestro lado escupiendo agua a cubos. Pasamos unos kilómetros de conducción tensa. Luego de repente se abre el cielo y atravesamos la provincia de Burgos en un mar de luz azul y blanca como la que ansiamos en el caso Altsasu y que no sabemos cuándo llegará. Nos adentramos en Madrid después de dejar Somosierra nevado y frío. Hemos tenido suerte ya que el temporal se prevé unos días más tarde.

12.30 horas. Rodeamos la capital por la M-50 y cogemos la A-4 dirección Córdoba hasta Aranjuez.

13.30 horas. Comemos a 10 minutos de la prisión en un pequeño bar de carretera y vamos al encuentro. La prisión se encuentra en un paraje amplio. Una carretera recta parte en dos el despoblado valle marciano y a un lado se alzan las torres de las instalaciones, rodeadas por una alta alambrada.

15.00 horas. Entramos en la prisión. Nos identifican en ventanilla, DNI, dedo en sensor… el procedimiento habitual. Junto con nosotros se encuentran unas 20 personas que vienen también a visitar a familiares o amigos. Son gente pobre, machacada por el tren de una vida que se codea con la droga y la delincuencia callejera, con ropas de mercadillo, sin dinero para ir al dentista a reponer dientes perdidos, alguno de ellos expresidiario. Pena. Mucha pena cuando vemos que una pareja de menos de 25 años con una niña de 7 meses ven que no les dejan entrar a la niña sin DNI. Ellos explican que no sabían que debía tenerlo para entrar. No sirve de nada. La chica se queda sin hacer la visita para quedarse con su niña. Así es esto. Cruel. Infame. Permitido. Legal.

15.30 horas. Pasamos control. Una sala. Otro control. Un largo pasillo. Una puerta y por fin entramos en el pasillo de las cabinas de cristal. En una de ellas…. ¡por fin vemos a Adur con el telefonillo en la mano esperándonos al otro lado del cristal! Disponemos de 40 minutos. Lo saludamos efusivamente y él nos corresponde con una sonrisa alegre, franca, de perlas blancas. Sus 23 años están pletóricos de juventud y su aspecto físico es impresionante, fruto de su positividad (recientemente ha recibido la noticia de que ha aprobado las tres asignaturas de Derecho que hace a distancia) y del ejercicio físico que no abandona. Su ansiedad por saber, preguntar, escuchar es enorme. Es una esponja. Sus primos le ponen al día de la rutina de Altsasu, sus amigos, actos, estudios, novedades en general... Charlamos del juicio que ya es inminente. Es fuerte psicológicamente, tiene los pies en la tierra y sabe a qué nos enfrentamos. Lo sabe perfectamente. Pero aquí nadie sabe, por mucho que se hable, cómo va a terminar esto.

16.30 horas. Pasan cerca de 50 minutos desde el comienzo de la visita y se corta la comunicación. Nos despedimos. Momento duro. Pero no abandona su sonrisa. Besos atravesando el cristal. Después de dejarle en ventanillas de la entrada una bolsa con ropa para que se pruebe cara al juicio, abandonamos la prisión. Nos vamos relevando en el volante y vamos poco a poco deshaciendo el camino sin mucho que hablar. En Burgos nos espera el tercer aguacero del día. Es de noche desde hace una hora y los camiones que antes pasaban desapercibidos de nuevo los vemos cerca, cerquísima, como barcos abriendo el océano y tambaleándose de lado a lado. Acojona. No tardamos en ver un coche accidentado. Avisamos por teléfono de que se nos hace un poco tarde.

9.30 horas. Por fin llegamos a Altsasu. Informo a mis padres de las conversaciones con Adur y de cómo lo hemos encontrado. Envidio a los creyentes, como mi madre, que no deja de rezar a Francisco de Javier. Recojo unas nueces que mi padre recolecta en su pueblo natal, Ziordia, y conduciendo mi coche llego a Mendillorri sobre las 11.00 horas. No tengo muchas ganas de hablar. Ceno y con la cabeza dando vueltas a todo como un txambolin me meto en la cama. Mañana iré a la Rotxa. En sus frontones jugaré a pala como todas las semanas. La pelota sufrirá mañana. En ella se va a concentrar la injusticia, la manipulación, el odio, la venganza, los intereses políticos y la crueldad. La sacudiré fuerte, ¡muy fuerte!

Mis ánimos a toda esa gente que va a visitar a presos en Galicia, Cádiz, Almería... No quiero ni pensarlo. Espero que el 14 de abril encontremos una ciudad de Iruña impresionante, repleta, que grite a este país que este no es el camino y que ¡no es terrorismo!