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Bombas de relojería

Por Juan Mari Gastaca - Sábado, 24 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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La política española no sólo se judicializa, sino que se enfanga y tensiona al límite. Los nuevos encarcelamientos decididos ayer por el juez Llarena -Marta Rovira les ha hecho un flaco favor con su huida- agudizan la incertidumbre sobre la suerte institucional de Catalunya, envenenan por más tiempo un ámbito de convivencia entre dos bloques cada día más antagónicos y ensombrecen el futuro táctico de un soberanismo enervado con razón pero también cada día con más fisuras. Esta nueva sacudida judicial, en el medio de dos patéticas sesiones de una investidura fallida por descolorida, evidencia para el último descreído la fortaleza intratable del Estado frente a toda pretensión independentista unilateral. Mientras, en Madrid, en medio de una cascada inagotable de vergonzosos casos de corrupción que vienen acorralando la credibilidad del PP, el fuego amigo surge desde la venganza para dinamitar las sólidas expectativas de Cristina Cifuentes, atrapada ahora por su patética aspiración de asegurarse un futuro universitario con un título de muy dudosa justificación. Dos vías bien antagónicas de asomarse al vértigo de la incertidumbre institucional hasta comprometer la imagen de estabilidad del propio Estado bajo el prisma europeo. De momento, Llarena, asistido de unas politizadas resoluciones que deberían provocar un mayor debate, mantiene su amenaza con pulso firme y al hacerlo traza un pavoroso escenario para la viabilidad del desafío catalán. Solo la ingenuidad y el idealismo pueden sostener ya aquella razón que inspiró el procés y que sigue pregonando desde su refugio Carles Puigdemont. Ante la tormentosa realidad que suponen la dualidad de la permanente amenaza judicial y su libre voluntad política, el soberanismo está concernido a mirarse al espejo aunque lo deberá hacer en sus condiciones menos propicias, atrapado por sus propias vacilaciones, que incluso le impiden exprimir con éxito su mayoría. Otra vez la CUP ha vuelto a ser decisiva hasta el límite en la suerte de ese independentismo institucional que tres meses después del 21-D sigue a los pies del 155 y sin gobierno propio, rodeado de recelos mutuos, entre el desafío rupturista y el autonomismo precavido. Los radicales lo han hecho con sendas estocadas al pujolismo -y su parte alícuota del 3%- al propiciar la caída de dos de sus genuinos estandartes, primero al forzar el relevo de Artur Mas y luego comprometer hasta el absurdo la patética alternativa de un aturdido Jordi Turull. El fiasco del último espectáculo en el Parlament -el ambiente para esta mañana se antoja de voltaje imprevisible- resultó muy sintomático. Tan decepcionante desenlace solo se puede explicar desde la presión propia que les sigue provocando la permanente intimidación judicial y las consiguientes fisuras en la resistencia independentista.

Ahora bien, tampoco debería olvidarse el fiasco que supuso una convocatoria de urgencia prendida con alfileres en su propósito desafiante de presentar horas después ante el juez a un president investido y, sin embargo, ahora encarcelado. La significativa prisión sin fianza -un mazazo, un exceso- se ha desentendido del prudente discurso de Turull porque parece haberse fijado más en la escapada de Rovira a Suiza. En cualquier caso, condiciona al máximo la suerte política para los dos próximos meses tan vertiginosos porque obliga a los independentistas a decantarse a favor del pragmatismo convergente en la búsqueda de ese candidato limpio al que les insta Rajoy o por nuevas elecciones, siempre que simplemente hoy dos parlamentarios de la CUP no decidan cambiar el rumbo de la historia. Por contra, Cifuentes espera acosada su destino sin moverse demasiado. La presidenta de la Comunidad de Madrid, una de las escasas personas a las que Rajoy escucha porque siempre le agradecerá cómo orilló a Esperanza Aguirre, es carne de cañón por méritos propios y voluntades ajenas. A un año de impedir que la izquierda recupere la autonomía más poderosa, esta correosa política ha echado varias paladas de tierra a su credibilidad. Lo viene haciendo demasiado sola -el WhatsApp de Cospedal, mero apaño- como si los suyos se dividieran entre quienes no la creen y quienes desean su defenestración.

Pero su caída, posible pero difícil, sería demoledora porque arrastraría al partido a una situación tan cainita que generaría una onda expansiva suficiente para comprometer a la cúpula del PP, incluido Rajoy. Quizás todo sea el principio de ese fin.

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